miércoles, 31 de marzo de 2010

De cómo te perdí.


¿Se puede echar de menos a alguien, teniéndolo enfrente? ¿Se puede perder el rumbo, sin haberse desviado aparentemente?


A veces, muchas veces, echo de menos una confianza que se ha diluido como un terrón de azúcar en una taza de café.


Si apagas el fuego de la cocina, la cena se enfriará lentamente. Pero se enfriará. Es un hecho. Curioso el parecido que hay entre el funcionamiento de la naturaleza y las reacciones humanas.


Pocas cosas hacen que me preocupen de verdad. Soy una persona tranquila, en este aspecto. Sin embargo, solo pensar en mi gilipollez hace que me muerda el labio continuamente.


Tristemente, la evolución de la sociedad ha hecho que las cosas se aceleren y no podamos dedicarles el tiempo que necesitan. Quizás ese ha sido el determinante principal, al asestar la última puñalada: Señor Tiempo, Excelentísimo y Todopoderoso Señor Tiempo.


Pero no sirve de nada echar balones fuera, ni buscar chivos expiatorios mediocres. También me sobran prejuicios. Sé perfectamente cómo estamos y dónde. Y es que podría resumir mis conclusiones y mi situación en una frase: soy tonto del culo. Así que el problema reside, más bien, en el rumbo a seguir a partir de este punto.


¿Puedes perder a alguien que no se haya movido? ¿Puedes echar de menos a alguien, teniéndolo enfrente? Quizás sí. Esta es solo una más de las tristes paradojas del mundo humano.

martes, 30 de marzo de 2010

C'est Paris.


Me encuentro realmente mal. Llevo con una migraña de esas "históricas" desde el viernes y no puedo con el cuerpo. Creo que no me viene bien la falta de actividad, si bien es verdad que no he parado desde que estoy de vacaciones: piscina, gimnasio, salir por ahí, "excursiones" por Asturias... Pero el cuerpo ha dicho "basta, estoy harto". Y a aguantarse, qué le voy a hacer.




No sé qué hacer para matar el tiempo mientras estoy agotado, así que me puse a remover la biblioteca del salón. Mirando las estanterías de casa, me encontré con un libro muy muy viejo. Lo cogí con mucho cuidado, parecía que se iba a desmenuzar entre mis dedos.


Resultó ser La Dame aux camelias, de Alejandro Dumas. Eso es lo único que ponía, a parte de una dirección de la librería que remitía a la mismísima ciudad de París. En el dorso, ponía un precio: " 2,10 francs".


¿De dónde había salido ese libro? Pues resultó que nadie lo sabía a ciencia cierta. Un auténtico misterio. Nos lo regaló mi bisabuela, una mujer que aprendió a hablar español ya de mayor. Era parisina, por tanto, el libro estaba escrito en francés. Se supone que podría habérselo regalado su abuelo, es decir, mi tataratatarabuelo ( uno se pierde en la línea generacional). Debió de comprarse hace un montón de años, sin duda alguna.


La librería a la que remitía este libro estuvo abierta hasta hace apenas 6 años. Llevaba ciento treinta y tres años vendiendo libros en la Rue Auber. Resulta que la Rue Auber es perpendicular a La Ópera de París, en frente de donde ella vivía. Las cosas casan.


Siempre estuvimos muy ligados con Francia y sobre todo con París. Ahora me entero de que somos un poco, un petit peu como dirían ellos, gabachos. Tiene gracia.


Más o menos, el libro puede ser como muy antiguo de 1870, como muy nuevo de 1927, momento en el que se mudó a España. Pero todo da a pensar que el libro tiene unos ciento veinte años de antiguedad. Casi nada.


No se sabe cómo se pudo salvar una cosa así de la Guerra Civil y décadas de historias y acontecimientos. El caso es que llegó. Al parecer, le tenía mucho cariño y quería que el libro quedase como un pequeño "legado".


