jueves, 26 de agosto de 2010

Verona.


De camino a Venecia, se encontraba esta ciudad del norte de Italia, famosa por dar pie a una de las historias de amor más conocidas de la literatura universal: Romeo y Julieta, de William Shakespeare. Capital de la región de , Verona no es solo eso, si no mucho más.
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Si bien es bastante desconocida, hay un montón de cosas que ver. Nada más llegar, se encuentra el anfiteatro romano, que es uno de los mayores del mundo (unas veinticinco mil personas, más/menos). Más allá, en la Piazza dei Erbe, se alza la torre del reloj: enorme, de ladrillo rojo, la torre siempre es el punto visible de toda ciudad/pueblo italiano. Junto a ella, un mercado de frutas y flores, donde siempre hay mucha vida y, sobretodo, muchísimo ruido (a los italianos les encanta gritar, ya me he dado cuenta).
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Pero el sitio más visitado, como no puede ser de otra manera, es la casa de Julieta, donde miles de turistas intentan entrar a la vez y más de uno acaba estampado contra las paredes del edificio. El balcón desde el que Julieta Capulleto veía a escondidas a su amado Romeo existió de verdad. De hecho, la historia de los dos veroneses es en parte real, pues ellos existieron y tuvieron su particular affair.
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También debe tener el honor de ser el sitio más pintarrajeado del mundo: si no hay un millón de firmas por metro cuadrado, no hay ni una. Se debe saber que las parejas italianas son lo más empalagoso y ñoño que existe (con todos mis respetos, pero las firmas les delatan) y no pueden dejar de mostrar su “amor” ni un solo segundo.
Cuestión: Italia no la conoceré ni aunque me pase un año entero en ella. El próximo día toca Venecia, aunque ahora esté en Bolonia (voy con un poco de atraso, lo sé). ¡Qué gçanas tengo de Erasmus!

viernes, 20 de agosto de 2010

(Entrada sin título).





Me dispongo a despegar,
me vale la pena marear,
sangrar, decir, averiar, hacer el torpe
o me da por preguntar
de dónde he salido y qué valdrá
marcharme lejos, cambiarlo todo por un monte

Quizás seas tú,
quiza el control,
quizá el fruto de un reventón,
quizá lo perro que me vuelvo por la noche,
quizá sea yo, quizá el temor
quizá el cariño al Rock´n´Roll
o las historias que nos llevan al reproche...

Me asusto y corro a pedir perdón
me pone malo esta situación
¡Por qué siempre al final algo falla!
Nos vino a visitar la cruda realidad,
entró sin llamar...

Me conformo con bailar
un rato con la felicidad
cantarle un blues, meterle mano
que me de un toque
empezar a asimilar lo raro que es todo si no estás
andar así no hay bicho humano que lo enfoque

Quizás seas tú
quizá el control
quizá el fruto de un reventón
quizá lo perro que me vuelvo por la noche
quizá sea yo, quizá el temor
quizá el cariño al Rock´n´Roll
o las historias que nos llevan al reproche

Me asusto y corro a pedir perdón
me pone malo esta situación
¡por qué siempre al final algo falla!
lo cambio todo y lo hago de un tirón,
lío una vez más, pero al final...

Me asusto y corro a pedir perdón,
me pone malo esta situación,
¿por qué siempre al final algo falla?
nos vino a visitar la cruda realidad
entró sin llamar...

Dos gotas se caen al mar...
Una flota, la otra se ahoga
Las dos tiemblan, ¡no por igual!
Se fue, su par pensó: "that´s life!"

Me asusto y corro a pedir perdón,
me pone malo esta situación,
¿por qué siempre al final algo falla?
nos vino a visitar la cruda realidad
entró sin llamar...





(Foto propia).


miércoles, 18 de agosto de 2010

Casualidades.


A pesar de la niebla, pude ver perfectamente que los andenes estaban completamente vacíos. Tampoco había mucha gente sentada en el autocar aquella mañana de julio. Decidí ponerme en los asientos delanteros y no tuve problemas para tumbarme a la larga en dos de ellos.


Salimos de la estación de ALSA a las 9. Me esperaban ocho largas horas para llegar a Hendaya, así que hice lo que pude para dormir. Todo en vano. Primero, porque el autobús frenaba bruscamente en medio de pueblos perdidos de montaña y me despertaba del susto, y segundo, por los pasajeros que se fueron subiendo a medida que nos acercábamos a nuestro destino.


