lunes, 28 de marzo de 2011

Las noventa y seis horas (I)









"Ojú, dice una peineta. Golpea la tarde con fuerza. El mercurio sufre un nuevo infarto, el verano retoza. Un ejército de abanicos sudados perfora la calima.




- ¿Qué era lo que me querías decir?





El murmullo de la fuente responde. Sin más.



Echamos a andar sin rumbo.




Las ventanas se abren a nuestro paso. Bajamos una calle de casas blancas y patios de azulejos, con treinta y seis grados a la espalda. El clamor de las campanas nos sigue de lejos, pero solo nuestros pies saben a dónde vamos.




Anochece poco a poco. Hemos vuelto subiendo por el camino de la ermita, pero ella aún no ha dicho nada.



- Aprecio tus silencios - le dije en más de una ocasión- pero a veces me desconciertas.




En realidad no los apreciaba. Aún no. En el desconcierto no me movía bien. Era, quizás, demasiado cerrado de ideas para entenderlo. Tuvo que pasar cierto tiempo para entender el regalo que me hacía. Si ella hablaba sin palabras, ¿por qué empeñarse en cambiarla? ¿De qué sirve llenarlo todo de convencionalismos escritos? ¿Realmente "llenan" algo? Al fin y al cabo las palabras no son más que eso, palabras. Llenar las experiencias de descripciones es, además de absurdo, imposible.




Y es entonces cuando habla.





"Nunca se me ha dado bien seguir patrones" dice.


Quizás por eso seguía caminando a su lado.





lunes, 14 de marzo de 2011

Senza Euridice.

Duermo toda la mañana. Una señora se cogía de mi brazo, me llevaba al parque de la ciudad y charlábamos mientras paseábamos. Me despierto. Tenía que ser un sueño. La noche se extendió hasta las seis y el cuerpo me pedía a gritos descanso.


Me levanto. De todo eso ya había pasado un tiempo indeterminado. La casa no huele a nada y donde antes había una cama, ahora hay una bañera. Se ha deshumanizado por completo. El enorme pasillo de azulejos blancos ha desaparecido y con él, un mar lleno de obstáculos o una pista de atletismo. Atravesarlo ahora es como ir desnudo, porque el frío, el puto frío, campa a sus anchas y se te incrusta en los huesos.



Entro en la cocina. No recuerdo la última vez que pudo oler a natillas, y se me distorsiona de la memoria la cara de la persona que las hacía. Ahora me convierto en el último en desayunar o en el primero en comer.




Entro en Internet y nada más introducir la contraseña, aparecen las fotografías del día anterior. Mira esta cara, mira lo uno, mira lo otro. Jujú, jijí, jajá. Cierro la tapa del portátil. No puedo, de verdad.


El dolor de estómago me obsesiona. Ya son las dos y media; pronto será la hora de comer. Me revuelvo entre los cojines y miro a mi alrededor. Vivo en un déjà vu continuo. Me duele de todo: yo, tú, ella, el mundo en general. Reflexiono. No sé cuándo he podido perder las referencias, pero a mí me duele mi propia libertad como al que más.



Realmente estoy muy harto de todo esto.