sábado, 25 de septiembre de 2010

Ponte la bufanda, llegan nuevos aires.


Escondes los tobillos bajo unos vaqueros, te enfundas en un abrigo y abres la puerta. Llueve y hace fresco : el tiempo de la canícula ha pasado a mejor vida. Mantenía aún la esperanza de volver por la playa (tonto de mí) y despedirme del verano en condiciones, pero va a ser que no. Quedan por delante seis meses de frío y nueve de aulas.






Claclaclaclac, se queja la cadena oxidada. Avanzo entre la muchedumbre sobre dos ruedas. Le cuesta avanzar. Llevaba años dormida en el trastero, aún no se ha desperezado. Mientras, alguien ha corrido el rumor de que el Sol agoniza en los cielos y todos salen a la calle, al paseo de la playa, para darle una más que merecida despedida.






Los nostálgicos comen helados sentados en un banco, viendo la vida pasar mientras se les congela la garganta. La tramontana irrumpe repentinamente. Un transeúnte descamisado echa a correr. Uyyyy exclaman los muros desprevenidos. La tierra se ha tragado los turquesas y dorados, escupiendo, de vez en cuando, marrones y ocres. Crac, clac-clac, crac, clac-clac... el crujido de las hojas acompasa ritmos con la cadena. Crac, clac-clac, crac, clac-clac.




Llego al rompeolas con la bicicleta. No hay nadie. El mar está lo suficientemente revuelto como para que las gaviotas vuelen tierra adentro despavoridas. Decido ponerme la bufanda; han llegado nuevos aires. Quién sabe si son los del otoño. Quién sabe si son los del cambio.






martes, 21 de septiembre de 2010

S.T.T.L. Que la tierra te sea leve.

Y un día te despiertas, coges un avión y las cosas suceden deprisa. Llegas al hospital, corres por los pasillos pidiendo un milagro y ella está allí. Sois los mismos. Tú con barba, ella con veinte kilos menos. Te mira. Han pasado dos años. Sorteando los tubos, coges su mano. Caliente. Huesuda. Siguen siendo sus manos. Te mira. Te mira con unos ojos grises azulados que taladran el alma y llegan a lo más profundo de tu ser. Sabes que has cometido el error más grande de tu vida. Pero te agarra la mano. No puede hablar, dicen. Pero hablas, hablas y hablas. Y no deja que te sueltes. No quieres soltarla. No quiere soltarte.


Y, de repente, ocurre. Su voz es débil pero segura. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, pronuncia tu nombre. Pronuncia su nombre. Os mira. Os coge con tanta fuerza de las manos que no hace falta nada más. Sabe que estais ahí. Se lo quieres decir todo. Está ahí. Sigue ahí. Y se ha emocionado como una niña.

"El diagnóstico ha mejorado". Te subes al autobús. Dos con veinte; final de línea. La lluvia lame los cristales. Se desata un vendaval. . Llegas al hospital. Entras en la sala. Sigue con los ojos abiertos. Su respiración son golpes secos, los intentos desesperados de mantenerse a flote, como un barco que se hunde irremediablemente. Es fuerte. No sabes qué ocurre. Pero te sigue mirando sin pestañear un solo segundo.



- Mientras estén aquí, no piensa cerrar los ojos. No duerme. No descansa. Solo quiere verles.



Te despiertas, te vistes, coges el autobús. Dos con veinte otra vez, caballero. El cielo es más azul que nunca. La tempestad se fue, la calma lo invade todo. Entras. Sale una mujer llorando y te besa. Dice que se acabó. Que se ha ido. Para siempre.


La enfermera escribe un latinajo en el informe y hace entrega del mismo.



" Exitus".



Exitus tu padre.



Sales a la azotea. Silencio. No se oye más que el murmullo del agua en una fuente y el viento otoñal soplando entre los quejigos. Miras más allá, donde la vista se pierde, donde empezaba tu infancia, tu pueblo, ése de casas blancas, ése al que sabes que ya no vas a volver jamás. Sus palabras vuelven a resonar en tu cabeza. Te ahogas.





Miras al cielo. Jamás te habías fijado en él. Quizás por ello su belleza siempre te había pasado desapercibida. Sonríes. San Pedro debe estar de los nervios. Probablemente ya le ha llamado cateto. Seguro que ya le ha contado al jefazo que Menchu Tureño la tiró al río de Villaviciosa porque era más guapa que ella. Seguro que está hablando inglés, (pronunciado a su manera, por supuesto), diciendo "Champión", "Cagafú" y contando el chiste del queso. Seguro que allá arriba nadie la entiende, porque solo yo, a veces, lo entendía.



Hoy pasé por delante de la cafetería Central y no pude evitar volver la mirada hacia las mesas de la terraza. No estaba Maruja. Tampoco estabas tú. Me extrañé. Solo han pasado un par de días y aún no me hago a la idea. Se hace raro que no estés. Demasiado raro.






