sábado, 14 de noviembre de 2009

Un mal sueño.


Un despertador que sonó una vez más y alguien que dio un brinco. Aún jadeaba, angustiado. Una noche espantosa, llena de pesadillas que no le dejaban dormir tranquilo. Unas gotas de sudor frío, deslizándose entre una frente que ardía como si le acabasen de prender fuego. Finalmente, tuvo que levantarse.




Aún no se habían apagado las farolas cuando salió de casa. Una luz mortecina envolvía la ciudad. Una ciudad remolona. Una ciudad con una resaca terrible que parecía no tener ganas de despertar.




Cuando llegó a clase, sencillamente tenía ganas de echarse sobre el pupitre y dormir un rato. Se abstraía continuamente, pensando en todo lo que acababa de pasar el día anterior. ¿Qué iba a hacer? No tenía ni idea. Quería pensar en soluciones, pero tampoco podía. Tuvo que fingir atender a cosas que en aquel momento no le interesaban en absoluto.




Después, alguien preguntó donde se había metido aquellos últimos días. Dijo lo que le había pasado, le contó el atolladero en el que estaba metido y la gran angustia que tenía por todo aquello. En aquel momento, lo único que le contestó como consuelo fue un "vaya putada" y poco más. Soltó una carcajada, una risa completamente improcedente dada la situación. Le quitó hierro al asunto, como si no tuviese la más mínima importancia. Y es que, sencillamente, no era su problema.





Fue una de las mayores decepciones que se llevó en toda su vida. Había dado su confianza, para que luego la echasen a perder. Con amargura, se dio cuenta del mundo en el que vivía. Estaba lleno que había llevado al extremo el egoísmo, que parecían haberse anclado en los once años. Pero no se había parado a pensar que también conocía gente así y que, por desgracia, tuviesen un papel importante en su vida. Aunque ya no. No le volvió a mirar con los mismos ojos. Ya no podía.





Un despertador que sonó una vez más y alguien que dio un brinco. Aún jadeaba, angustiado. Una noche espantosa, llena de pesadillas que no le dejaban dormir tranquilo. Unas gotas de sudor frío, deslizándose entre una frente que ardía como si le acabasen de prender fuego. Un mal sueño que se repetía otra vez, dos años después, cuando creía que el tiempo había cicatrizado viejas heridas. La historia se repetía.

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