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jueves, 28 de abril de 2011

Una cárcel de sordos.

Y de repente, lucidez. La tan odiada y tan amada lucidez. Habían pasado un número indeterminado de horas en blanco. Una sala, mucha gente, mucho humo. Duda si es de día o de noche, aunque en ese momento tiene otros problemas que atender. No sabe cómo, pero está bailando con una mujer que no había visto en su vida. Le cuesta pensar y respirar a la vez.




Grita a todos los que le rodean y se ahoga en su propio silencio. Hace años que trata de ponerse por delante de todo aquello, y ahora....




- Mañana será otro día, amigo.











La mañana del domingo fue terriblemente apática. Un dolor se extendió por todo el estómago haciéndole jadear de vez en cuando. Se arrastró hacia el sofá y perdió el tiempo como de costumbre. Apenas comió un cuenco de lentejas del día anterior y se acostó de nuevo.

Ahogó la tarde entera bajo de las sábanas. Allí comenzó a pensar. La oscuridad era su medio ideal. Su madre entró, más de una vez, para recordarle que al día siguiente tenía revisión del dentista.


- ¿Te has puesto el termómetro?- dijo, con gesto preocupado- Como sigas así, vas a tener que ir al médico.


Le trajo el Ibuprofeno y un vaso de agua.



¿Qué estaba haciendo con su vida? Hacía tiempo que no lo sabía, pensó cuando ella entró en la habitación. Aquello de tumbarse por la tarde los domingos se había convertido en una obligada costumbre. Los dolores le mataban todas las semanas y cada vez se sentía peor.





Pensó en decírselo.







Así, como no quien quiere la cosa, llegó el martes. Y el miércoles. Cuando se dio cuenta ya no era ni jueves, sino viernes.









Y de repente, culpabilidad. La tan odiada y tan amada culpabilidad.Habían pasado un número indeterminado de horas grisáceas llenas de culpabilidad. De nuevo, una calle, mucha gente, mucho humo. Duda si es de día o de noche, aunque en ese momento tiene otros problemas que atender. No sabe cómo, pero está sentado en una acera con una mujer que no había visto en su vida. Le cuesta pensar y respirar a la vez.



- ¿Subimos o lo hacemos directamente en el portal?- pregunta ella con cierta dificultad.



Desesperado, mira a su alrededor. Todo está lleno de cristales y botellas rotas. Nadie a quien acudir, nadie que le retenga. Duda unos instantes. No va a poder pensar con claridad. ¿O sí?



- A la mierda. Aún son las seis.


Hasta la campanilla, pensó. Aún no había despegado sus labios y ya la había arrastrado hacia el interior del portal.


lunes, 6 de septiembre de 2010

Aviones. Tocadiscos. Champagne.



París. Seis y diez de la mañana. La luz ya se filtraba por las rendijas de las contraventanas. Lea se revolvió sobre el colchón y finalmente se incorporó sobre él. Daniel notó que se había agachado para ver si estaba despierto. Podía sentir su respiración, corta e intermitente, sobre la nuca. Fingió dormir.





Lea se levantó de la cama sigilosamente y arrastró una sábana hasta el cuarto de baño. Cerró la puerta. Después oyó el murmullo del agua al caer y cómo canturreaba algo en sueco.





Daniel abrió los ojos y miró a su alrededor. Coco Channel estaba en el aire, Moustaki en el plato del tocadiscos y el Louis Roderer en las copas. Varias etiquetas de equipaje : JFK, CDC, BCN. Tampoco faltaba un uniforme de SAS perfectamente doblado en la silla. El resto eran los desperdicios de una noche desenfrenadamente apasionada.







Su trolley estaba tirada a un lado de la habitación. Se puso los pantalones rápidamente; la camisa se la abrochó ya en la calle. Bajó los escalones de dos en dos. "No me dejes nunca", oyó en su cabeza. Pero no le hizo caso. Corrió y corrió, corrió con todas sus fuerzas por la Place de la Vendôme, como si la vida misma se le fuera en ello. Cuando Lea Johannson se dio cuenta de la huida y se asomó a la ventana, solo pudo ver cómo se alejaba el coche en el que se iba.