Ella no se merece este "homenaje" porque peca de mediocre. Se va una de las mujeres más fuertes que he conocido, la mujer que se aferró a su vida hasta el último segundo de su existencia. Solo espero que estés escanciando sidra y que, como decían los romanos, sit tibi terra levis, "que la tierra te sea leve" .

Dondequiera que estés, descansa en paz, Marilín.








lunes, 13 de septiembre de 2010

Mañana no será lo que Borja quiera.


En verdad siento una gran admiración por los valientes, pero más admiración siento por los cobardes. Yo, tímido, frágil, casi cristal, incapaz de soportar el miedo más que unos minutos, me aterroriza la mera idea de vivir con miedo. Solo un temerario viviría asustado.





(Fotografía: graffitis de Bolonia, Italia, 24 de agosto de 2010).




P.D: estoy en Málaga. No más preguntas.

sábado, 11 de septiembre de 2010

9 años sin Nueva York.





Si dijese que la visita a la Zona Cero me dio revoltura de estómago, ganas de llorar o algo por estilo, mentiría como un bellaco. En realidad me sentí como el periodista que llega tarde a dar la noticia o como el médico que llega para curar al que ya está muerto:como un imbécil. Lo único que se me venía a la cabeza eran imágenes y la voz de Matías Prats. ¡Dios santo! , exclamó. Un escalofrío extraño te recorre la espalda. Sientes algo, pero no sabes que es. Supongo que no soy el único que lo ha sentido cuando ha llegado a este lugar. ¿Cómo se podría decir con palabras ? Quizás sea... ¿impotencia? Sí, eso. Impotencia es la palabra. Docenas, cientos, miles de rostros grisáceos aplastados sobre un muro te miran con ojos inertes desde otro mundo. La mente se debate entre un aluvión de sentimientos: rabia, espanto, rabia, frío en la nuca... Rabia otra vez. Impotencia al fin y al cabo.










Mentiría aún más si dijese que Nueva York no se ha recuperado del suceso. Mentiría. El pueblo americano les honró, les lloró y les enterró con todos los honores en el cementerio de Arlington. Pero los americanos ya empiezan a olvidar. El solar de la Zona Cero, hasta ahora considerado un lugar con vida propia, ha sido profanado por las excavadoras de una constructora. Aquí se alzará la Liberty Tower, futuro símbolo de los souvenirs neoyorkinos. Y es que, aunque no lo podamos creer, ya han pasado nueve años: la vida sigue. La herida del 11-S parece que empieza a sanarse. Hasta que las obras estén avanzadas, nuestra cabeza reconstruirá, imaginaria e inconscientemente, lo que una vez fue el World Trade Center.




Pero el miedo sigue ahí. De hecho, la famosa estatua de la Libertad, permaneció cerrada ocho años al público porque podía ser un posible objetivo de futuros atentados terroristas. Solo en julio de 2009, apenas dos días despúes de marcharme yo, se volvió a reabrir, para volver a cerrarse de nuevo hace unos meses. Imagínense como está el subconsciente colectivo.




En Greenwich Street falta algo más que un rascacielos. Falta seguridad. Falta confianza. Y, sobretodo, faltan los que se fueron. Lo admiten ellos mismos. Faltan esos policías que, a pesar del peligro de derrumbe, se metieron en los edificios para sacar al mayor número de personas. Los ciudadanos anónimos que salieron a las calles y se volcaron con las víctimas. Los bomberos que, a pesar del cansancio y del riesgo que corrían, dieron todo lo que pudieron dar de sí mismos: su propia vida. Vidas sacrificadas y destrozadas para siempre, que nunca volverían a ser lo mismo.






Nueva York se quedó huérfana de la noche a la mañana y no supo aceptarlo. Los americanos son niños y por tanto se comportan como tales. Hay quien sostiene que el 11 de septiembre fue el verdadero inicio del siglo veintiuno. En mi opinión, se quedan cortos. El 11-S cambió el rumbo de la historia.
(fotos propias)

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Leonard Cohen en Florencia.





Sí, lo confieso. Yo también vi el concierto de Leonard Cohen por la cara. No pagué ni un solo euro, a diferencia de los que pagaron treinta y cinco, y pude escucharle perfectamente en un ambiente incomparable.








El lugar escogido fue la Plaza de Santa Croce, donde se concentraron miles de personas. Los interraileros que lo lean, si es que alguno lee esto, sabrán de qué lugar hablo: estaba a pocos metros de la casa de Marcelo (a la que, por cierto, también le hice una visita), el "queridísimo" dueño de nuestro hostel.



Dado que el concierto se daba en un lugar público, se decidió cerrar el acceso a la plaza unas cuantas horas antes.



- Excuse, ma non poso lasciare ingresare -
me dijo un policía que vigilaba la entrada.