Queda una pequeña dedicatoria. Junto a unas letras ilegibles, finaliza dedicándoselo a "mon petite chou". Una dedicatoria que ya quedará para la historia.
(Fotografía: Rue Auber y la Ópera de París, a principios de siglo. Prestada).

domingo, 28 de marzo de 2010

¿Adivina quién se va a...




...Escocia?
Me quedé sin ir a Florencia esta Semana Santa, pero este verano me parece que no voy a pisar suelo español en muuuuuucho tiempo.
Con las ganas que tenía yo de quedarme en casa... Vaya hombre.

jueves, 25 de marzo de 2010

No tienes ni idea.


"Mis editores son subnormales perdidos. Si a las Páginas Amarillas le pongo unas tapas duras con mi nombre, me lo publicarían", dijo una vez Arturo Pérez Reverte. El tío a veces exagera y se pasa, pero otras tantas dice verdades como puños.


Lo del renombre viene siendo un problema. Miren:


Me levanto. Desayuno. Oh, si. Me ducho. You know, you know. Sueña que sueña la estrella. Me visto. Los pantalones son grises. Mi mamá me mima mucho. Si hubiese alguien igual que yo, me casaría conmigo mismo. Yes, yes. Hablo inglés con acento de las Bermudas y tú no: tengo un hipopótamo en casa que es el primer Doberman naranja del mundo. Salgo a la calle, aunque esta madrugada me electrocuté con la tostadora. Las miradas me siguen: soy famoso y extremadamente guapo. Tú lo sabes y por eso me quieres. Por eso te timo. Por eso. Mi casa es bonita. La lluvia moja. Fin: aplaúdeme, que sé hacer la o con un canuto.


A mí, sinceramente, me parece una bazofia: me parecería escrito por un crío de cuatro años. Lo cierto es que depende quien lo diga, todo cambia. Yo diría ¿pero qué..? Pues nada, señores. Que es lo que hay: que tú no tienes ni idea de lo que está bien. No eres un entendido, dicen. Así pasa en todos lados:


La cocina: en París, los restaurantes más selectos servirán trozos de madera de aquí a unos años. Escalope de caoba a cuarenta euros. Chuletillas de baobab a setenta euros. A sententa el gramo, obviamente.


En el arte: una meada de perro sobre lienzo es indiscutiblemente arte. Pepito los Palotes, autor de esta genial obra, está varios escalones por encima de Bernini, supera a Da Vinci y le da mil vueltas a Miguel Ángel. Por cierto, Miguel Ángel era comunista. Y si lo discutes, al paredón.


La música: una tía que berrea y unos "músicos" pegándole golpes a unas cañerías te deberían encantar. El nombre de este grupo es Jonny under the cat o The Váteres with a helicopter. Los Rolling Stones no pintan ná y los Beatles son los padres, como Los Reyes Magos. A ver si te enteras, guapín.


Arquitectura: cómprate una vivienda de cincuenta centímetros cuadrados y amuéblala a tu gusto. A una persona normal la empalarían (es un decir) por intentar vender una casa de muñecas al precio de un apartamento en la Gran Vía. Pero ¡ay! las cosas cambian: no si lo ha realizado un famoso arquitecto chino, llamado Chin Vewenza. Es de firma: su precio no puede ser inferior al medio millón de euros.

Internet: si no sabes escribir con cincuentamil haches y letras desiguales, haz las maletas. Lo mejor que puedes hacer para triunfar con doce años es ponerte de nombre en Tuenti LaH NiniAh ToAh XungAh o LaH PaNtEruKih dEr ZeBiYah y amenazar a medio barrio por privados. Hazte cincuenta fotos en el espejo. Cuélgalas, aunque sean todas iguales. Aunque estés anoréxica. Qué más da. Igual la reina de las chonis , LaH PaNteRuKiIh dEr ZebiyaH, te da una medalla.

