sábado, 30 de enero de 2010

Notti di origano (noches de orégano).


"Llenaríamos ciento setenta Biblias si transquibiéramos todas las palabras por las que hemos reído. Llenaremos otras seiscientas, hasta que me revienten las cuerdas . Te habría enseñado Santa Maria di Fiore y habrías pegado la sonrisa en cada uno de sus muros, todos los días del año. Nos perderíamos mil y un veces en las cercanías de Palazzo Pitti, pero volveríamos sin mapas. Hilvanaría una noche estival sabor orégano, navegando entre las aguas del Arno. Te habría comprado el alma. Sí, el alma, ese alma nocturna que sobresale por las comisuras de sus labios sobre el Ponte Vecchio. Te habría comprado el alma en diezmil quinientas... ¡qué digo! en oncemil quinientas millones de ocasiones. Más divina que mundana, te habría puesto un candado en ese mismo lugar, en esa misma barandilla, para que quedases atrapada en la Tierra . Y no me habrías reñido.


"Vámonos fuera. Llévame a Florencia, aunque sea en la maleta. Donde tú quieras, pero quiero perderme contigo". Já. Siempre hay una nota aclaratoria en la última palabra , un asterisco que te lleva al final (al principio, más bien) del párrafo vital de nuestras conversaciones interminables . ¿Por qué? Hace tiempo que nos entendemos: ya sabes tú porqué. Las locuras que soltamos al viento dejan de tener sentido si dejamos de hablar de las dos personas implicadas en este asunto. Las dos únicas. Supuestamente, claro.


Esos astericos no tienen porqué estar ahí toda la vida. En absoluto. Tengo el pálpito. Presiento que no. Supongo que solo los locos vuelven a sus locuras. Yo que sé. Soy yo. Qué esperabas".
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Debo haber perdido el juicio. Lo peor de todo, es que no me importa.

martes, 26 de enero de 2010

El sonido del miedo.



La señora Ó Baoill andaba ajetreada mientras preparaba la comida. Corría de un lado para otro, sin saber muy bien qué hacer. La comida ya olía a quemada. Como de costumbre, estaba nerviosa. Cuando el señor Ó Baoill decidía invitar a la familia a casa, siempre había problemas y prisas.

- Shaun, no puedes ver eso. Eso no son cosas para niños.

- ¡Pero mamá...!

- Quita la tele, Shaun. Además tienes que ayudarme. Marcia ha ido a recoger a Lily y Connor está con los papeles del seguro.
- ¡Joder pero...!
- ¿ Shaun qué clase de lenguaje es ése? - dijo su madre, horrorizada - ¿Me has oído alguna vez decir éso? Éso es barriobajero Shaun. Tú no lo eres.

Shaun veía la televisión. Como de costumbre. Le impresionaba ver los carros de combate en la pantalla, que luchaban en algún país perdido. Debían ser enormes. Terribles. Shaun jamás entendió por qué existían esas cosas en el mundo.

- Hay un billete de cinco libras encima de la repisa. Dejé encargado un pedido en Ó Briain - continuó ella. Le apagó el televisor. El chico torció el gesto, molesto.- No tardarás nada.

El chico entornó la puerta y salió por el jardín trasero. Odiaba los recados. Hacía frío. Como de costumbre. Las hojas quebraban bajo la suela de sus zapatos. Se subió la cremallera de la chaqueta hasta arriba y caminó un par de manzanas por el viejo barrio residencial, hasta llegar al centro de la ciudad.

Llegó a la tienda del viejo Ó Briain. Le pagó y se llevó la bolsa, calle abajo. No había esperado mucho; había poca gente aquel día. Quizás el frío les había espantado.

No recuerda exactamente en qué pensaba. Probablemente, en aquel momento caminaba tranquilo, sin más preocupación que saber lo que cenaría aquella noche. Entonces, lo oyó.

- ¡Corred, corred!

Se dio la vuelta, rápidamente. Una ingente cantidad de personas corrían calle abajo. No sabía que pasaba.


- ¡Bomba, bomba! - gritaba un hombre, corriendo calle abajo.