La vida de Daniel Wittgenstein venía condicionada por aquella serie de números, horarios, códigos internacionales y compañías aéreas que se enumeraban sin descanso en el Charles de Gaulle. Todos se cruzaban una y otra vez en distintos puntos del globo, en aeropuertos que solo eran meros decorados casi iguales. Los mismos compañeros, las mismas aerolíneas, las mis los mismos pasajeros que se quedan en tierra... las mismas historias.





- Nadie te podrá salvar de esto. Solo me tienes a mí, de vez en cuando - le había dicho Lea cuando se acostaron.- Estamos destinados a vagar por el mundo.






Tenía razón. Vagaría por el mundo, como alma en pena, hasta el fin de los tiempos. No había salida. Suspiró. Después, observó los paneles electrónicos con consternación. No aparecía el suyo. Jodidos aviones, pensó. Acabarán conmigo. Entonces se escuchó el repetitivo anuncio de siempre y lo repetió mentalmente: Madames et mesieurs, le vol PanAm número 4679 à Neuve York va décoller... Putos aviones.






Ni siquiera pudo respirar cuando consiguió despegar el Boeing. Aléjate, aléjate de ella, le decía su cabeza. En realidad una parte de él estaba deseando dar la vuelta y volver a París, mientras que otra solo quería irse lo más lejos posible para no volver a verla. Ahora tendría que volar a Nueva York si quería encontrarle. Pero la llamarás de nuevo en Hong Kong, Brasilia y Moscú. Se mordió el labio. Sabía que en realidad ella no se había ido. Siempre estaba con él, ahí, insertada en algún lugar de su cerebro. Lea Johannson le perseguía, una y otra vez, por el escabroso entramado de su cabeza en el que tenía pista libre, como aviones en un aeropuerto, para volar.





Yokohama, siete y media de la mañana. La luz ya se filtraba por las rendijas de las persianas. Lea se revolvió sobre el colchón y finalmente se incorporó sobre él. Daniel notó que se había agachado para ver si estaba despierto. Podía sentir su respiración, corta e intermitente, sobre la nuca. Fingió dormir.

martes, 27 de abril de 2010

Una historia cualquiera (He vuelto a la carga).

Una voz desvaída sonó al otro lado de la barra. El camarero se giró y vio al borracho hablando solo. Sam le había dicho algo, pero no supo reconocer qué.


- ¿Qué dices, Sam?


- ¡Que otra más! - gritó él, con voz gangosa.


- Ni hablar - respondió, tajantemente.


- Pedazo de capullo, ¿quién te crees que eres? ¡Mi cerveza!


Dio con el vaso en la mesa repetidamente, en un vano intento infantil de que Fred le hiciese caso. Pero el camarero, acostumbrado a los excesos y tonterías varias de su amigo, siguió ordenando los botellines al fondo del bar.


- Sois todos iguales. ¡Jodidos sureños, tendrían que mataros a palos!


- Sam, estás diciendo bobadas. ¿Por qué no te vas a casa? Duerme unas horas, te vendrá bien.


- Que te jodan.


- Lo que tú digas.


Eran ya las dos y aún no había cerrado el local. Todavía le quedaba una larga noche por delante. Suspiró profundamente, con agobio. Acababa de llegar toda la mercancía de aquel mes. A Linda le habían dado un par de días libres, después de dos semanas sin un fin de semana de descanso. Bob había llamado por la mañana, diciendo que estaba en Milwakee ocupándose de asuntos familiares. Así que allí estaba, frente a un enorme cargamento de Budweiser, solo, sin poder pedir refuerzos y con un cliente ebrio en el bar. Debía tomárselo con filosofía. Eso o agobiarse más. No le quedaba otra opción.


Repentinamente, oyó un estrépito producido por vasos y botellas al caerse en la parte delantera del local. "Sam, otra vez", se dijo así mismo. Salió corriendo del almacén.


- Sam, ¿qué cojones haces?


No le respondió, porque seguramente tampoco podía articular palabras en su estado. El borracho había aprovechado la ausencia de Fred para colocarse encima de la barra y meter la boca en el surtidor. No sin muchas dificultades, consiguió moverle de encima de la barra y colocarle en una silla próxima.