Pero, ¡ay!, qué suerte. Alguien no muy listo no se dio cuenta de que, desde una callejuela, se podía oír (aunque no ver) perfectamente el concierto. En Florencia hay muchas de estas calles: estrechas, empedradas, de edificios pequeños y antiguos, todas ellas con ventanales cerrados a cal y canto con contraventanas.







Apenas estábamos a unos diez metros del graderío, así que no hubo problemas. Además, allí había un par de cafeterías y un pequeño restaurante, por lo que el problema del abastecimiento estaba resuelto. Cené una pizza de atún y la verdad es que me supo a gloria. Yo creo que todos esos negocios debieron hacer su agosto.





No le pude ver mucho, pero sí algo. La gente abrió unas cortinillas negras que impedían ver el escenario, así que pude verle en vivo y directo al menos durante unos minutos. A las diez y media terminó, lo que me decepcionó bastante, porque el público italiano no fue capaz de que el canadiense hiciese un bis. Como en España en ningún sitio, está claro.









Duró aproximadamente dos horas, en las que se pudo apreciar que Leonard Cohen, a pesar de sus 76 años, sigue en plena forma. Su voz sigue siendo tan rasgada y profunda como siempre. El mítico "First we take Manhattan" no pudo faltar, así como el inolvidable "Allelujah", con unos coros tremendos. "Suzanne" fue otra de las canciones de aquella noche. Comida, bebida, buena música, buen tiempo, una ciudad italiana... ¿hace falta más?




lunes, 6 de septiembre de 2010

Aviones. Tocadiscos. Champagne.



París. Seis y diez de la mañana. La luz ya se filtraba por las rendijas de las contraventanas. Lea se revolvió sobre el colchón y finalmente se incorporó sobre él. Daniel notó que se había agachado para ver si estaba despierto. Podía sentir su respiración, corta e intermitente, sobre la nuca. Fingió dormir.





Lea se levantó de la cama sigilosamente y arrastró una sábana hasta el cuarto de baño. Cerró la puerta. Después oyó el murmullo del agua al caer y cómo canturreaba algo en sueco.





Daniel abrió los ojos y miró a su alrededor. Coco Channel estaba en el aire, Moustaki en el plato del tocadiscos y el Louis Roderer en las copas. Varias etiquetas de equipaje : JFK, CDC, BCN. Tampoco faltaba un uniforme de SAS perfectamente doblado en la silla. El resto eran los desperdicios de una noche desenfrenadamente apasionada.







Su trolley estaba tirada a un lado de la habitación. Se puso los pantalones rápidamente; la camisa se la abrochó ya en la calle. Bajó los escalones de dos en dos. "No me dejes nunca", oyó en su cabeza. Pero no le hizo caso. Corrió y corrió, corrió con todas sus fuerzas por la Place de la Vendôme, como si la vida misma se le fuera en ello. Cuando Lea Johannson se dio cuenta de la huida y se asomó a la ventana, solo pudo ver cómo se alejaba el coche en el que se iba.







La vida de Daniel Wittgenstein venía condicionada por aquella serie de números, horarios, códigos internacionales y compañías aéreas que se enumeraban sin descanso en el Charles de Gaulle. Todos se cruzaban una y otra vez en distintos puntos del globo, en aeropuertos que solo eran meros decorados casi iguales. Los mismos compañeros, las mismas aerolíneas, las mis los mismos pasajeros que se quedan en tierra... las mismas historias.





- Nadie te podrá salvar de esto. Solo me tienes a mí, de vez en cuando - le había dicho Lea cuando se acostaron.- Estamos destinados a vagar por el mundo.






Tenía razón. Vagaría por el mundo, como alma en pena, hasta el fin de los tiempos. No había salida. Suspiró. Después, observó los paneles electrónicos con consternación. No aparecía el suyo. Jodidos aviones, pensó. Acabarán conmigo. Entonces se escuchó el repetitivo anuncio de siempre y lo repetió mentalmente: Madames et mesieurs, le vol PanAm número 4679 à Neuve York va décoller... Putos aviones.






Ni siquiera pudo respirar cuando consiguió despegar el Boeing. Aléjate, aléjate de ella, le decía su cabeza. En realidad una parte de él estaba deseando dar la vuelta y volver a París, mientras que otra solo quería irse lo más lejos posible para no volver a verla. Ahora tendría que volar a Nueva York si quería encontrarle. Pero la llamarás de nuevo en Hong Kong, Brasilia y Moscú. Se mordió el labio. Sabía que en realidad ella no se había ido. Siempre estaba con él, ahí, insertada en algún lugar de su cerebro. Lea Johannson le perseguía, una y otra vez, por el escabroso entramado de su cabeza en el que tenía pista libre, como aviones en un aeropuerto, para volar.





Yokohama, siete y media de la mañana. La luz ya se filtraba por las rendijas de las persianas. Lea se revolvió sobre el colchón y finalmente se incorporó sobre él. Daniel notó que se había agachado para ver si estaba despierto. Podía sentir su respiración, corta e intermitente, sobre la nuca. Fingió dormir.