No le dio tiempo a reaccionar. Sus piernas, lastimadas aún por una caída reciente, comenzaron a moverse rápidamente entre la muchedumbre, sin saber a dónde iban. El pánico era lo único que dominaba a la masa, que gritaba alocadamente. Vio un par de personas caer y cómo pasaban por encima de ellos, sin siquiera pararse. Cuando quiso darse cuenta, sucedió. Una tremenda explosión hizo saltar un coche por los aires, mientras una fuerza invisible le empujaba contra el hormigón. Ensordecedor. Brutal. Terrorífico.
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No sabía cuanto tiempo había estado inconsciente, pero ya era de casi de noche. Cuando volvió a abrir los ojos, vió escombros. Destrucción por doquier. Quiso no ver a la gente que había tirada en el suelo. Pero la vio. No se lo pudo quitar de la cabeza. Nadie abría los ojos. Torpemente, se levantó y empezó a correr, asustado. Chillidos. Gritos desgarradores. Sirenas histéricas a la vuelta de la esquina. Varias ambulancias pasaron junto a él, en apenas unas décimas de segundo . Una enorme columna de humo se elevaba sobre el cielo, queriendo dar testimonio de lo que acababa de acontecer. Shaun siguió corriendo, mientras la gente estaba aún tirada por las aceras.
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Sin aliento, se metió por una callejuela y se quedó quieto. Jamás pensó que el terror se presentaría a la puerta de su casa. Ya no podía más. No podía haber pasado. No podía ver películas para mayores, ni conducir por Irlanda. Si no tenía la edad para eso tampoco para lo que acababa de suceder. No podía haber sucedido. Pero sucedió.
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- ¡Shaun! ¡ Dios, Shaun!
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La señora Ó Baoill se bajó del coche y corrió por la calzada, sin aliento. Todavía le quedaron fuerzas para avalanzarse sobre su hijo, estrujándole entre sus brazos. Tenía los ojos bañados en lágrimas.
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- Joder, joder, Shaun... Joder. Joder no me lo habría podido perdonar. En la vida Shaun. En la vida. Joder.... - repetía ella, como si no se creyera tenerlo allí mismo. Lloraba. Y seguía llorando.
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- ¡Estoy bien, estoy bien! - exclamó, con la cabeza todavía confusa.- ¡Pero es que estás hablando como una...!
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- Qué importa como hable ahora, Shaun - contestó la mujer, que temblaba aún de pies a cabeza.- Qué importa...
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Jamás pensó que no quisiese hacerse mayor, que no quisiese crecer. Pero ahora no. Shaun Ó Baoill nunca creyó que las bombas explotasen en un lugar como aquél. En lugar como Irlanda del Norte. Shaun Ó Baoill nunca había oído algo así. Allí mismo, abrazado a su madre en medio de Flower Street, Shaun Ó Baoill oyó por primera vez el sonido del miedo. El niño de la cara pecosa se había convertido en adulto. Repentinamente.

sábado, 23 de enero de 2010

Ars coquendi (el arte de cocinar)




Hace días que duermo bien. Llego a casa, enciendo el tocadiscos y dejo que suene, tan sólo como un murmullo. Tomo un zumo bien frío de naranja y me siento directamente en el escritorio. El suelo de la casa congela por la tarde y al rozarlo con los pies descalzos, es un auténtico placer. Abro los libros, pero tampoco siento pereza como antes. De hecho, me pongo a estudiar con ganas. Me interesa y todo.


Me llevo varias melodías con sabor a jazz a la cocina. Huele a parmesano. La masa está a apelmazada, así que cojo un rodillo. Con mucha paciencia, voy amasándola hasta que queda perfecta, poco a poco. Pongo los ingredientes sobre ella. Una fragancia italiana se me viene a la mente. Pienso en la beca. En Florencia. En algo de música. La cebolla caramelizada impregna el aire. Ese sabor dulce cruje bajo mis dientes. Ya está lista. La coloco encima de la mozzarela y meto la bandeja en el horno. Mientras tanto cierro los ojos unos segundos. Afuera diluvia y el agua repiquetea en la ventana. Perfecto.



Por fin, empiezo a hacer las cosas bien.

viernes, 15 de enero de 2010

Où est Bergerac?


Cuando llegué a la casa en medio de la noche, eran las dos de la mañana. Helaba, la temperatura era de diez grados bajo cero. A esas horas ya debería estar dormido, sobretodo en un lugar como aquél. En la campiña francesa oscurecía pronto y la gente se iba a dormir hacia las nueve.



Con la ausencia de luz, la mansión adquiría tintes fantasmagóricos. Un gato salió corriendo en cuanto abrí la puerta de la casa. Era extraña, muy tétrica a aquellas horas. Las sábanas colocadas encima de los muebles para no mancharlos durante las reformas, me recordaban a los viejos caserones abandonados. Los techos medían más de cinco metros de altura. Además , las puertas no tenían manecilla: cada uno tenía la suya propia, con su propio nombre y la encajaba en la puerta que quisiese abrir. Así no necesitaban pestillos ni nada. Me pareció muy curioso.