No suelo escribir sobre esto, pero es que me ha superado: hoy, he visto uno de esos ejemplos. Lo peor de todo, es que no le faltaban fans. Hasta tenía unos cuantos que le plagiaban. Manda huevos, dijo Trillo una vez. Yo prefiero lo que dijo Fernán Gómez en otra ocasión: ¡ A la mierda!
P.D: está más interesante la entrada anterior. Solo escribí esto por si algún día me da por construir un búnker y nadie lo entiende. Buenas noches.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Sophiatown.


En Soweto, el verano había golpeado la tierra con toda su intensidad y fuerza, marchitándola por completo. Era el año más caluroso que se recordaba en décadas.












Mbene no jugaba. No reía. No lloraba. Sólo pensaba. Se zambullía en sus propias cabilaciones, de vez en cuando. Entonces, se sentaba en una losa de hormigón, soltaba amarras y su mente navegaba entre un mar de utopías irrealizables bajo un Sol de justicia. Se podía pasar horas mirando al vacío, pero viendo más allá de las chabolas de Soweto. Mbene, a sus ocho años de edad, aún era un soñador en la tierra del insomnio.












Bheka se había convertido en el líder de una tropa de niños hambrientos que vagaban por Johannesburgo. Se dedicaban a mendigar, a dar pena a los pocos turistas que iban a la ciudad. También se pasaban los días jugando. Cualquier cosa servía: una botella como balón, un trapo viejo para disfrazarse... En Soweto, todo era todo y nada era nada. Aquella tarde, los niños de Soweto vivían un clima de fiesta. Habían rescatado una bicicleta oxidada de entre la basura, con la catalina llena de herrumbe. Pero aquello era un auténtico acontecimiento nacional.












- ¡Mbene, ven! Bheka ha encontrado una bicicleta en el vertedero de Sophiatown. ¡Y podemos montar!












Mbene contempló a su amiga no sin una marcada apatía en la mirada.












- No sé montar en bicicleta.















- Tú te lo pierdes - dijo la niña. Se dio la vuelta y desapareció calle arriba.






Mbene no podía pensar en nada más que en Sonto, su vecina. Ella le había explicado qué clase de mal tenía su madre en el cuerpo: la enfermedad innombrable. El castigo de la vergüenza. Aquellas palabras se le quedaron grabadas en la cabeza. Así se referían a la peor epidemia del SIDA en aquella parte de Sudáfrica. El vecindario entero ya había aislado a la familia Ngembe en cuanto se enteraron de que Caimile estaba infectada.









Sonto era lo más parecido que tenía a una madre en aquellos momentos. Ella le arropaba por las noches y, en la oscuridad, le contaba historias de los antiguos guerreros bantúes. De sus diez hijos, apenas le quedaban tres ya mayores. Por eso Sonto trataba a Mbene como si fuese su hijo. La malaria también había golpeado con intensidad hacía años.








Mbene ya no tenía padre. Nunca le había visto mucho, pero le había echado en falta. Le quería mucho. Recordaba que el día de su cumpleaños, el último que habían pasado juntos, Mbene le regaló a su padre una pluma de tinta verde. Se había puesto muy contento. A los Ngembe no les sobraba ni un céntimo. Zwide se deslomaba trabajando en la fábrica de conservas hasta bien entrada la noche . O eso creían. Una noche no volvió.







Sonto le decía que su padre estaba trabajando mucho en América. Pero Mbene no le creía. Primero porque en Estados Unidos había muchos negros y no cabían más. Se lo había dicho su padre. Y segundo porque los Ngembe se guiaban por el principio de honor : no dejar tirada a su familia. También se lo había dicho su padre.








La enfermedad llegó con el último embarazo: nació Lily y Caimile cayó enferma. A los pocos días, Sonto se instaló en el hogar. Fue la única que no le dio la espalda a la familia Ngembe en el vecindario. No tardaron en cogerle cariño.



Una mañana lluviosa, Mbene se encontró un cesto frente a la puerta de su casa. Se movía levemente, como si en el interior hubiese un animal. Quitó las mantas que lo cubrían y, entonces, lo vio. Era un bebé. Estaba dormido.


- Mamá Sonto, mamá Sonto! - gritó el niño.





Sonto no tardó en aparecer.






