martes, 29 de junio de 2010

Vencedores y héroes.


La guerra terminó una mañana de septiembre. No con una batalla decisiva, al estilo de las masacres que las que se habían librado en los campos días atrás. No. Nadie disparó. Nadie encañonó a nadie, ni hubo fusilamientos destacables. Sencillamente amaneció y la pólvora se esfumó de la vida de los pocos combatientes que aún no estaban muertos, dejando una multitud de moribundos.




-Amigos, podéis volver junto con vuestras mujeres e hijos - murmuró el teniente coronel a los muertos y a los tullidos.




Nadie volvió. Lo que regresó de aquella guerra no eran ya seres humanos y mucho menos los que se habían sido antes: jóvenes vigorosos e inexpertos enviados al frente para inmolarse sin saberlo. Pero no, ya no eran ellos. Sus cuerpos volvieron, pero sus almas se quedaron allí, escondidas en los campos de colza. Miles de cadáveres andantes regresaron a sus casas. Pero nadie volvió.




Te recibiremos con mil y un honores. Aquella premisa popular le inspiraba ganas y eso que tanto faltaba por aquellos tiempos: esperanza. Una mugrienta pero numerosa multitud de campesinos estaría a las puertas de la ciudad, habría una fiesta con comida para alimentar a un país entero y trompetas para armonizar la llegada del héroe. Las heridas de guerra se curarán con la gloria terrenal que obtendrás al llegar a Chapaletas, le prometieron a Federico. El brazo gangrenado no necesitaría más alcohol para saciar sus ansias de alivio. No, no haría falta nada. Porque su patria era su patria. Y Chapaletas era la deseada Ítaca que ya faltaba en el recuerdo de sus ojos desde hacía tres años. Era la Tierra Prometida.






Federico José Cienfuegos arrastró sus pesados pies por aquella tierra baldía, levantando polvo por doquier. El calor axfisiante martirizaba nuevamente al único caminante del desierto de Aguafría. Siga caminando ahorita bien rápido, si tiene suerte alcanzará Chapaletas al despuntar el alba. Y eso hizo. Apoyó su mano contra el pecho, palpando la vieja fotografía de su amada Rosaura. Rosaura María de las Quintas. Ella le daría fuerzas para seguir un rato más, antes de tumbarse sobre el duro suelo de Aguafrías. Y siguió. Entonces, cuando creía desfallecer, vio las primeras luces de Chapaletas en el horizonte, entre las suaves colinas del valle.




A su llegada no hubo mil y un honores. Ni una mugrienta multitud que lo aclamase, ni comida para alimentar a un país. Ni una triste vuvuzela le recibió. Nadie acudió a su llegada. Nadie se acordó de su regreso. Nadie.




Una tórtola sobrevoló los tejados de las casas y desapareció en la niebla de la mañana. Llegó a la Plaza de Armas. Unos farolillos colgaban de los cables que atravesaban la calle. La ciudad estaba engalanada, pero no había nadie. Aún era pronto. Chapaletas dormía.




Entonces una voz resquebrajada le sorprendió por detrás:




- Ah, ¿todavía hasta las chanclas?

- No he bebido - respondió Federico José.- Acabo de llegar.


- Pues se ha perdido la fiesta padre.


- ¿Cómo? - preguntó, confundido.- ¿Ya estaban celebrando mi llegada?


- ¿Su qué? - dijo, extrañado. Pero pronto le quitó importancia.- Bueno, da igual. ¿Entonces a qué viene aquí?


- La guerra ha terminado. Vuelvo junto con mi mujer.


- ¡Ah! Pues qué bien. ¿Mucho muerto en la guerra?


- Demasiado.


El anciano ya no atendía a lo que le decía. Una marea humana, bulliciosa y alegre, venía corriendo por las calles de Chapaletas y pronto pasaron por delante suyo, arrastrándoles. Federico se resguardó en un portal, esperando que nadie le aplastase. Detrás suyo un coche de caballos avanzaba a marchas forzadas. Cloc,cloc, cloc. ¡Viva los novios! se oyó decir. La multitud se apelotonaba en las aceras para ver el paso de los enamorados, que salían de Chapaletas hacia su luna de miel.


Era casi imposible ver nada. Era aún de noche. Pero en aquel momento, justo cuando el carromato pasaba por delante de la marabunta, Federico José pudo estirar el cuello un poco y ponerse de puntillas.


- ¡Virgensita mía de Guadalupe y Aguafría! - exclamó una señora al ver el coche, mientras apretaba un rosario contra su pecho- ¡Bendiga usted a mi Rosi!