Bergerac es una población del centro de Francia, en el extremo norte de Aquitania. Atravesado por el río que lleva el mismo nombre que su provincia, el Dordogne, es la patria del famoso Cyrano de Bergerac. Se encontraba a unos veinte kilómetros del pueblo en el que vivía Thibaut, mi "corresponsal" como dicen los franceses. Debía atravesar una carretera torturosa para llegar y con la madre de Thibaut al volante me llevé más de un susto. Íbamos sin cinturón, con el pequeño de la familia sentado en el maletero de la furgoneta, ya que no había asientos suficientes.Todo esto a 100 kilómetros por hora, en una carretera en la que no se podían superar los 40. Casi me habría sentido más seguro con un ciego como conductor.
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Maison la Boetie, Sarlat.



En los alrededores de Bergerac, se encuentra Sarlat. Es uno de los sitios preferidos por los turistas para pasar sus vacaciones, ya que está muy bien conservada como una ciudad medieval. Es la ciudad de Europa con más monumentos catalogados por hectárea, gracias a que se conserva intacta. Edificios de piedra, calles estrechas, murallas, un mercado al aire libre... En verano, además, los artistas toman la calle con sus actuaciones.






Los adolescentes franceses no son, ni mucho menos, tan estirados como piensan algunos. Hacen cosas parecidas a los españoles: ir a discotecas, a la bolera de vez en cuando, beber, emborracharse, escuchar música, salir con los amigos... aunque en menor medida, ya que en una villa como Bergerac apenas hay sitios a los que ir.
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Eso sí, no pierden la tradición en algunas cosas. Los franceses siguen queriendo ser los mejores en todo, enviando a sus hijos a colegios privados, universidades importantes... Son bastante más educados que nosotros, aunque no todos, claro. También les gusta mucho el deporte, el rugby más que el fútbol. Muchos hacen tiro con arco, que es el deporte de la zona. He de decir que yo no soy muy bueno, aunque el día que probé tuve suerte y gané.
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Por su parte, son muy amigos del pique- nique. Y cuando hablo de pique-nique, no me refiero a almorzar en el campo. Hay una "pequeña" variación. El pique nique de los franceses consiste en hacer botellón en cualquier lugar, acompañadolo de algún que otro paquete de patatas, bollería... una mezcla entre botellón y cena. Cantan, comen, hablan, hacen el bobo y también se emborrachan. Como aquí, prácticamente. En las ciudades no sé si está prohibido, pero en Bergerac la policía pasa del asunto.
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Pinturas de "Les Grottes de Lascaux"
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Una de las visitas que hice fue ver Les Grottes de Lascaux (las cuevas de Lascaux). Son una serie de pasillos a través de cavernas subterráneas, que cuentan con numerosas pinturas rupestres: caballos, hombres cazando, toros... e incluso símbolos que no se saben qué significan, como si fuesen letras. Se descubrieron hace 70 años y se cerraron en los años 60, debido a que se estaban degradando a pasos agigantados. Se realizó entonces una perfecta copia de la cueva: se hizo un molde de la original, mediante técnicas muy avanzadas, reproduciendo cada milímetro de la cueva. La que se visita en la actualidad no es la original, pero es milimétricamente igual, de materiales naturales.
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Para conocer un país, no es suficiente con visitar sus monumentos y lugares emblemáticos. Se debe conocer a la gente. Después de este viaje, me quedó mucho más claro.
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lunes, 11 de enero de 2010

Historias del siglo veintiuno.


Movía brazos, piernas, caderas. Todo de una forma espasmódica. Extraña. Sensual. Entre lo rítmico y lo salvaje. Le llamaban bailar. El cabello se le revolvía con tanto movimiento. Le tapaba la vista, pero le daba igual. Se elevaba sobre tacones vertiginosos, que apenas podía controlar. Pero gustaba aquel movimiento. Ella gustaba. Se gustaba. Y eso era lo más importante.
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Notaba cómo el líquido se movía por toda su cabeza, chocando contra el cráneo. Podía oír el ruido, como si embistiese el mar contra los acantilados. El cerebro se le ahogaba en un mar de vozcka y martini. Sin embargo, ella le ignoró. El alcohol nunca había sido un buen compañero.
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Su propio estómago arruinó un vestido azul de ocho mil pesetas y le dio lo mismo. Ya le comprarían otro, no iba a fastidiar aquella madrugada por una estupidez como ésa. Su propia vergüenza le escoltó hasta los servicios, acosada por cientos de miradas.