- ¿Qué sucede? - preguntó, alarmada.





- Mira!






La mujer cogió al pequeño, con el rostro desencajado.





- ¡Dios mío, está helado!- exclamó, poniendo la mano sobre la mejilla del infante.- Tendrá que comer algo. Cierra la puerta, Mbene.





Se fue con el niño en brazos. Habría jurado oír un "maldito cerdo" cuando Sonto ya había desaparecido por el pasillo.





Mbene cogió la canasta. Se dió cuenta de que había una nota en el interior. La leyó con dificultad.


"Aún te quiero, Caimile. Lo siento en el alma." La caligrafía era pésima. Estaba escrita en tinta verde. Era la tinta verde de una estilográfica. La inconfundible escritura de una pluma barata de 12 centavos.





domingo, 21 de marzo de 2010

This is England (?)




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Recuerdo cuando el Follonero llegó aquí y estuvo a punto de montar un auténtico conflicto internacional con sus actuaciones. Mostró la ciudad tal y como es, un pequeño bastión que tiene su propia selección de fútbol, su parlamento, aeropuerto internacional, puerto.... y que a día de hoy, no tiene ningún sentido que lo conserve Gran Bretaña.


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Gibraltar es un sitio raro, un microuniverso de monos y extranjeros en el que las calles se llaman streets, la policía son bobbies (que no bobos) y la moneda es la libra esterlina. Sin embargo, en Gibraltar casi nadie habla inglés con la soltura y el acento típico de un pueblo de las islas británicas. Aquí vas por la calle y oyes cosas como:
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- If yu bái "uán", de ode is abzoluteli frí, mi arma! Fó de zuimipú is ideal!

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Aparte de que se puede ver la buenísima pronunciación y el nivel tan alto que tenemos en idiomas en España, se puede ver que Gibraltar parece más un aldea de Cádiz que una colonia británica. Hablan el "llanito", aunque esa mujer hablaba una cosa que intentaba parecerse al inglés.


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La calle más importante es Main Street (Calle Principal, qué originales). Banderitas inglesas, un buzón rojo enorme de la Royal Mail Post y comercios abiertos todo el día. Las calles cercanas son bastante guapas y están llenas de cafeterías.
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En Gibraltar hay cosas que parecen no encajar con el entorno. Por ejemplo, las cabinas telefónicas entre casas medio andaluzas:
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Además, apenas tienen espacio para expandirse. La ciudad se levanta sobre terreno ganado al mar o en cualquier lugar que quede libre. En España, esto estaría prohibido:

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Por no tener, no tienen ni espacio para sus muertos. El cementerio está justo enfrente de la pista de aterrizaje del aeropuerto. Nada más llegar, ves tumbas y cosas así. Muy tétrico, sí.
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A unos kilómetros de la ciudad de Gibraltar, está Catalan Bay, una de las tres "ciudades" del territorio inglés. Un antiguo pueblo de pescadores que hoy es destino de turistas por su playa y por su hotel La Caleta. Sandy Bay es la tercera ciudad, bastante más pequeña que la anterior. Es una urbanización que se encuentra en la ladera del Peñón.
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El Peñón es uno de los puntos más importantes de Gibraltar, motivo por el que los ingleses siguen aquí después de trescientos años. Un peñón que está lleno de monos, los famosos monos de Gibraltar. Los gibraltareños presumen de ser el único lugar de Europa en el que hay monos autóctonos. Lo cierto es que es mentira: los trajeron mercaderes genoveses en sus barcos hace siglos y desde entonces tienen la montaña para ellos solos. Muy simpáticos pero no hay que perderles de vista. Igual te roban la cámara de fotos, la cartera o cualquier cosa que ellos.



Un sitio curioso en el que... ¿perderse? Bueno, perderse en siete kilómetros cuadrados es difícil, relativamente.


P.D: cualquier día, me autodetermino como pueblo independiente y creo la República Independiente de mi Cuarto. Igual me excedo y también reclamo la cocina y el baño.




martes, 16 de marzo de 2010

No somos tan modernos (y las humanidades no están tan anticuadas).