- Disculpa a este borracho, Fred. Eres un buen chico.


- Sam, por Dios, vete a casa - le recomendó el camarero, preocupado.- Llamaré a un taxi e iré contigo.


Tantas pintas parecían hacer que sus labios, ariados y enrojecidos por el frío invernal, supurasen alcohol. Sus ojos le brillaban con una intensidad etílica peculiar, emanando una mezcla de tristeza y desconcierto.


- Fred, no he conseguido ahogarlas. ¡Maldito seas, Fred! Si al menos me hubieses dado una cerveza más...

- ¿A quién vas a ahogar, Sam?

- A las penas, Fred. A las penas. Pero las muy zorras flotan.


Los ojos, que antes le brillaban de puro alcoholismo, ahora se inundaban de lágrimas.


- Yo la quería, Fred. Yo la quería. Y ni siquiera la bebida es capaz de devolvérmela.


Se le abrazó con patosidad, cayéndose literalmente encima suyo. Entre el patetismo y el drama, Fred se preguntaba en si alguna vez estaría preparado para enfrentarse a cualquier eventualidad o si, por el contrario, acabaría asustado y temblando de los pies a la cabeza en la barra de un bar como el señor Kissinger.



- Dios es un jodido egoísta, Fred. No va a soltarla ni por un segundo.

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( He vuelto para dar la vara. Otra vez, sí. Esta canción de aquí abajo fue la que me inspiró a escribir por primera vez en dos semanas. Iba a actualizar con ella en el otro blog, en el de música, en http://algoqueoir.blogspot.com/ , pero hoy no tengo mucho tiempo, que se diga. Ya le dedicaré una entrada entera, de esas que me gustan a mí.

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Por vez primera, en dos semanas o quizás más tiempo, me apetece escribir. No creo que pueda escribir todos los días, fundamentalmente por falta de tiempo. Aún ando falto de creatividad, pero bueno, tiempo al tiempo. Es un comienzo y eso por ahora me alegra.

Gracias por todos los comentarios, que siempre son una fuente de moral ;) ).

miércoles, 24 de marzo de 2010

Sophiatown.


En Soweto, el verano había golpeado la tierra con toda su intensidad y fuerza, marchitándola por completo. Era el año más caluroso que se recordaba en décadas.












Mbene no jugaba. No reía. No lloraba. Sólo pensaba. Se zambullía en sus propias cabilaciones, de vez en cuando. Entonces, se sentaba en una losa de hormigón, soltaba amarras y su mente navegaba entre un mar de utopías irrealizables bajo un Sol de justicia. Se podía pasar horas mirando al vacío, pero viendo más allá de las chabolas de Soweto. Mbene, a sus ocho años de edad, aún era un soñador en la tierra del insomnio.












Bheka se había convertido en el líder de una tropa de niños hambrientos que vagaban por Johannesburgo. Se dedicaban a mendigar, a dar pena a los pocos turistas que iban a la ciudad. También se pasaban los días jugando. Cualquier cosa servía: una botella como balón, un trapo viejo para disfrazarse... En Soweto, todo era todo y nada era nada. Aquella tarde, los niños de Soweto vivían un clima de fiesta. Habían rescatado una bicicleta oxidada de entre la basura, con la catalina llena de herrumbe. Pero aquello era un auténtico acontecimiento nacional.












- ¡Mbene, ven! Bheka ha encontrado una bicicleta en el vertedero de Sophiatown. ¡Y podemos montar!












Mbene contempló a su amiga no sin una marcada apatía en la mirada.












- No sé montar en bicicleta.















- Tú te lo pierdes - dijo la niña. Se dio la vuelta y desapareció calle arriba.






Mbene no podía pensar en nada más que en Sonto, su vecina. Ella le había explicado qué clase de mal tenía su madre en el cuerpo: la enfermedad innombrable. El castigo de la vergüenza. Aquellas palabras se le quedaron grabadas en la cabeza. Así se referían a la peor epidemia del SIDA en aquella parte de Sudáfrica. El vecindario entero ya había aislado a la familia Ngembe en cuanto se enteraron de que Caimile estaba infectada.