La música le taladraba los oídos y llegó a tapárselos. Que pare, que pare de una vez. Se encontraba realmente mal. Anda un tío. ¿Quién es? Ah, sí. El que llevaba todo el rato mirándola. Parecía simpático. Al menos le ayudaría. Sonrió y dijo algo incomprensible. Después se puso detrás suyo. Le daba vueltas la cabeza; estaba muy mareada. Pero no tenía una pared a mano. Se habría desplomado si no hubiese tenido a aquel tío allí. Muchas gracias, le dijo. Él respondió que se lo podía agradecer de una manera. Estaba demasiado cerca y ella se asustó.

Intentó irse, pero le agarró de las muñecas. Forcejeó y forcejeó, daba voces pidiendo a gritos que la ayudasen. No había nadie. El tortazo resonó con toda su fuerza en la cara y se golpeó contra la baldosa, pero ella siguió más o menos consciente hasta el quinto puñetazo. Después, acertó definitivamente cuando le golpearon la nariz. La cara se le inundó de sangre caliente, que salía a borbotones. La conciencia, malherida, se desmayó.

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Un ejército de miradas la contemplaban cuando entreabrió los ojos. Estaba su enorme familia, pero nadie más. Suspiraron todos y se mostraron alegres de verla bien al fin. Estuviste al borde de la muerte, sólo sabían decir eso. Estaba metida en un hospital, por primera y casi por última vez en su vida.
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- ¿ Dónde está el resto del mundo?- preguntó ella, aludiendo a sus amigas.

- No lo sé, quizás vinieron cuando no estabas consciente. Hemos tenido que turnarnos para venir a verte y no hemos podido estar a todas horas aquí. No sé, pero no te preocupes - respondió su madre, que tenía unas ojeras tremendas.- Seguro que vendrán.
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A la media hora de recuperar la conciencia, todo el mundo comenzó a marcharse y quedó sola para poder descansar. Un beso en la coronilla y su madre salió de la sala, más tranquila.

La televisión no funcionaba, así que se quedó todo en completo silencio. Tanta tranquilidad le aburría. Cogió el bolso, encontró el móvil y buscó los mensajes. Nadie se había preocupado de llamarla en dos semanas. Ni un solo mensaje. Ni una visita. Nada.

El día en que debía sentirse más afortunada de seguir estando en la Tierra, se quedó callada, sin hacer nada. Parecía ida... y quizás lo estaba. Tiró el móvil al suelo y con él todo el bolso. La pantalla reventó en mil pedazos y el pequeño espejo que llevaba se quebró. Qué más daba. Comenzó a borrar números y números de la agenda, a la par que eliminaba amistades de su círculo de confianza interno. Que les jodan. Eran las seis y catorce minutos de la tarde de un diecisiete de Marzo. En aquel momento, se sintió la persona más solitaria y estúpida del mundo.

sábado, 9 de enero de 2010

Philadelphia o la cuna del imperio americano.

Independence Hall, emplazamiento de la Campana de la Libertad.

Cuando uno oye hablar de Philadelphia, pocas cosas se le vienen a la cabeza a uno. En comparación con otras urbes americanas, la ciudad no es tan del gusto de la industria cinematográfica de Hollywood y eso que se podrían hacer gran cantidad de películas patrióticas, a las que son tan asiduos los americanos.


Cuando uno oye hablar de Philadelphia, alguien piensa en la canción de Bruce Springsteen, otros en la película de Antonio Banderas y Tom Hanks e incluso en el queso de untar (sí, hay gente que se piensa que es una marca alimenticia).



Pero Philadelphia es mucho más que eso. Con sus seis millones de habitantes, está situada en el estado de Pennsylvania y también se encuentra en el llamado BosWash (acrónimo de Boston y Washington). Con este nombre se designa al Corredor del Noroeste, una gigantesca megalópolis casi continua: Boston, Hattford, Nueva York, New Jersey, Baltimore, Washington... donde vive unos 60 millones de personas. Casi nada.


Éste es el centro del patriotismo americano. Para comprender su locura por el territorio estadounidense, su amor al himno, a la bandera y en definitiva a todos los símbolos de la nación más desarrollada del mundo, se debe ir a Philadelphia. Y es que fue la capital de los Estados Unidos de América, aunque hoy día no sea ni la de su propio estado (es Harrisburg). Tuvo muchísima más relevancia que sitios como Nueva York en la historia de este país.