Estas últimas semanas, con tanto examen y tantas horas robadas al sueño, me han servido para algo más que envidiar a los que pueden quedarse un sábado hasta las 7 de la mañana. Yuju. Me ha dado tiempo ( y la verdad, no sé como) a hacer uno de esos trabajos de investigación para clase. Las conclusiones son poco menos que sorprendentes:



El boom imobiliario no lo creó Paco el Pocero haciendo nuevas ciudades. Ni siquiera el Jesús Gil en Marbella. No. En absoluto. Muchos antes, un tal Sergio Orata vio que la Jet Set romana, que ya tenía villas por toda la costa del Sur, necesitaba un lugar de vacaciones. Lo que llamaríamos un " Polaris World". El tío creó una urbanización enorme, con todas las comodidades que existían. No contento con esto, creó un invento revolucionario: el jacuzzi. Lo vendía como "ahora se podrá bañar nevando, viendo el Mare Nostrum". No tener un jacuzzi se convirtió en algo así como no tener televisor en casa hoy día. De esto hace...¿Dos mil años?




Las mujeres no se inventaron la moda de un día para otro. Ni Estée Lauder ni Coco Channel. Ovidio hizo un libro sobre cremas hidratantes, antiarrugas... lo que viene siendo cosmética, vamos. Los perfumes, cuanto más exóticos y caros, mejor. Vestidos traídos de Oriente, joyas... para estar más guapas que sus vecinas. También eran envidiosas, claro. Vamos, que tampoco inventamos la moda, ni las cremas, ni el culto al cuerpo.






Tampoco los raperos de Harlem inventaron los graffitis. Ni los del Bronx. En Pompeya se pueden leer todavía más de 3000 graffitis, tipo: "aquí me tiré a Julia" o "Augusto es un cornudo y la tiene pequeña". También se ponían carteles diciendo algo así como "Cayo Julio, que tiene que levantarse a las seis para ir a trabajar, está harto de no poder dormir por los gritos de los jóvenes que se emborrachan y mean en su puerta". Vaya, que el fenómeno botellón no lo inventamos tampoco.




Ni siquiera las leyes que se hacen ahora son tan progres. Vaya. El divorcio, las separaciones, el matrimonio homosexual... todo eso ya estaba inventado. Sus leyes eran tan avanzadas que de hecho, creo que el sistema de leyes de Andorra está copiado literalmente del romano.
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Para que luego digan que las Humanidades son para tontos y que quedaron anticuadas. Já. Qué poca cultura.

lunes, 15 de marzo de 2010

Sabor (de café mal hecho).




Los primeros rayos despuntaban al alba. Era bastante temprano y la cafetería, un pequeño rincón del puerto de Malmö, aún estaba medio vacía. Carlson y String desayunaban frente al ventanal.



- Lo único que lamento, es haberme apropiado de una falsa sensación de omnipotencia. De poder hacer lo mismo, de igualar en capacidades, de saltarme años de madurez y decir " lo conseguí, conseguí convertirme en un trozo de hielo". Qué mentira más grande. ¿Puedo? - preguntó String, señalando el paquete de Malboro.




- Por supuesto. Prosiga, por favor.

Björn String extendió el brazo y se apropió de un cigarrillo. Se llevó la boquilla a los labios, mientras lo encendía. Exhaló una bocanada de humo y cerró levemente los párpados.

- Empiezo a pensar que nadie puede convertirse en un trozo de hielo. En una muralla de piedra maciza. Inexpugnable. Invencible. Con una barrera que impida que destruyan todo lo que hay dentro. Nada más lejos de la realidad.


- Las murallas, por desgracia, no pueden soportarlo todo.

- El problema no es la muralla, si no el término en sí. ¡Cojones, no sé porqué digo una cosa cuando quiero decir otra! El término no es muralla, sino fachada. Una maldita fachada. Y detrás de la fachada, no hay nada.


- O hay mucho, querrá decir.


