miércoles, 24 de marzo de 2010

Sophiatown.


En Soweto, el verano había golpeado la tierra con toda su intensidad y fuerza, marchitándola por completo. Era el año más caluroso que se recordaba en décadas.












Mbene no jugaba. No reía. No lloraba. Sólo pensaba. Se zambullía en sus propias cabilaciones, de vez en cuando. Entonces, se sentaba en una losa de hormigón, soltaba amarras y su mente navegaba entre un mar de utopías irrealizables bajo un Sol de justicia. Se podía pasar horas mirando al vacío, pero viendo más allá de las chabolas de Soweto. Mbene, a sus ocho años de edad, aún era un soñador en la tierra del insomnio.












Bheka se había convertido en el líder de una tropa de niños hambrientos que vagaban por Johannesburgo. Se dedicaban a mendigar, a dar pena a los pocos turistas que iban a la ciudad. También se pasaban los días jugando. Cualquier cosa servía: una botella como balón, un trapo viejo para disfrazarse... En Soweto, todo era todo y nada era nada. Aquella tarde, los niños de Soweto vivían un clima de fiesta. Habían rescatado una bicicleta oxidada de entre la basura, con la catalina llena de herrumbe. Pero aquello era un auténtico acontecimiento nacional.












- ¡Mbene, ven! Bheka ha encontrado una bicicleta en el vertedero de Sophiatown. ¡Y podemos montar!












Mbene contempló a su amiga no sin una marcada apatía en la mirada.












- No sé montar en bicicleta.















- Tú te lo pierdes - dijo la niña. Se dio la vuelta y desapareció calle arriba.






Mbene no podía pensar en nada más que en Sonto, su vecina. Ella le había explicado qué clase de mal tenía su madre en el cuerpo: la enfermedad innombrable. El castigo de la vergüenza. Aquellas palabras se le quedaron grabadas en la cabeza. Así se referían a la peor epidemia del SIDA en aquella parte de Sudáfrica. El vecindario entero ya había aislado a la familia Ngembe en cuanto se enteraron de que Caimile estaba infectada.









Sonto era lo más parecido que tenía a una madre en aquellos momentos. Ella le arropaba por las noches y, en la oscuridad, le contaba historias de los antiguos guerreros bantúes. De sus diez hijos, apenas le quedaban tres ya mayores. Por eso Sonto trataba a Mbene como si fuese su hijo. La malaria también había golpeado con intensidad hacía años.








Mbene ya no tenía padre. Nunca le había visto mucho, pero le había echado en falta. Le quería mucho. Recordaba que el día de su cumpleaños, el último que habían pasado juntos, Mbene le regaló a su padre una pluma de tinta verde. Se había puesto muy contento. A los Ngembe no les sobraba ni un céntimo. Zwide se deslomaba trabajando en la fábrica de conservas hasta bien entrada la noche . O eso creían. Una noche no volvió.







Sonto le decía que su padre estaba trabajando mucho en América. Pero Mbene no le creía. Primero porque en Estados Unidos había muchos negros y no cabían más. Se lo había dicho su padre. Y segundo porque los Ngembe se guiaban por el principio de honor : no dejar tirada a su familia. También se lo había dicho su padre.








La enfermedad llegó con el último embarazo: nació Lily y Caimile cayó enferma. A los pocos días, Sonto se instaló en el hogar. Fue la única que no le dio la espalda a la familia Ngembe en el vecindario. No tardaron en cogerle cariño.



Una mañana lluviosa, Mbene se encontró un cesto frente a la puerta de su casa. Se movía levemente, como si en el interior hubiese un animal. Quitó las mantas que lo cubrían y, entonces, lo vio. Era un bebé. Estaba dormido.


- Mamá Sonto, mamá Sonto! - gritó el niño.





Sonto no tardó en aparecer.






- ¿Qué sucede? - preguntó, alarmada.





- Mira!






La mujer cogió al pequeño, con el rostro desencajado.





- ¡Dios mío, está helado!- exclamó, poniendo la mano sobre la mejilla del infante.- Tendrá que comer algo. Cierra la puerta, Mbene.





Se fue con el niño en brazos. Habría jurado oír un "maldito cerdo" cuando Sonto ya había desaparecido por el pasillo.





Mbene cogió la canasta. Se dió cuenta de que había una nota en el interior. La leyó con dificultad.


"Aún te quiero, Caimile. Lo siento en el alma." La caligrafía era pésima. Estaba escrita en tinta verde. Era la tinta verde de una estilográfica. La inconfundible escritura de una pluma barata de 12 centavos.





No hay comentarios: