
sábado, 25 de septiembre de 2010
Ponte la bufanda, llegan nuevos aires.

martes, 21 de septiembre de 2010
S.T.T.L. Que la tierra te sea leve.
Y, de repente, ocurre. Su voz es débil pero segura. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, pronuncia tu nombre. Pronuncia su nombre. Os mira. Os coge con tanta fuerza de las manos que no hace falta nada más. Sabe que estais ahí. Se lo quieres decir todo. Está ahí. Sigue ahí. Y se ha emocionado como una niña.
"El diagnóstico ha mejorado". Te subes al autobús. Dos con veinte; final de línea. La lluvia lame los cristales. Se desata un vendaval. . Llegas al hospital. Entras en la sala. Sigue con los ojos abiertos. Su respiración son golpes secos, los intentos desesperados de mantenerse a flote, como un barco que se hunde irremediablemente. Es fuerte. No sabes qué ocurre. Pero te sigue mirando sin pestañear un solo segundo.
- Mientras estén aquí, no piensa cerrar los ojos. No duerme. No descansa. Solo quiere verles.
Te despiertas, te vistes, coges el autobús. Dos con veinte otra vez, caballero. El cielo es más azul que nunca. La tempestad se fue, la calma lo invade todo. Entras. Sale una mujer llorando y te besa. Dice que se acabó. Que se ha ido. Para siempre.
La enfermera escribe un latinajo en el informe y hace entrega del mismo.
" Exitus".
Exitus tu padre.
Sales a la azotea. Silencio. No se oye más que el murmullo del agua en una fuente y el viento otoñal soplando entre los quejigos. Miras más allá, donde la vista se pierde, donde empezaba tu infancia, tu pueblo, ése de casas blancas, ése al que sabes que ya no vas a volver jamás. Sus palabras vuelven a resonar en tu cabeza. Te ahogas.
Miras al cielo. Jamás te habías fijado en él. Quizás por ello su belleza siempre te había pasado desapercibida. Sonríes. San Pedro debe estar de los nervios. Probablemente ya le ha llamado cateto. Seguro que ya le ha contado al jefazo que Menchu Tureño la tiró al río de Villaviciosa porque era más guapa que ella. Seguro que está hablando inglés, (pronunciado a su manera, por supuesto), diciendo "Champión", "Cagafú" y contando el chiste del queso. Seguro que allá arriba nadie la entiende, porque solo yo, a veces, lo entendía.
Hoy pasé por delante de la cafetería Central y no pude evitar volver la mirada hacia las mesas de la terraza. No estaba Maruja. Tampoco estabas tú. Me extrañé. Solo han pasado un par de días y aún no me hago a la idea. Se hace raro que no estés. Demasiado raro.
Ella no se merece este "homenaje" porque peca de mediocre. Se va una de las mujeres más fuertes que he conocido, la mujer que se aferró a su vida hasta el último segundo de su existencia. Solo espero que estés escanciando sidra y que, como decían los romanos, sit tibi terra levis, "que la tierra te sea leve" .
Dondequiera que estés, descansa en paz, Marilín.
lunes, 13 de septiembre de 2010
Mañana no será lo que Borja quiera.

sábado, 11 de septiembre de 2010
9 años sin Nueva York.



Pero el miedo sigue ahí. De hecho, la famosa estatua de la Libertad, permaneció cerrada ocho años al público porque podía ser un posible objetivo de futuros atentados terroristas. Solo en julio de 2009, apenas dos días despúes de marcharme yo, se volvió a reabrir, para volver a cerrarse de nuevo hace unos meses. Imagínense como está el subconsciente colectivo.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Leonard Cohen en Florencia.