- Quizás haya mucho, pero le falta...

- No le faltan cimientos, si es lo que está pensando. Lo que pasa es que pueden ser los mejores, puede tener paredes que sustentar y convertir al edificio en inexpugnable... pero tras sucesivas guerras, acaban mal.


- ¿Esta conversación está degenerando hacia la arquitectura?

- En absoluto. Sigo psicoanalizándole.

- Ah, ya me empezaba a preocupar - indicó String.- Al menos sigo teniendo la certeza de que sigo invirtiendo cientos de coronas en una creciente esquizofrenia.


- El psicoanálisis no es para esquizofrénicos. El desequilibrio emocional a veces...



- Váyase a la mierda - le espetó.- Usted, Freud y sus tecnicismos. Solo consiguen desquiciar a los trastornados aún más . Váyanse a la mierda.


-Pues no sé qué quiere que le diga - dijo, un tanto molesto y confuso.- No sé.


- Pues dígame la verdad. ¿Tan difícil es que se tiene que ir por los cerros de Úbeda?


- Supongo que no se puede estar toda la vida al pie del cañón.


- Se desgasta.


- Se quiebra.


- Explota.

- Como tú.


- Como yo.


String apuró los últimos sorbos de café. No volvería a desayunar allí. Se parecía excesivamente a los potingues aguados que vendían en el Dunkin' de la esquina, en Petersen con la avenida Visby . Qué asquerosidad. Además le faltaba azúcar. Estaba destinado a que todo supiese mal. Hundió los labios en el borde de la taza de loza y hizo un esfuerzo. Ciento cincuenta coronas. Agh. No soportaba ese regusto. El sabor del café mal hecho.



- Tiene gracia - dijo, revolviendo los posos con una cucharilla sucia.- Tenía la sensación de que Brigitte no iba a venir a esta cafetería.


- El matrimonio da miedo.

- Te confundes. Yo doy miedo.



Empezaba a pensar que, por desgracia, ese incipiente sabor amargo a granos tostados, le acompañaría toda la mañana. Y buena parte del mes.

jueves, 11 de marzo de 2010

Martes, 9 de marzo.



"Próxima estación: Nuevos Ministerios" dice una voz femenina demasiado artificial. "Correspondencia con líneas seis y diez". Din dón.


Siete y media de la mañana. Sueño. Mucho, mucho sueño. Un avión que saldría en unas pocas horas. Demasiadas horas de vuelo acumuladas que, tras una semana de playas y hotel con piscina, empezaban a repercutir.


El tren comenzó a abarrotarse de gente. Vaya día. La ciudad de Madrid, como cualquier otra día laborable, se llenaba de atascos y los medios de transporte iban llenos.


Hacía un frío tremendo. Mataba el tiempo trazando dibujos sobre el cristal empañado con el dedo. Las yemas se me congelaban.


- Esta es una de las cosas por las que no hecho de menos Madrid. Tanta gente, tanta prisa, tanta... ¡ Agh! Qué estrés - decía mi madre.


Las maletas se nos escaparon con una parada brusca del tren, así que tuvimos que agarrarlas para no molestar. No había mucho ruido en el vagón. Todo el mundo miraba el periódico o escuchaba música. Ejecutivos, oficinistas, estudiantes, jubilados que cuchicheaban... Una chica permanecía quieta, impasible al entorno que le rodeaba, mientras leía Cien años de soledad. Me acordé porque en aquel momento me pareció chocante que alguien tuviese el mismo libro que yo en casa. A los doce años no se sabe mucho ni de literatura, ni de nada.


"Próxima parada: Estación de Atocha. Correspondencia con líneas: siete, nueve, dos, cuatro, uno". Din dón. Se abren las puertas automáticas. La marabunta, ansiosa y con prisa bajó en tropel y con ellos nosotros mismos. Aquel día, aquel 9 de marzo de 2004, era un día como otro cualquiera. Rutina. Rutina urbana. Pura y dura. Nadie podía suponer que algo pudiese alterar esa rutina diaria. Nadie suponía que apenas cuarenta y ocho horas después, la línea de tren que acababa de coger, saltaría por los aires. Jamás se me llegó a olvidar aquel martes. Aquel 9 de marzo.

martes, 9 de marzo de 2010

Donde digo digo, digo digo.