Rosi. Rosi era su nombre.


Rosaura María de las Quintas no pudo evitar palidecer en cuanto creyó ver una cara aún no olvidada entre la infinita sucesión de rostros desconocidos. Dos miradas se cruzaron en el espacio y en el tiempo, clavándose la una en la otra. Pero ni eso pudo impedir que siguiese estando impecablemente hermosa. El blanco le sentaba demasiado bien. Mejor que a los fantasmas del pasado.



sábado, 26 de junio de 2010

Sensación sin título


Los que escriben como yo en un blog, seguro que saben de qué hablo. Hablo de esa sensación de querer decir mucho y no tener absolutamente nada en la mente ni en la pantalla. La cabeza (y la entrada) en blanco. Pero quieres decirlo todo, todo y más, pero no puedes. Es muy frustrante. Para mí más, porque cuando escribo muchas veces pretendo transmitir algo propio. Un trozo de realidad virgen plasmado en millones de bytes. Sin alteraciones ni contaminación subjetiva. Eso es una utopía.


La mayoría lo achaca a la falta de inventiva, pero no creo que sea así. Ni mucho menos. Hay cosas que nuestro extenso vocabulario no sabe describir y se limita a trazar ligeramente con términos imprecisos que no dicen nada. A pesar de que experimentamos con el lenguaje hasta el vómito, nunca conseguimos la perfección. No somos dioses. Hay lenguas que asignan términos a realidades y que nosotros no tenemos en nuestro idioma, pero siempre hay rincones inexplorados para el habla y nunca los encontrará por mucho que se empeñe. La realidad supera a la imaginación humana. Estoy intentando hablar de algo, pero no puedo. No puedo. No hay palabras para decirlo, realmente. Lo que me ha pasado hoy es una de esas cosas que te hace pensar, muy profundamente, sobre muchísimas cosas.
Sobre la incapacidad humana de describirlo todo, habló Patrick Suskind en su obra "El Perfume", la historia de un joven parisino que poseía un extraordinario sentido del olfato y al ser incapaz de captar la perfección de los olores femeninos, enloqueció, convirtiéndose en uno de los asesinos en serie más conocido de la literatura contemporánea.


Sin llegar a estos extremos, ni mucho menos, sé que es muy difícil que entiendan lo que quiero decir, sobre todo cuando no ven ni piensan con mi cabeza. ¿Qué se debe pensar cuando se te presenta delante el peor hueso, cuando se te clava la esquina más dura de la realidad en alguna parte del alma? No lo sé, esa es mi respuesta. Supongo que solo un auténtico escritor, un maestro de maestros de las descripciones, puede retratar casi todo. Ahí reside la calidad de lo que escribe. No es mi caso.

Dicen que la vida pone a todo el mundo a prueba y que a veces no podrás valerte por tí mismo, por eso debes rodearte de gente que pueda ayudarte en los peores momentos . Afortunadamente no la he necesitado, pero he intentado ayudar en lo que he podido a quien he querido. ¿Y esta vez? No sé si realmente puedo ayudar. No hay palabras ni genialidades. Solo un gran espacio aparentemente en blanco, pero lleno de ideas. Hoy no voy a poder dormir tranquilo.




























jueves, 24 de junio de 2010

Humanos.


¿Qué tiene el fuego que tanto nos atrae? Probablemente es ese movimiento errante e hipnotizador el que nos engancha, que apela a los instintos más primitivos de las personas. Hoy día, en plena era tecnológica, el fuego no es algo cotidiano como lo podía ser hace cien años. Antes, la familia se reunía en torno al hogar de la casa, calentándose con las brasas de la chimenea. La calefacción le ha quitado ese romanticismo que tenía. Vamos hacia la deshumanización de las personas, pero también afecta a todo en general. Incluso a algo tan insignificante como es el fuego. El tiempo pasa y todo debe pasar.




Quizás estamos avocados hacia esa artificialidad. Destinados a no sentir porque sí, a no vivir porque sí: todo debe estar controlado, desde el principio hasta el final del día. Menos sería caer en la improductividad y en lo poco práctico. A eso se resumirá todo: a ser prácticos. A ser cosas inertes que van de la cama al coche, del coche a la oficina y de la oficina a casa. Predecibles casi con un 100% de seguridad, con un margen de error más cerca del cero que de la décima. Garantizados atemporalmente. Asegurados a todo riesgo. Envasados al vacío, esperando que alguien abra ese envase y puedan entrar aires nuevos que rompan esa artificialidad. Si se siente es por puro aburrimiento. Hoy tengo ganas de llorar: giro la ruedecita. Quizás no se haya llegado a estos extremos, pero a veces lo parece. Sentir se ha vuelto un artículo de lujo de primera línea, aunque siempre ha sido de primera necesidad. ¿Quién le puso precio?