Sonto era lo más parecido que tenía a una madre en aquellos momentos. Ella le arropaba por las noches y, en la oscuridad, le contaba historias de los antiguos guerreros bantúes. De sus diez hijos, apenas le quedaban tres ya mayores. Por eso Sonto trataba a Mbene como si fuese su hijo. La malaria también había golpeado con intensidad hacía años.








Mbene ya no tenía padre. Nunca le había visto mucho, pero le había echado en falta. Le quería mucho. Recordaba que el día de su cumpleaños, el último que habían pasado juntos, Mbene le regaló a su padre una pluma de tinta verde. Se había puesto muy contento. A los Ngembe no les sobraba ni un céntimo. Zwide se deslomaba trabajando en la fábrica de conservas hasta bien entrada la noche . O eso creían. Una noche no volvió.







Sonto le decía que su padre estaba trabajando mucho en América. Pero Mbene no le creía. Primero porque en Estados Unidos había muchos negros y no cabían más. Se lo había dicho su padre. Y segundo porque los Ngembe se guiaban por el principio de honor : no dejar tirada a su familia. También se lo había dicho su padre.








La enfermedad llegó con el último embarazo: nació Lily y Caimile cayó enferma. A los pocos días, Sonto se instaló en el hogar. Fue la única que no le dio la espalda a la familia Ngembe en el vecindario. No tardaron en cogerle cariño.



Una mañana lluviosa, Mbene se encontró un cesto frente a la puerta de su casa. Se movía levemente, como si en el interior hubiese un animal. Quitó las mantas que lo cubrían y, entonces, lo vio. Era un bebé. Estaba dormido.


- Mamá Sonto, mamá Sonto! - gritó el niño.





Sonto no tardó en aparecer.






- ¿Qué sucede? - preguntó, alarmada.





- Mira!






La mujer cogió al pequeño, con el rostro desencajado.





- ¡Dios mío, está helado!- exclamó, poniendo la mano sobre la mejilla del infante.- Tendrá que comer algo. Cierra la puerta, Mbene.





Se fue con el niño en brazos. Habría jurado oír un "maldito cerdo" cuando Sonto ya había desaparecido por el pasillo.





Mbene cogió la canasta. Se dió cuenta de que había una nota en el interior. La leyó con dificultad.


"Aún te quiero, Caimile. Lo siento en el alma." La caligrafía era pésima. Estaba escrita en tinta verde. Era la tinta verde de una estilográfica. La inconfundible escritura de una pluma barata de 12 centavos.





jueves, 4 de febrero de 2010

El pianista del Mar del Norte (II)


Creyó ver un trozo de madera y varias cajas destrozadas en la orilla. La tormenta no había perdonado y se lo había llevado todo por delante. Siguió caminando con paso fúnebre por la arena, envuelta en una toalla de algodón. Los primeros rayos septembrinos de la mañana despuntaban, dorando levemente sus brazos. Las aguas estaban serenas. Tranquilas. Quietas. Probablemente, estaban sin fuerzas tras un arrebato de ira en días pasados. Como si de un anciano se tratase, el Mar del Norte había dejado de embestir los peñascos. Él también se cansaba de jugar con las rocas. Eolo por su parte, le había dejado solo aquella mañana y se entretenía con el vaivén de los tulipanes en los campos de Groendam.


Siguió con su caminata matinal y entonces lo vio súbitamente. Era un animal muerto. No, era más grande. ¿Un hombre muerto? Dios, tenía que saber. Adeline Brauer corrió como pudo, hundiéndose entre la arena húmeda. Mediana edad, pálido, cabello moreno y con los labios azulados por el frío. Definitivamente, era un hombre.


- Dios mío, dios mío...


Horrorizada, comenzó a dar gritos en medio de la playa. Aunque estaba vacía, la ayuda no tardó en llegar.
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- ¿Ha dicho ya algo?

- Nada, señora Brauer. Absolutamente nada. Sigue inconsciente - dijo el doctor Van der Graaf, con cierta resignación. - Presenta graves síntomas de hipotermia; debía llevar un par de días al menos en alta mar. Es una suerte que haya conseguido rescatarle.