En Llanes, se subieron un grupo de "estudiantes" (por decir algo) americanos, con una cogorza considerable. Los cánticos typical spanish se sucedían uno tras otro, incluido, cómo no, el Asturias patria querida (un poco macarrónica la pronunciación, pero lo que cuenta es la intención ¿no?).


Así llegamos a San Vicente de la Barquera, donde también paramos. Aquí se acabó mi monopolio sobre los asientos. Nada más ver a la señora que se sentaría a mi lado, comprendí que tenía que haberme comprado unos tapones para los oídos.


La señora en cuestión, una anciana de ochenta y pico años, tenía un marcado acento vasco ( "¡De Bilbao pues!") y no calló en las siguientes tres horas. Empezó a hablar desde el momento en que decidió casarse hasta aquel día. Sesenta y seis años de vida ajena que me tuve que tragar sin remedio. La posguerra, cómo consiguió su primer trabajo, cómo tuvo problemas con la policía... Parecía que me estaba contando una novela policíaca.Pero, ¡lo que son las casualidades!, todo lo que me contaría me iba a resultar más interesante de lo que pensaba.


En tres horas da tiempo a decirlo todo, incluso para hablar de donde vienes y encontrar puntos en común. Resultó que la señora era del mismo pueblo que toda mi familia.


- ¿Tu abuelo se llamaba...?


- Sí.


- ¿Y tu abuela se llamaba...?


- ¡Sí!


- ¡Dios mío! ¡Éramos vecinos, puerta con puerta! Me acuerdo del día en que se casaron...


Nunca me he considerado una persona que le interese la vida de los demás, pero aquella señora me fascinó por todo lo que sabía. Tenía una memoria extraordinaria. Hace cincuenta y dos años que no se ven. Se dice pronto. Y, sin embargo, sabía más de mi familia que yo. En parte me dio vergüenza que una señora que había emigrado a Bilbao en los cincuenta supiese más que yo de mi pasado.


" Tendría que contarte un montón de cosas sobre ella, pero me tengo que bajar ya". Me regaló una caja de galletas y me dio cinco euros para que me comprase lo que quisiese. Después, al llegar a Bilbao, descendió del autobús y se fue.


Me dio bastante pena porque eso significa que nunca me enteraré. Es como si tiras a las brasas un libro que no has leído y que siempre te quedarás con la duda de "¿y de qué trata?" Pero las cosas son así. La memoria de las personas se pierde através de los años, ya sea por la edad o porque a nadie le interesa. Y es una auténtica pena.


Supongo que a veces nos olvidamos de cuántas cosas ignoramos . Si hablásemos más, si nos llegásemos a conocer más, descubriríamos un mundo de historias apasionantes en el que, por increíble que parezca, todos estamos enlazados unos con otros de alguna manera. Como dice el anuncio, el ser humano es extraordinario.

domingo, 8 de agosto de 2010

Mierda

Se me han ocurrido unas cuantas cosas que escribir. En serio lo digo. Pero la mayoría son palabras sin ninguna eficacia real y, la verdad, no me apetece descargar sobre un teclado tonterías que no sirven para nada. Entonces, ¿para qué sigo pulsando las teclas? No me pregunten a mí, porque no tengo respuesta.


Escribir cosas como esta me hacen replantearme mis propias capacidades, sobre todo cuando vuelvo a leer estos textos al cabo de unas semanas. No me gusta leerme a mí mismo. Siempre le encuentro errores y, seguramente, tiene más errores de los que yo veo. No está bien tener el portátil a mano cuando estás cabreado . Qué decir si tienes un blog/flog/fotolog/lo que sea, en el que toda tu mierda cerebral queda grabada sobre millones de kilobytes a disposición de Google. Un suicidio cibernético. Vaya.


Este blog no nació con la intención de ser un basurero de desperdicios mentales, pero cada vez se parece más a eso: a un vertedero. La culpa la tenemos mi incontinencia verbal y yo mismo. A partes iguales, fíjate tú. Empezé bien, o eso creo yo, hace algo más de un año. Escribía sobre viajes, desde la subjetividad que me proporcionan mis experiencias por ahí. Después, lo adulteré un poco hacia octubre (qué poco duran las buenas intenciones, ¿no?) y terminó siendo un desecho hacia diciembre.