Cree el ladrón que todos son de su condición: árbol torcido nunca se endereza. Pero bueno: de golosos y tragones están llenos los panteones. A pesar de eso, se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Porque conocerás al viajero por sus maletas.
Recomienda que a borrico desconocido, no le toques la oreja. Aunque te pregunten quién te ha dado vela en ese entierro. Cada loco con su tema chaval, dirán. A barrigas calientes, cabezas durmientes. Reza lo que quieras, pero sigue remando. Es lo que hay. Las cosas claras y el chocolate espeso. Pero no hay que preocuparse. Tiempo al tiempo. A cada cerdo le llega su San Martín.

El refranero español cada día me sorprende más. He dicho.

sábado, 6 de marzo de 2010

El Rhin alemán.


Llegué a Baden-Württemberg sin saber casi pronunciar el nombre. Es lo que tienen las palabras alemanas, enormes y raras de decir. Pero creo que ya no se me va a volver a olvidar. El Rhin, que nace en los Alpes, entra a este bundesland desde Suiza.
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El Rhin sabe a vino blanco. Sabe a riesling, un licor de uva que se cultiva aquí, en la Selva Negra. Huele a miel pero tiene un sabor ácido. Pero ese no es el regusto que deja esta zona de Alemania. No.


Los pueblos del Rhin están llenos de casas de entramado. Casas de cuento. Plazas llenas de ambiente. Música de violín, de artistas de la calle que evocan a las praderas, a bosques que tapizan montañas enteras.
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Freiburg o Friburgo.
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Friburgo es una ciudad invadida por turistas. No me extraña. Los festivales al aire libre, los conciertos, los restaurantes con terraza, las casas típicas, la torre de la catedral.... Además, tiene algún que otro canal, al estilo de Venecia.




Ya hace más de cien años, en la época en que las playas se empezaban a llenar de turistas, los europeos se dieron cuenta de la belleza del sitio. Baden-Baden es un ejemplo. Palacios decimonónicos, un lujoso casino... También las aguas termales hicieron que apareciesen gran cantidad de balnearios.

Mucho antes de que la burguesía descubriese esta zona, ya se había establecido la nobleza en Heidelberg. En la parte alta de la ciudad, se encuentra un castillo con casi un milenio de antiguedad. El rey o noble que viviese aquí no era tonto: las vistas que tiene son increíbles.
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Heidelberg, Alemania.
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En Coblenza, el río Rin y el Mosela se unen, formando uno único. Tampoco tiene desperdicio. Pero eso lo pondré en otra entrada.


Como se ve, viajar no solo es playa, chiringos y tiendas. Hay mucho más. Y el que no se lo crea, que vaya a Alemania.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El huracán que se quedó en ventolera.


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"Lo único que lamento a lo largo de tanto tiempo, es no poder subirme a una mesa. Sí, no poder subirme a una mesa. Ni levantar la voz , ni gritar como un loco.

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- ¡Sí, soy una persona! -habría dicho.- Con todas sus consecuencias. Con todos sus errores.

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Habría perdido el control. Habría sido un aluvión hormonal, precipitándose sobre una vida entera. Salpicándola por completo. Trastocándola para siempre. El viento cefio del amor propio, que susurra "desastre" con cada soplo huracanado. Yo también, que por algo soy humano. Asistiría, como víctima impasible, a una descarga acumulada que no tendría límites. Porque nadie pone puertas al mar. Nadie pone muros al viento. Nadie.
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Lástima que los locos también tengan responsabilidades y que éstas sean su propia mordaza. Lástima".

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La ciclogénesis explosiva se quedó en una brisa pasajera por aquí. Dicen que fue gracias a que la retuvieron las montañas. Pobre ciclogénesis.