- No he hecho gran cosa. Le arrastré desde la orilla a tierra firme. Pero no sé si habrá sido en balde - se mordió el labio preocupada. El hombre seguía sin moverse. Estaba blanco como la porcelana, recostado sobre un camastro.

- Por ahora necesita mucho, mucho reposo. Aunque yo, sintiéndolo mucho, no puedo tenerlo en mi casa.


- ¿Y si le llevase a un hospital?


- ¿A cuál? ¿A Amsterdam? No, señora mía. Es imposible - comentó entristecido, negando con la cabeza.- Tanto bombardeo ha terminado con el único que quedaba en pie. Están mucho peor en la ciudad que aquí en Groendam, créame señorita Brauer.

- Está bien. Lo llevaré a casa - dijo, al fin.- No hay problema, ya que hace meses que no hay nadie. El señor Brauer está...


Notó cómo los pocos cabellos que le quedaban al señor Van der Graaf sobre la cabeza se erizaban como púas nada más oír esas últimas palabras. Se hizo un silencio súbito. Sabía perfectamente que clase de sentimientos provocaba el señor Brauer en sus vecinos.

Se quedó callada. No era una cosa de la que se sintiese orgullosa. En absoluto. Tampoco iba a mentir. Mejor que no, todo el pueblo sabía exactamente qué podía estar haciendo un hombre de tal calibre como el señor Brauer en los tiempos que corrían.


- Lo dispondré todo para su traslado - anunció el doctor, sin levantar la vista del suelo.

Y es que en el ambiente de Groendam, se destilaban demasiadas cosas. Un poco de salitre, mucho de tulipanes... y miedo. Un miedo que parecía salir a borbotones de la tierra. Miedo a los recuerdos que aún seguían vivos. Quizás, los recuerdos no tenían cabida en un pueblo como aquél. Quizás, nadie sabía ocultarlos.



http://cartasdesdeunavion.blogspot.com/2010/01/el-pianista-del-mar-del-norte-i.html

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Yo y mis consecuencias (parte I)


De nuevo, asomado al balcón de la casa. El calor era inaguantable en aquella ciudad, incluso a aquellas horas de la noche. Se colocó el flequillo, ensortijado por el sudor. En el fondo, sabía que iba a echar de menos aquel calor desértico. Iba a añorar el olor de la lavanda, el ambiente teñido de azafrán entre las casas blancas. Iba a acordarse de su tierra todos los días de su vida.



Oyó un bombardeo intenso en la lejanía, que iluminó el cielo por unos instantes. Una lluvia, incesante y monótona. No era agua, sino metralla. La lluvia hacía tiempo que dejó de caer, probablemente se había evaporado con las últimas esperanzas de una guerra que duraba ya demasiados años. Una guerra de telón de fondo, que había marcado todo lo vivido hasta el momento. Pero sería el último día que la tendría que vivir en sus carnes. Probablemente, la próxima vez que supiese algo de la guerra, sería a través de la prensa, en algún lugar a centenares de kilómetros de allí.



- ¿ Qué haces aquí? Está todo listo para que te marches - dijo un señor mayor, con tono impaciente. Debía ser su padre.



- No sé qué estoy haciendo. Sinceramente, no lo sé.



- ¿A qué viene eso?



- Viene a que no tengo un objetivo claro. Viene a que no tengo nada pensado. A que no sé que va a ser de mí en unos meses.



- Bueno, al menos algo claro tienes. Tienes un coche listo para pasar la frontera.



-No, no lo tengo. Y cuando te digo que no lo tengo, es un no rotundo. Si he tomado decisiones, han sido por necesidad y no por convencimiento.



- No sabes qué camino tomar. Me suena esa historia.



- Veo esta habitación y veo lo que dejo atrás... - murmuró, con cierta tristeza en la voz. La sala estaba completamente vacía.- Y no sé si quiero dejarlo...



- No es fácil para nadie. Pero hay que tomar decisiones.



- Se exigen respuestas y hay demasiadas preguntas- comentó , abstraído.- Hay demasiadas soluciones, pero ninguna me convence. Lo que decida a partir de ahora, me marcará por siempre. No sé, no sé nada. No sé si coger y hacer las maletas e irme a Europa. No sé si esperar a que vengan las brigadas para llevarme al campo de batalla. No sé, no sé nada.



