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martes, 16 de febrero de 2010

Pedes in terra ad stellis uisus (el sueño americano).


Las esperanzas humanas iban en aquel barco de Staaten Island. Había dejado atrás una tierra de miseria. Una familia. Un pueblo. Un país. Una vida. Pero si hacía falta, la comenzaría de nuevo. Desde cero. Vaya. Sus ojos negro azabache lo certificaban. Esos ojos, que apenas contaban con una veintena de veranos, contemplaban la inmensidad del océano; una nueva vida que ahora se les tendía delante suyo, como el Atlántico aquella mañana de Junio. Esos ojos solo buscaban un lugar en el mundo, un sitio en el que pudieran ver crecer a su hija. Solo buscaban un futuro.
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La niña, envuelta en una chaquetilla de punto y peinada con dos graciosas coletas, también observaba impresionada las moles de cemento que se alzaban a lo lejos. Las moles de Wall Street. Las moles del progreso.
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Ésta es la realidad americana. En esta parte de la realidad americana, millones de personas viven como pueden cada día, en un país de lengua extraña. Ésta es la realidad americana y no la de Hollywood. En el país de los inmigrantes, aún existe el sueño americano.
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Coge tu billete y tu maleta;
el trueno ya rueda sobre los raíles.
No sabes a dónde estás yendo,
pero sabes que no volverás.
Cariño si estás cansada,
apoya tu cabeza sobre mi pecho.
Cogeremos lo que podamos llevar;
dejaremos el resto.
Grandes ruedas rodando a través de campos
donde fluye la luz del Sol.
Reúnete conmigo en una tierra de esperanza y sueños.
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Land of Hope and Dreams, de Bruce Springsteen.
Siempre en compañía de la E Street Band.
Una canción increíble de un artista incomparable:

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"Pedes in terra ad stellis uisus. Con los pies en la tierra; la mirada en las estrellas."
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(Desde ahora el lema del blog. Creo que le pega, siendo un blog de viajes, ¿no?Fotografía: ferry Staaten Island - Manhattan).

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Hasta siempre o el chico que no sabrá decir adiós.

Y cuando ella hablaba, lo embarullaba todo. No conseguía aclararse, provocaba la risa y ella se acaba riendo a carcajadas. Cuando ella le escuchaba, sentía seguridad. Escuchaba su voz dulce, serena, mientras charlaban animadamente. Setenta y tres años que no pasaban por ella. Era dura. La vida le había exigido mucha entereza para aguantar sus embistes. Se sentaba a su lado y se sentía automáticamente mejor. Podía contarle una vida entera, pero no lo hacía; prefería escucharle. Él abría los ojos cuanto podía, intentando mantener la compostura, porque se dormía. A pesar de todo, le hablaba hasta que reventaban sus cuerdas vocálicas. Le escuchaba porque necesitaba de su sabio consejo. La voz de la experiencia. Esa que le hacía sentir bien. Porque sabía que ella estaba allí, escuchándole y comprendiéndole, con la mirada clavada en él. Ella le hacía sentir bien. Porque no quería verle sufrir por nimiedades. Porque cuando le vio aquella tarde, se alegró muchísimo. Porque le quería... y él la quiere.
Y cuando ella volvía a hablar, lo embarullaba todo. No conseguía aclararse, él no conseguía entenderla y ella acababa lloriqueando. Cuando él la escuchaba, sentía miedo. Oía su voz anciana, temblorosa, mientras agarraba con fuerza al auricular del teléfono. Setenta y tres años que no pasaban en balde. Era como una niña. La vida le había privado de todo cuanto tenía y ahora no era más que un ser inanimado. Podía sentir cómo temblaba al otro lado de la línea, como si estuviese realmente asustada. Podría haberle contado una vida entera, una vida increíble... el miedo del que ya no se acordaba, pero que temía ahora más que nunca. Pero no se acordaba. Él acababa cerrando los ojos, intentando mantener la compostura, porque no podía más. A pesar de todo, la escuchaba. Escuchaba sus delirios e incongruencias, porque a su edad necesitaba alguien que la escuchase. Alguien que la apoyase. El hombro del nieto, ése al que ya nadie le llamaría así. Ése que le tranquilizaba en sus días de temores, en los que veía a la muerte como un futuro demasiado próximo. Una intrusa que ahora le pedía rendir cuentas.
Ahora él no sabe qué hacer, ni por qué alguien ahí arriba le ha arrebatado a dos de las personas que más quiere. Porque aunque sigue ahí, ya no es lo que era. Porque sabía que ella no estaba allí, ni le escuchaba ni le entendía, tenía la mirada perdida en algún punto indefinido del techo. Porque no quería verla sufrir en la recta final. Porque cuando la vio aquella tarde y en aquel estado, palideció. Porque ella le quería...y él también la quiere. Porque él estará allí, apoyando siempre que se vaya...Y la querrá siempre.
Ya ha pasado más de un mes y cuando lo pienso, no entiendo porqué , porqué se van ellas dos a la vez. No sé quién ha maldecido noviembre. No es justo asistir al ocaso humano y sentir angustia, sentir una impotencia terrible por no poder hacer nada. No es justo que las enfermedades torturen así a las personas y a los que les rodean. No, no lo es. No son ellas... ya no. Y no debería escribir todo esto, debería hablar de viajes, pero ahora mismo no puedo. No, tenía que decirlo de alguna manera, ya no podía fingir que no pasaba nada. Con tantas cosas que suceden, ya no sé ... no sé si ahora estoy bien. Ya no sé ni como estar.