En el siglo dieciocho, era la segunda ciudad en tamaño del Imperio Británico. En el centro histórico de Philadelphia se pueden ver las casas coloniales inglesas de ladrillo, tan típicas de estas latitudes. Hay mujeres disfrazadas de campesinas por todo el centro, hilando en cada esquina, con caperuzas y vestidos de volantes. Está muy bien ambientado, da la sensación de encontrarse en épocas decimonónicas.
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Elfreth's Alley, habitada desde 1713

Filadelfia significa en griego " el amor fraternal", ya que fue planeada como una ciudad de Dios, un lugar tolerante con las religiones, sobretodo con el catolicismo, muy perseguido en Gran Bretaña. De hecho, éste fue uno de los principales motivos para su fundación. También fue la primera ciudad en rechazar la esclavitud en 1730. Fue avanzadísima para su tiempo: los primeros periódicos aparecen 1720, se construye una universidad, el primer parque de bomberos, una biblioteca.... y está todo en perfecto estado. Además, aquí se desarrollaron los hechos más importantes de EEUU: la firma de la Declaración de Independencia.




"First Bank of US" ( primer banco de EEUU)

El primer banco de EEUU se encuentra aquí, así como segundo y el tercero, si no me equivoco. El dólar también, creo. Sabían que esta moneda se inspira en la española? El símbolo "$" representa el escudo de España: las columnas de Hércules con la banda serpenteante que reza el famoso "Plus Ultra".


Es una lástima que no sea conocida. Aquí comenzó todo, el germen de la economía más prospera del mundo. La ciudad del primer banco, del progreso, de la libertad... La capital provisional de lo que sería el imperio más importante de la historia. Se dice pronto. Es más que recomendable.






miércoles, 6 de enero de 2010

La canción de una vida.







Al oír el punteado de las cuerdas, el sollozo desaparecía. Tenía apenas unos meses. Su cuerpo era poco más grande que los muñecos. Su cabello, aún escaso, adquiría tonalidades doradas a la luz del Sol. Durante años sería rubio, aunque hoy día cueste creerlo. El niño se quedaba impresionado al oír aquella melodía, aquel regalo auditivo. Así lo contaba su madre. Para ello su padre siempre puso a los mejores en el tocadiscos viejo.

El sonido era diferente. No, no era un músico de los de ahora. En su melodía no había voz. No había distorsión. Ni efectos añadidos. Sólo música, pura y dura, de esa que hace saltar las lágrimas cuando se escucha. Melancólica o alegre, depende como se mire. La mezcla de sonidos, tan diferentes, pero tan hermosos, emanaban fuerza por doquier. Tocaban el alma, rozándola suavemente con sus notas. Podía sentir como si estuviese allí mismo, entre las lomas brumosas de Irlanda. O entre sus acantilados enormes, sintiendo el embiste del mar embravecido. Sentía la humedad. El frío. Un frío helador, congelante, pero a la vez familiar. Olía la naturaleza y el misterio que desprendía. Sentía a los gaiteros detrás de su nuca, casi podía tocarlos.

Aquello trascendía de oír. En realidad tenía el corazón en un puño y el alma en el otro. Su padre no necesitó decirle que era lo que se sentía al escuchar aquella música porque, por algo extraño, sabía que él lo sabía. Compartían un secreto, un secreto que es incomprensible o estúpido. No sé. Quizás no sea tan buena, como dicen en filosofía, "las cosas para nosotoros no se presentan como tal, si no que les asignamos otros sentimientos". Quizás es que la ha escuchado toda su vida y es por eso que significa tanto. Ni idea. Pero aprendió a amar la música y siempre se quedó con la copla de esta canción. Esa melodía, a partir de ahí, siempre estuvo presente, antes de todos los acontecimientos importantes de su vida. Y, ¿saben qué? le levanta la moral de una manera sobrenatural. No sé si me entienden.

Mark Knopfler, Bob Dylan, Bruce Springsteen, Eric Clapton, Dire Straits... Para él, sus canciones no son recuerdos, si no que forman parte de ellos. No, él no va de moderno ahora diciendo que sabe de éste o de otro. Es que siempre estuvieron en su vida, en mayor o menor medida. Créanme o no. Están en su derecho.