- ¿Qué quieres, entonces?- preguntó el anciano, contrariado.



- Quiero que llueva. Quiero que llueva esperanza en este desierto.

martes, 1 de diciembre de 2009

Veinte inviernos en Moscú.


El día que la vida de Sasha Popov cambió, había comenzado como cualquier otro día de invierno. Se levantó de la cama, se vistió con parsimonia y puso la tetera en el fuego. La radio apenas se oía, había interferencias. Comentaban algo de la guerra de Irak, pero casi no se entendía. Después empezaron a retransmitir el discurso de un político, alabando a la patria y al socialismo. Apagó el aparato, con mala cara. Estaba harto de mentiras. Su mujer llegó a la cocina y empezó a gritarle como tenía por costumbre. La respondió aún peor y ella no dejaba de gritar. Harto de la situación apuró la taza y la dejó sobre el fregadero, aún humeante.


Salió de casa, se subió a su bicicleta oxidada y pedaleó desganado por las callejuelas de la barriada. No nevaba, pero una brisa invernal helaba hasta la última vértebra de la espalda. El invierno se hacía especialmente duro en una zona de Moscú como aquella, donde la gente mendigaba para conseguir gasolina para su calefacción. Él no, pero casi. Apenas le llegaba el dinero para mantener a la familia.


Llegó a la puerta de la casa de Dima, un viejo amigo. Era un edificio destartalado, enegrecido por los humos de la fábrica, con un pequeño jardín cubierto por la escarcha en la parte delantera. Llamó y no tardó en abrir.


- Toma, aquí tienes lo que me pediste - dijo Sasha, entregándole una bolsa.- ¿Qué tal te trata la vida?


- Sobreviviendo - respondió Dima, encogiéndose de hombros.- Este mes no puedo pagar el gas... y encima no deja de nevar.


- Ya llega la primavera en nada.


- Pero las cosas siguen sin cambiar - replicó. Hizo ademán de darle unos cuantos rublos por la bolsa.


- Ya me lo darás cuando te vaya mejor- le dijo, rechazándolos.


- ¡Entonces no te lo devolveré nunca!- rió, con amargura.



Momentos después, Sasha pedaleaba de nuevo calle abajo. Se había quedado pensando en lo que le había dicho y cuándo iban a cambiar las cosas. Supuso que muy pronto. Sus hijos crecerían, su mujer cambiaría, les ascenderían en el trabajo... La mala suerte no podía durar más: tenía que cambiar su vida. Y de hecho lo hizo. Súbitamente, un coche destartalado apareció de entre la nada. No pudo evitar la colisión. Él salió despedido, dándose bruscamente contra el asfalto congelado.



Despertó repentinamente, como quien se despierta de un largo sueño. No recordaba en qué día vivía, ni dónde estaba. Era una sala blanca y pequeña, con un par de camas metálicas idénticas. En la suya reposaba un cuerpo extraño, blanquecino, débil, que parecía aún de porcelana tras tantos años postrado en cama. Se llamaba Sasha Popov, tenía casi veinte años más desde su último recuerdo nítido y años perdidos por decenas.


Una mujer, de unos cincuenta años y muy gruesa, discutía fuera de la habitación. Larisa Popova había nacido con mal carácter y moriría con él. En cuanto su marido quedó en coma, tuvo que hacerse cargo de Misha y Anya por sí sola. Eran sus dos hijos, que la traían de cabeza. Ahora, que eran casi adultos, no dejaban de darle problemas.


- ¡Te dije que no dejases a tu padre solo! - gritó ella, muy enfadada.- ¡El médico ha dicho que puede despertarse en cualquier momento y tenemos que estar ahí, imbécil!


Misha, tan descuidado y desentendido como su padre, casi no lo conocía. Cuando cayó en coma, él tenía apenas cuatro años. La verdad, le importaba poco si se despertaba o no. Para él, era un ser inanimado al que tenía que ver continuamente, lo cual empezaba a molestarle. Tenía que venirse desde San Petesburgo todos los fines de semana y últimamente más a menudo ante un inminente despertar. Pero era bastante escéptico. Las cosas, no cambiaban mucho.