jueves, 22 de octubre de 2009

Se me había olvidado (quién era yo).


Llegó a casa con una maleta pequeña. No iba a pasar mucho tiempo. Solo venía a la presentación de su nueva exposición en la ciudad y de paso a saludar a la familia, que la veía de boda en boda y de funeral en funeral.




Comieron todos juntos. Otra vez. Después de diez años sin verse, las cosas se veían desde otro punto de vista. Muchas más arrugas y muchas más canas. Prácticamente como si empezasen de cero. Sobretodo para los dos más jóvenes de la mesa. Hacía siglos que se no se acordaban de su existencia, sólo sabían que el anciano había triunfado como pintor y como periodista.


El chico iba a salir de casa. Su madre le pidió que comprase una garrafa de agua en el supermercado a la vuelta y a regañadientes, aceptó. Cuando se fue, caía un auténtico aguacero afuera, pero tenía clase de inglés. No le quedó otro remedio que abrigarse y caminar diez manzanas hasta la academia.


A las cinco y media, ya había regresado. Caminó descalzo por el parqué del pasillo, como solía hacer siempre que volvía a casa. Entró en su habitación, encendió la música y dejó que sonase. El volumen muy bajo. Casi un susurro melódico, como a él le gustaba. Era un pequeño placer que se guardaba para los días de lluvia.


Entonces se percató de que allí estaba el anciano. Se giró y vio que contemplaba los libros de la estantería.


- Novela policíaca - comentó.- Te gusta leer; tienes una barbaridad de libros.


- Bastante. Aunque casi todos los libros que tengo están en la biblioteca del salón.


Sonrió y siguió dando vueltas por la habitación. Su mirada se clavó en una lámina que estaba sujeta al tablón de corcho. Abrió la boca para decir algo; después se quedó callado de nuevo.


- ¿Lo dibujaste tú?


- Sí, hace tiempo, en clase nos mandaron pintar un sitio que nos gustase.


- ¿Dónde es?


- Es la playa de Málaga, creo. Juraría que pinté el balcón del apartamento de la abuela - dijo, observándolo.


- Tienes que darle color. Sigues teniendo la manía de no darle color a lo que pintas.


- Hace tiempo que lo dejé.


El anciano se sorprendió, arqueando las cejas.


- ¿Dejaste la pintura? Imposible. Las pocas veces que te he visto, siempre estabas dibujando, pensando en tus cosas.


- Las cosas han cambiado, supongo. Se me olvida pintar, tengo un montón de cosas que hacer - respondió, pretendiendo excusarse.


- No permitas que eso pase. Sería una auténtica pena - sentenció, torciendo la boca. Se volvió a hacer un silencio. El anciano recapacitaba, pensando en algún argumento. Finalmente volvió a hablar:


- Verás, de pequeño siempre me dijiste que querías ser pintor. Que querías ir a París. Ya estaban asustados por casa de oírte decir que querías pintar en Montmatre - relataba, riéndose mientras lo recordaba.- Y tu madre siempre me hablaba de lo bien que pintabas, de lo contenta que estaba al verte dibujar en tu caballete... ¡y sólo tenías siete años!


- Es verdad. Siempre estaba obsesionado con que me comprasen un caballete - recordó él, con una sonrisa triste.


El anciano no mentía. Había dejado de pintar. Y eso que le encantaba pasarse tardes enteras plasmando su propia realidad en un papel... Pasarse tardes enteras haciendo lo que le gustaba.