Curiosamente la canción se llama "Father and Son" (Padre e hijo). Ésta no es mi preferida. Es la mía, que es diferente. No sé si lo pillan. Espero que sí. ¿Y la tuya?

http://open.spotify.com/track/0yhdZRGgymP5hLJYnE8qM0 (mejor en spotify, el youtube no sólo tenía un par de versiones no muy buenas).


domingo, 3 de enero de 2010

Felicidades, te lo mereces.

Es el primero del año en cumplir y eso que no es fácil siendo más de una docena en el grupo de todos los días. Este futuro médico (o presidente de España, lo que prefiera) nació un día tal como hoy, hace dieciocho años en Oviedo. Sí, es carbayón, aunque más gijonés que otra cosa.
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Este señor apareció hace unos dos años. Aunque la gran amistad no surgió automáticamente, poco a poco cada vez me caía mejor. Parecía estar algo chiflado o esa fue la impresión que me dio. No entendía como alguien podía querer ser delegado de clase. Qué mal tenía que estar de la cabeza. Pero aquel año me reí muchísimo. No era para menos. Puri, la de matemáticas, siempre con una ocurrencia y la forma tan graciosa que tiene de hablar. Toya, la de historia, que con sus continuos errores provocaba la risa. La de biología, Luis el de educación física, J.M. alias "tembleque"... nos lo pasamos bien, ¿no?
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Llegó el verano y con él un montón de novedades para mí. Playa, campamentos, vacaciones por el centro de Europa... Se fue formando un grupo, fue tomando forma el germen de lo que es hoy. Pero no fue hasta Septiembre, el comienzo del nuevo curso, cuando se incorporó definitivamente. Recuerdo el día: estaba tan sumamente ebrio que él dio un discurso político en el Cerro, hablando de una candidatura a presidente del gobierno entre risas y risas, mientras yo corría persiguiendo a un amigo.
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Nueva gente fue llegando y nos quedamos en el bar de Marta, al que ya hemos dejado de ir con tanta frecuencia, por desgracia. De hecho, el primer cumpleaños que celebramos como grupo, fue el suyo. Más tarde llegarían el resto del grupo, Budapest, Viena, el verano... muchas cosas.
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Aunque está un poco mal de la cabeza, se le ocurran ideas disparatadas y esas cosas, se convirtió en una de las personas que más aprecio. Y no es fácil, lo digo en serio. No suelo coger confianza con mucha gente, de hecho son pocos los que de verdad considero de mi confianza. Es un grande.
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Así que feliz mayoría de edad. Te lo mereces. ¡Felices dieciocho, señor Andrés!

sábado, 2 de enero de 2010

Non, je ne regrette rien ( el optimismo)


No. Nada de nada. No, no me lamento de nada. Ni del bien que se me hizo ni del mal. Ni de las risas ni de las tristezas. Eso ahora me da igual.


No, nada de nada. No, no me arrepiento de nada. Lo hecho, lo dicho... todo eso ya lo he pagado. Lo he barrido. Lo he olvidado.


No, nada de nada. No me lamento de nada. Ni de mí, ni de nadie. No vivo en el pasado, ni de futuros que se empañan.

No, nada de nada. No me explico nada. Algo ha cambiado sin cambiar nada, el año nuevo encontró algo sin haber perdido nada.

No, nada de nada. No ha quedado nada. Vuelvo a empezar de cero. Vuelvo a recuperar el optimismo, todo lo que añoraba.



En francés, con su musicalidad y perfección melódica, creó con palabras similares una canción. Alteré la letra, porque no es exactamente lo que quería decir. Aunque se puede pensar en un primer momento, no quería hablar de amor en absoluto, si no de optimismo. Al fin y al cabo, los dos conceptos comparten ideas.

Nadie entiende en este momento qué estoy diciendo. Mejor; no creo que dé explicaciones. No, no estoy enamorado, ni borracho, ni drogado. Seguramente alguien que esté leyendo esto, sabrá a qué me refiero. Sí, soy más raro que un perro verde. Lo admito. Resumámoslo en que tengo una alegría que me desborda, algo que había perdido hace meses, por diferentes caprichos de la vida. Vuelven las entradas de viajes, desaparece el pesimismo subliminal y vuelvo yo, a fin de cuentas. Mejorado o empeorado, quién sabe. He perdido algunas cosas y a algunas personas por el camino, pero he ganado otras tantas y creo tener una idea de lo que me rodea. Al final eso es lo que queda, señores.
Anhelaba recuperar el optimismo. Nadie alcanza a saber, ni se puede hacer una idea de cuánto lo necesitaba.



(Escuchen la canción y se quedarán mudos)