- No te preocupes, Larisa. La culpa es mía, yo tenía que vigilarle - dijo Dima. Tenía ya cerca de sesenta años, el pelo canoso y ahora llevaba gafas. Las arrugas tampoco le perdonaban. Pero seguía conservando la misma expresión escéptica de siempre.


Entró en la sala de nuevo y se encontró con el periódico encima de la cama de Sasha, abierto de par en par. Las viejas gafas de media luna estaban tiradas en el suelo. Larisa le echó la bronca de nuevo a Misha en cuanto vio el panorama.


- ¡Yo lo dejé todo sobre la mesa!- exclamó, desconcertado. No entendía como habían llegado allí las gafas y el periódico.


- ¡Mientes, siempre mientes! ¡Siempre desordenándolo todo! - gritaba ella, indignada. Dima callaba, observando aquella escena mientras recapacitaba.


Larisa le dio una colleja a su hijo que sonó como si le hubiese partido la cabeza y se marcharon de la habitación, entre gritos y quejidos. Menos mal que estaba Dima, porque aquella familia siempre estaba igual. Siempre, siempre igual. Pobre Sasha, lo que iba a tener que aguantar cuando se despertase, pensó.


Dima se acercó a la cama y sonrió ligeramente, con malicia. El periódico hablaba de nuevo de la guerra, la crisis y todos los problemas del mundo. Como siempre.


- ¿No han cambiado tanto las cosas, a que no viejo amigo?

sábado, 26 de septiembre de 2009

Los últimos días de Pompeya.


Trozos de carne que se enfriaban en el plato. Miradas de confusión absoluta. De espanto. Vidas que acababan de cambiar por completo.¿ Qué estaba sucediendo?

La anciana habló o más bien murmuró algo incomprensible. Su mirada estaba perdida, pero jamás había sido tan expresiva. ¿Qué podía estar pensando? Nada. Esa era la respuesta. Setenta y tres años de recuerdos que se acababan de esfumar de golpe. Se congeló el momento, parecía poder la vista en el infinito, en algún lugar. La mujer que estaba sentada junto a ella, tuvo que girarse. No podía sostener aquella mirada tan... fría, carente de sentimiento. Ninguno de los comensales podía arrancarle una sonrisa. Ahora ya no. Era y no era ella.


Entonces, ante la sorpresa de los allí presentes, comenzó a hablar con un hilo de voz. Árboles de los que brotaban calcetines, una vieja fotografía de mediados de siglo que nadie sabía que existía, un espejo que guardaba demasiadas cosas.Todo sonaba tan extraño...

- Hoy lo he visto - dijo la anciana, con la mirada completamente ida.

- ¿A quién has visto? - preguntó la mujer, con el tono más alto de lo normal. Tenía que hablarla claramente para que pudiese escucharla. Otra cosa era que lo comprendiera.

El silencio se apoderó de la cocina. Los comensales seguían esperando a que respondiera, impacientes. Pero no parecía pensar en nada. La mujer le repitió la pregunta y siguió callada. Su cabeza temblaba inevitablemente y no parpadeaba. Recapacitaba, intentando recordar. No sabía casi ni de qué la hablaban. Había perdido el juicio.

- A la muerte - dijo, al fin, tartamudeando.

Nadie pudo decir nada. Les acababa de pillar desprevenidos. La chica, una de las que comía en aquel momento, ahogó un grito y se levantó de la mesa rápidamente. Se fue corriendo a la habitación. La señora no se había enterado de nada. Mientras, el chico ya había salido detrás de ella.

La encontró llorando, sentada en la cama. Tenía los ojos enrojecidos.

- Yo no puedo con esto. ¡No puede estar pasando! - exclamó ella, desesperada.

- Tranquilízate, por favor - le pidió él.

- Llevamos cuatro meses luchando contra viento y marea. Ahora que las cosas empezaban a ir bien... - dijo, rompiendo a llorar.

- ¡Eh, eh ! Lo superamos y superaremos esto también - replicó él. Le acarició el pelo, como solía hacer cuando era pequeña. La tranquilizaba mucho.

- Nada nos ha frenado, nada ha podido con nosotros - inquirió, con tono animado.

- Esto está por encima de nuestras posibilidades.