Siempre había retratado una parte de su imaginación con sus lápices. Todo de cabeza, no copiaba. Aquello había impresionado a mucha gente que le conocía y siempre que hablaban de él decían que tenía una imaginación desbordante. Probablemente siempre había tenido demasiados pájaros en la cabeza. Pero eso no importaba, porque él había sido siempre así... hasta entonces.


Se sentía mal. Se sentía como el que pierde algo y no lo encuentra. Como si con el paso de los años, hubiese perdido una parte de su identidad. Una parte de sí mismo.


- Y todo eso... ¿para que esté cogiendo polvo sin que nadie lo use?- le preguntó.


- No creo que sea conveniente que lo dejes. Pinta hijo, pinta - le reprochaba, pero con una sonrisa cansada en el rostro.- Y el día de mañana, lo agradecerás.





Aquel chico, se llamaba Borja. Sí, yo mismo. Ese anciano, como le llamo yo aquí, es y será familia mía. Fue además, subdirector del diario "El País" y ante todo, es un gran pintor. Y no es porque yo lo diga. Varias galerías de arte están de acuerdo con esto. Yo mientras tanto, he vuelto a revolver cajones en busca de mi viejo cuaderno. Porque se me había olvidado quién era yo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Aquí mismo, en cuarenta años



Cuando vio las primeras casas al fondo, el corazón comenzó a latir con más fuerza. Sí, allí estaba: en la misma ciudad y en el mismo lugar de siempre. No tenía la culpa.... En absoluto. Los negocios mal llevados, los problemas, ideas políticas ... les habían jugado una mala pasada y hasta aquel día, no había regresado. Cuando en 1975 la democracia volvió a su patria, él no podía pagarse un billete de vuelta. Solo pudo verlo a través de un televisor viejo, mientras soñaba con los campos verdes de su tierra. Creyó que jamás volvería.


Pero las imprevisibles circunstancias volvían a juntar lo irreconciliable y separaban lo inseparable. Y así estaban, cuarenta y dos años después, casi sin reconocerse , con más responsabilidades que nunca y ... con más canas.


Antonio ya había cumplido los setenta, pero se conservaba bien. Siempre había sido blanquecino de piel, pero el sol de Brasil lo había remediado. Camisa blanca desabrochada y una bolsa de regalos bajo el brazo. Muy cambiado, desde luego. Su sobrino era solo un crío de siete años que jugaba a las chapas cuando Antonio se fue a Rio de Janeiro. Ahora se encontraba con otra persona, cuarenta años mayor, tenía una familia... pero con la misma mirada alegre de entonces.

Aquel niño se acordaba perfectamente del día en que tío Antonio decidió tirar la casa por la ventana y hacer las Indias. Se iba a un país que sonaba lejano, exótico. Brasil era Amazonas, ese río salvaje lleno de aventuras, lo cruzaba de punta a punta. Brasil era pasar el charco, Brasil era atravesar selvas, Brasil era encontrar tribus... Para un niño de siete años. Qué vida más interesante, pensaba su pequeña cabeza. Pero no se encontró, desde luego, esa clase de vida.

Él había sido la primera persona que tenía coche en el pueblo. Acostumbraba a llevar a su sobrino a Gijón los fines de semana, ante la envidia de sus amigos. Después, a la vuelta, le daba un par de pesetas y corría al kiosco a comprar unas pipas.

Aquel mismo coche se encargó de llevarle al aeropuerto de Madrid, atravesando media España. El día de su despedida, prometió volver. Y cumplió su promesa, sí. Quizás demasiado tarde, porque ya faltaba media familia. Pero estábamos nosotros para verificar que, cuarenta años después, había cumplido su palabra.


(En la fotografía, a la izquierda, un bongo de por aquellas tierras que aún conservo , recuerdo de Brasil. El otro es de Cuba).

sábado, 26 de septiembre de 2009

Los últimos días de Pompeya.


Trozos de carne que se enfriaban en el plato. Miradas de confusión absoluta. De espanto. Vidas que acababan de cambiar por completo.¿ Qué estaba sucediendo?

La anciana habló o más bien murmuró algo incomprensible. Su mirada estaba perdida, pero jamás había sido tan expresiva. ¿Qué podía estar pensando? Nada. Esa era la respuesta. Setenta y tres años de recuerdos que se acababan de esfumar de golpe. Se congeló el momento, parecía poder la vista en el infinito, en algún lugar. La mujer que estaba sentada junto a ella, tuvo que girarse. No podía sostener aquella mirada tan... fría, carente de sentimiento. Ninguno de los comensales podía arrancarle una sonrisa. Ahora ya no. Era y no era ella.