El lugar escogido fue la Plaza de Santa Croce, donde se concentraron miles de personas. Los interraileros que lo lean, si es que alguno lee esto, sabrán de qué lugar hablo: estaba a pocos metros de la casa de Marcelo (a la que, por cierto, también le hice una visita), el "queridísimo" dueño de nuestro hostel.
Dado que el concierto se daba en un lugar público, se decidió cerrar el acceso a la plaza unas cuantas horas antes.
- Excuse, ma non poso lasciare ingresare - me dijo un policía que vigilaba la entrada.
Pero, ¡ay!, qué suerte. Alguien no muy listo no se dio cuenta de que, desde una callejuela, se podía oír (aunque no ver) perfectamente el concierto. En Florencia hay muchas de estas calles: estrechas, empedradas, de edificios pequeños y antiguos, todas ellas con ventanales cerrados a cal y canto con contraventanas.
Apenas estábamos a unos diez metros del graderío, así que no hubo problemas. Además, allí había un par de cafeterías y un pequeño restaurante, por lo que el problema del abastecimiento estaba resuelto. Cené una pizza de atún y la verdad es que me supo a gloria. Yo creo que todos esos negocios debieron hacer su agosto.
No le pude ver mucho, pero sí algo. La gente abrió unas cortinillas negras que impedían ver el escenario, así que pude verle en vivo y directo al menos durante unos minutos. A las diez y media terminó, lo que me decepcionó bastante, porque el público italiano no fue capaz de que el canadiense hiciese un bis. Como en España en ningún sitio, está claro.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Aviones. Tocadiscos. Champagne.

Lea se levantó de la cama sigilosamente y arrastró una sábana hasta el cuarto de baño. Cerró la puerta. Después oyó el murmullo del agua al caer y cómo canturreaba algo en sueco.
Daniel abrió los ojos y miró a su alrededor. Coco Channel estaba en el aire, Moustaki en el plato del tocadiscos y el Louis Roderer en las copas. Varias etiquetas de equipaje : JFK, CDC, BCN. Tampoco faltaba un uniforme de SAS perfectamente doblado en la silla. El resto eran los desperdicios de una noche desenfrenadamente apasionada.
Su trolley estaba tirada a un lado de la habitación. Se puso los pantalones rápidamente; la camisa se la abrochó ya en la calle. Bajó los escalones de dos en dos. "No me dejes nunca", oyó en su cabeza. Pero no le hizo caso. Corrió y corrió, corrió con todas sus fuerzas por la Place de la Vendôme, como si la vida misma se le fuera en ello. Cuando Lea Johannson se dio cuenta de la huida y se asomó a la ventana, solo pudo ver cómo se alejaba el coche en el que se iba.
La vida de Daniel Wittgenstein venía condicionada por aquella serie de números, horarios, códigos internacionales y compañías aéreas que se enumeraban sin descanso en el Charles de Gaulle. Todos se cruzaban una y otra vez en distintos puntos del globo, en aeropuertos que solo eran meros decorados casi iguales. Los mismos compañeros, las mismas aerolíneas, las mis los mismos pasajeros que se quedan en tierra... las mismas historias.
Tenía razón. Vagaría por el mundo, como alma en pena, hasta el fin de los tiempos. No había salida. Suspiró. Después, observó los paneles electrónicos con consternación. No aparecía el suyo. Jodidos aviones, pensó. Acabarán conmigo. Entonces se escuchó el repetitivo anuncio de siempre y lo repetió mentalmente: Madames et mesieurs, le vol PanAm número 4679 à Neuve York va décoller... Putos aviones.
Ni siquiera pudo respirar cuando consiguió despegar el Boeing. Aléjate, aléjate de ella, le decía su cabeza. En realidad una parte de él estaba deseando dar la vuelta y volver a París, mientras que otra solo quería irse lo más lejos posible para no volver a verla. Ahora tendría que volar a Nueva York si quería encontrarle. Pero la llamarás de nuevo en Hong Kong, Brasilia y Moscú. Se mordió el labio. Sabía que en realidad ella no se había ido. Siempre estaba con él, ahí, insertada en algún lugar de su cerebro. Lea Johannson le perseguía, una y otra vez, por el escabroso entramado de su cabeza en el que tenía pista libre, como aviones en un aeropuerto, para volar.
Yokohama, siete y media de la mañana. La luz ya se filtraba por las rendijas de las persianas. Lea se revolvió sobre el colchón y finalmente se incorporó sobre él. Daniel notó que se había agachado para ver si estaba despierto. Podía sentir su respiración, corta e intermitente, sobre la nuca. Fingió dormir.