- No. Solo es un episodio que pasará- mintió él. -Nada más.

Se quedaron callados, de nuevo.

- Me siento mal. No debería de estar llorando, con todo lo que estás pasando tú...

- Eso ahora no me importa - le cortó.

- ¿Sabes? Tengo miedo. Tengo un miedo terrible a lo que vaya a pasar - balbuceó ella, mirándole directamente a los ojos.- Pero si estás aquí me siento mucho mejor.

Sonrió por primera vez aquel día, mientras le abrazaba. Él suspiró, aliviado. Después, él salió del dormitorio cerrando la puerta. Avanzando por el pasillo, la sonrisa comenzó a desvanecerse. Cuando llega a su habitación, se sentía tan mal que se sentó en el suelo. Hiperventilaba, casi sin tiempo para poder respirar. Allí mismo lloró por primera vez en años, como nunca antes lo había hecho. Y es que también los cabezas de familia perdían el control de vez en cuando. En silencio, eso sí. No podía dejar que alguien viese el más mínimo atisbo de debilidad en su aparente madurez. Así era la vida... al borde del abismo.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

Cuentos chinos.

Esta pequeña historia la escuché una vez, no estoy seguro dónde. Pero me gustó. No es exactamente la misma, no me acuerdo muy bien, así que opté por escribir una que se le asimilase. Lo importante no es el cuerpo de la historia, si no lo que puedes sacar en conclusión:

"Una tarde calurosa de Agosto, una niña de unos diez años irrumpió en la tienda del señor Zhong. Era su nieta. Estaba muy nerviosa y su rostro estaba blanco.

- ¡Lao Zhong, Lao Zhong! ¡Tiene que hacer algo rápido!

- ¿ Qué ocurre niña?

- Varios pescadores han visto a la Muerte cruzando el Yangtzé en una pequeña barca. ¡Viene a por usted!

El anciano palideció, pero se recompuso enseguida.
- No te preocupes niña, mañana seguiré aquí como siempre. Sé lo que tengo que hacer.

Ella no estaba muy segura de lo que decía su abuelo. Por eso se despidió de él abrazándose fuertemente. Después, entre lágrimas, abandonó la tienda de Lao Zhong.

En cuanto ella desapareció por la puerta, Lao Zhong comenzó a trabajar. Era un experto en el arte de la escultura y sus obras eran increíblemente similares a los humanos. Así que eso hizo. Estuvo tallando las figuras durante toda la tarde y toda la noche. Utilizó sus mejores pinturas para darles color, sin olvidarse ni un solo detalle. Cuando terminó, sonrió complacido. Tenía ante sí las esculturas más perfectas que jamás había hecho. Eran exactamente idénticas a él.

Cuando la Muerte se presentó en la tienda de Lao Zhong, no esperaba encontrarse a cinco como él. Confundida, las examinó durante un buen rato, pero no era capaz de encontrar al verdadero. Entonces exclamó:

- ¡Ya he encontrado el error ! Es casi imperceptible, pero ya sé cual es.

Lao Zhong, que había permanecido camuflado entre sus copias, no pudo soportar ese insulto. Muy enfadado le espetó:

- Eso es imposible. Mis obras son completamente iguales a mí. ¡No puedo haber cometido ningún error, soy el mejor escultor de toda China!

La Muerte sonrió malignamente.

- Puede que seas el mejor escultor de toda China, porque no encontré ningún error. Pero tu ego, incapaz de contenerse y plantearse haber cometido un error como el resto de los hombres, ha superado a tu perspicacia. Eso es lo que demuestra tu imperfeción. Y eso es lo que te ha delatado como el auténtico Lao Zhong."
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A veces, el ego es irrefrenable y también nuestra propia perdición. La necesidad de decirlo todo, de que los demás reconozcan nuestras virtudes continuamente, de sentirse superior al resto y ( en gran parte) la estupidez humana, nos perjudican cuando creemos controlar la situación. A veces es más sabio callar.
´
P.D: Con dos publicaciones reflexivas seguidas, rompí la racha de textos de viajes. Escribiré más, en cuanto se esfume la mala leche que tengo últimamente. Por cierto, la reflexión también es mía ( viva el ego).