Entonces, ante la sorpresa de los allí presentes, comenzó a hablar con un hilo de voz. Árboles de los que brotaban calcetines, una vieja fotografía de mediados de siglo que nadie sabía que existía, un espejo que guardaba demasiadas cosas.Todo sonaba tan extraño...

- Hoy lo he visto - dijo la anciana, con la mirada completamente ida.

- ¿A quién has visto? - preguntó la mujer, con el tono más alto de lo normal. Tenía que hablarla claramente para que pudiese escucharla. Otra cosa era que lo comprendiera.

El silencio se apoderó de la cocina. Los comensales seguían esperando a que respondiera, impacientes. Pero no parecía pensar en nada. La mujer le repitió la pregunta y siguió callada. Su cabeza temblaba inevitablemente y no parpadeaba. Recapacitaba, intentando recordar. No sabía casi ni de qué la hablaban. Había perdido el juicio.

- A la muerte - dijo, al fin, tartamudeando.

Nadie pudo decir nada. Les acababa de pillar desprevenidos. La chica, una de las que comía en aquel momento, ahogó un grito y se levantó de la mesa rápidamente. Se fue corriendo a la habitación. La señora no se había enterado de nada. Mientras, el chico ya había salido detrás de ella.

La encontró llorando, sentada en la cama. Tenía los ojos enrojecidos.

- Yo no puedo con esto. ¡No puede estar pasando! - exclamó ella, desesperada.

- Tranquilízate, por favor - le pidió él.

- Llevamos cuatro meses luchando contra viento y marea. Ahora que las cosas empezaban a ir bien... - dijo, rompiendo a llorar.

- ¡Eh, eh ! Lo superamos y superaremos esto también - replicó él. Le acarició el pelo, como solía hacer cuando era pequeña. La tranquilizaba mucho.

- Nada nos ha frenado, nada ha podido con nosotros - inquirió, con tono animado.

- Esto está por encima de nuestras posibilidades.

- No. Solo es un episodio que pasará- mintió él. -Nada más.

Se quedaron callados, de nuevo.

- Me siento mal. No debería de estar llorando, con todo lo que estás pasando tú...

- Eso ahora no me importa - le cortó.

- ¿Sabes? Tengo miedo. Tengo un miedo terrible a lo que vaya a pasar - balbuceó ella, mirándole directamente a los ojos.- Pero si estás aquí me siento mucho mejor.

Sonrió por primera vez aquel día, mientras le abrazaba. Él suspiró, aliviado. Después, él salió del dormitorio cerrando la puerta. Avanzando por el pasillo, la sonrisa comenzó a desvanecerse. Cuando llega a su habitación, se sentía tan mal que se sentó en el suelo. Hiperventilaba, casi sin tiempo para poder respirar. Allí mismo lloró por primera vez en años, como nunca antes lo había hecho. Y es que también los cabezas de familia perdían el control de vez en cuando. En silencio, eso sí. No podía dejar que alguien viese el más mínimo atisbo de debilidad en su aparente madurez. Así era la vida... al borde del abismo.


miércoles, 22 de julio de 2009

Mientras el tiempo pasa.

Andalucía. Cuántos veranos pasé allí. Volver se va a hacer extraño, y presiento que este van a ser mis últimas vacaciones aquí.




No sé realmente que pensar. En parte siento tristeza. Me había acostumbrado a noches calurosas de insomio, a la emoción de conducir una moto de agua por la costa de Marbella, las calles de Ronda, los burros de Mijas, los infinitos pueblos de casas blancas. Las cosas parecían diferentes, pensábamos que todo era perfecto. Y sin embargo, se acaba. Mis días aquí se agotan.



Supongo que esto marcará el final de una época. Es la agonía del tiempo de la irresponsabilidad, la muerte súbita de la niñez. Ya no somos unos seres indefensos e inocentes. Ya sabemos que las personas no se dividen simplemente entre buenas buenísmas y malas malísimas. El olor a pasteles desapareció; el hedor del tabaco nos persigue. El mundo era un misterio para nosotros. Eso, quizá, sigue siéndolo. Pero nuestra realidad ya es otra. Nos enfrentamos a nuevos peligros, nuevas sensaciones, nuevas personas... sin nadie más que nosotros mismos. Ahora nos toca ayudar, hacer lo que debemos. Quizás no nos guste, quizás odiemos hacerlo. Habrá momentos buenos y momentos malos. Papá y mamá no nos asegurarán nada, probablemente tengamos que asegurárselo a ellos en un futuro. Es lo que hay. Crecimos.