viernes, 21 de enero de 2011

Les passants.






Chaque mois se joue dans des cycles différents,
c'est marrant ces remous qui m'animent à travers l'temps d'un état à un autre,
j'oscille inexorablement.

Par les temps je cours à l'équilibre
chaque jugement sur les gens me donne la direction à suivre
sur ces choses en moi à changer
qui m'empêche d'être libre.

Les voix se libèrent et s'exposent dans les vitrines du monde en mouvement,
les corps qui dansent en osmose,
glissent, tremblent, se confondent et s'attirent irrésistiblement.

sábado, 15 de enero de 2011

Todas las mañanas del mundo.

Un violín cruzó la tarde a paso lento y el apartamento no se oscureció hasta que al reloj le dio la gana. La canícula no parecía querer irse a dormir, así que se bañó por enésima vez en aquel sudor pegajoso estival con el que había empapado las sábanas. Desde su balcón, podía contemplar la calle, atestada una vez más de gente: eran las fiestas de San Genaro. Las cañas de bambú de la silla crujieron al balancearse suavemente sobre el embaldosado y al poco tiempo, ya cansadas, acabaron por callarse. La habitación se quedó en silencio.




Eran las siete y media de la tarde y el día resultaba exactamente igual que el anterior. Hacía horas que no comía nada. Se lo había advertido: yo sólo duermo de noche. Habían pasado tres días y resultaba ser lo mismo que ayer, una auténtica eternidad.




Contempló a la extraña que yacía en la cama, dormida todavía. Los rizos caían suavemente sobre las sábanas y sonreía, quizás, pensando en aquella mañana, en la siguiente, todas las mañanas del mundo. Se acercó y la contempló aún más de cerca: definitivamente estaba dormida.



Era mejor no adulterar el recuerdo. Que pensase que era un sinvergüenza con cierta maldad, pero que lo hiciese con una sonrisa. No había motivo para seguir allí mucho más. Se despertaría a la mañana siguiente y vería que las mañanas, todas las mañanas de la Tierra, se habían convertido en un simple recuerdo. Titubeó unos segundos antes de coger la camisa. Después, no tuvo más remedio que abrir la puerta y desaparecer para siempre.


martes, 4 de enero de 2011

Críos.

Hace tiempo, no mucho que soy bastante joven afortunadamente, los críos me parecían inaguantables. Siempre pensé en lo que tiene que aguantar una madre. O un padre. ¡Pobres padres! Era un poco de la opinión de la vieja escuela, aquellos que decían que como mi hijo se ponga tonto, le meto un guantazo. Pero ahora no. Al fin y al cabo no dejan de ser niños.

Ahora me hacen gracia. Pasas por delante de un parque y son las mismas historias. Una y otra vez. Me hacen gracia las pataletas, los lloros, los "yo también puedo" y los "pues ahora no respiro". Nunca consiguen nada, pero eso no les importa. Lo que les importa es demostrar que están cabreados. ¡El mundo tiene que saber que estoy cabreado o que estoy feliz, o que tengo el último juego de la Gameboy! ¿Quién no se acuerda de cuando era un medio metro que decía "pues yo más que tú" o " yo hasta el infinito y más allá"? ¿ O cuando decías que eras muy mayor y no alcanzabas ni al lavabo? Viven en una realidad paralela. Qué ingenuos.

Me hace gracia ver esa cara de ilusión que tienen cuando les regalas un juguete nuevo. Pasado mañana serán las personas más felices del mundo y el lunes serán los más desgraciados.

¿Qué predecibles son a estas edades, no?