A partir de entonces, intenté limpiarlo varias veces. Pero había demasiada mierda. Así que la mierda se fue acumulando, poco a poco, hasta que alcanzó unas proporciones gigantescas. Más o menos como está ahora. Y no me da asco, sino pena. Pena porque creo que pierde el tiempo diciendo cosas de una importancia ínfima. Minúscula, diminutísima. De mierda, sí. Una importancia de mierda. Quizás es esa la valoración que tengo de lo que cuento en este momento; luego me da por cambiar de opinión. Entonces vuelvo otra vez y vuelta a empezar. A ensuciar se ha dicho. La escritura y yo tenemos una relación de amor-odio bastante difícil de describir. Y de obviar. Como todo lo mío.


Pero bueno, como dijeron Chavela Vargas y Sabina en una canción, que el fin del mundo me pille bailando. Tendrán que aguantarme un rato más. Solo hasta que se harten (¿más?).



Gracias por cabrearme tanto. Sin gilipollas por el mundo no sería lo mismo.

jueves, 5 de agosto de 2010

El viaje de Rostopov.





Desplegó una vez más el papel y sacó la estilográfica de la cartera, intentando con ello, quizás, que las ideas volviesen a su cabeza. Pero su cerebro estaba vacío de palabras, tanto o más que el papel, aún en blanco. Así pasó el primer día, y el segundo, y el tercero... En realidad, todas las veces que había pretendido empezar a escribir desde que había salido de Vladivostok hacía semanas se habían quedado en eso: intenciones. Había terminado por referirse a aquella misiva como la carta imposible.





Quiso pensar en algo que decirle, pero no podía porque no tenía nada que decir. Repentinamente, no quería volver a casa. No quería regresar, ni que le esperasen en la estación de trenes, ni que le recibieran ceremoniosamente a su llegada. Los paseos por las orillas del Volga le resultaban abominables, las cenas a la luz de la luna repugnantes. No quería. Ya no.






Quiso buscar una causa para aquel repentino cambio de actitud y no sabía a qué achacarlo. Nunca se había considerado un misántropo y no creía que ahora lo fuese. ¿O sí? Se mordió el labio, con evidente preocupación. No, no aborrecía a la humanidad entera. El problema era más personal que universal y, sobretodo, mucho más individual. Sabía porqué lo decía. Algo había cambiado.






Suspiró profundamente, como si fuese a acometer el peor trabajo de su vida. Miró el papel desnudo. Volvió a suspirar. Esta vez, empapó la punta de la pluma en tinta y se dispuso a escribir.






Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. Nescio, sed fieri sentio et excrucior.Odi et amo, mea Lesbia. Odi et amo.





Leyó y releyó lo escrito repetidamente. Era perfecto, no hacía falta nada más. Los famosos versos de Catulo expresaban todo lo que tenía que decir. Habiendo recibido estudios clásicos en una de las más prestigiosas academias rusas, Rita lo entendería a primera vista.




Se levantó de su silla y salió al pasillo. Se asomó al cristal. Nada más apoyar los dedos sobre éste, sintió un frío cortante que le hizo dar un salto hacia atrás. Estaban parados en medio de ninguna parte, a varias decenas de grados bajo cero.




- Perdone, ¿qué ocurre? ¿dónde estamos? - le preguntó al revisor.




- Hay casi dos metros de nieve en la vía. Es imposible avanzar - explicó el hombrecillo.- No llegaremos a Ekaterimburgo hasta el jueves.





Contempló el exterior. Unos cuantos operarios, ataviados debidamente con casacas, habían bajado del convoy y contemplaban la nieve sin saber qué hacer. El enorme manto blanco que cubría la estepa siberiana llegaba a la altura de las ventanillas. Tendrían para un buen rato.
Vladimir Rostopov suspiró, aliviado. No sabía porqué, pero deseaba con todas sus fuerzas permanecer allí, atrapado entre la nieve, sin moverse, probablemente soñando con que, si el tren no se movía, sería porque el tiempo se había congelado también. Ojalá, pensó él. Ojalá.