Mientras, todo se esfuma, sin saber bien a dónde vamos. San Juan se ha ido y ya está. Hoy solo queda el recuerdo de lo que fue y una serie de restos temporales aún por barrer. Quedarán apenas pequeños retazos de realidad, congelados en fotografías y en un pequeño espacio en el cerebro que quizás, no dentro de mucho, ya habremos ocupado con otro más interesante. Pero lo cierto es que este año, este día, e incluso, este segundo, ya no volverá nunca más a pisar la tierra. Ni este, ni el otro, ni el siguiente... es realmente aterrador.








Lo cierto es que, aunque hayan pasado los años y los siglos, seguimos deseando las mismas cosas. Adaptadas al tiempo, sí, pero son en base lo mismo. El fuego sigue atrayendo como desde el principio de la existencia, porque aunque creamos saber explicarlo todo mediante ciencia, sigue guardando el mismo misterio y belleza que siempre. Nunca llegaremos a entender plenamente por qué el cielo es azul, por qué moja la lluvia o por qué la nieve nos congela las manos. Y quizás es mejor así.





Ayer, todo el mundo llevó madera a la playa y contempló como ardía, entre el alcohol y la fiesta que rodea a la noche que da inicio del verano. Con el frío de la madrugada, la gente empezó a acurrucarse frente a las hogueras, y más de uno dijo "¡ es increíble el calor que da!" y se quedó un buen rato pensando delante de ella. Es increíble. Podría haber sido el solsticio de un 23 de junio de 1310 y apenas habríamos notado la diferencia. Seguimos sintiendo esa fascinación por el fuego, esa cosa que brilla en la oscuridad con una intensidad tremenda y que aún no entendemos. Por eso que se nos escapa del entendimiento y de las manos.



Los tiempos, las circunstancias y las personas pasan. Pero no cambiamos. Seguimos siendo los mismos. Humanos.






Time it was, and what a time it was, it was
A time of innocence, a time of confidences
Long ago, it must be, I have a photograph
Preserve your memories, they're all that's left you ...



(Simon and Garfunkel, Bookends)





lunes, 21 de junio de 2010

Las mujeres que no amaban a los hombres.



La noche más oscura se cernía sobre el barrio de La Boca. Alguien había reventado la única bombilla que aún colgaba de un viejo cable. Un hombre apareció al final de la calle.





- ¡Dora!





Nadie respondió. Levantó la voz aún más, por si acaso.





- ¡Dora! ¡Dorotea Leonetti! ¡ Dori!





La luz del tercer piso se encendió entonces. Una mujer en camisón, aún joven, se asomó a la ventana, bostezando.





- ¡Dori, Dorita! - gritó él en cuanto la vio.





- ¿Qué querés, viejo loco?





- ¿Tenés esperando a un cliente ahora?





- No. Son las cuatro de la mañana y tengo que levantarme pronto. ¿Qué querés?





- Hablar. Hablar de lo nuestro. Será un minuto. ¡Dejá que suba!





- ¡La concha de la lora! ¡Beni, sos un enfermo! - exclamó la chica, muy enfadada.- ¿Es que no ves que no hay nada? ¿Por qué no volvés con tu mujer y me dejás dormir?





- ¡Dori, yo no quiero a mi mujer! - gritó con desesperación el pobre desdichado, dejándose las cuerdas vocales en ello.- ¡Te amo! ¡Dejáme subir, te lo suplico!





La mujer puso los ojos en blanco, en señal de hartazgo. Suspiró profundamente, hasta que al final dijo:





- Está bien. Sube. Pero ya dejá de gritar. Vas a despertar a medio Buenos Aires.


















Poco a poco, la aguja pequeña del reloj de la plaza de San Julián fue descendiendo, mientras la ropa se esparcía rápidamente por los pasillos de la casa de Dora Leonetti.











Hubo tiempo. Tiempo para todo. Para perder los papeles. La razón. La ropa. El sentido. El tiempo.











"Empezaremos de cero, huiremos de aquí". Pero la época de los amantes y las huidas quijotescas había pasado a mejor vida. Para algunos.








- ¿Tenés oficio reconocido? - preguntó la meretriz.





- Estoy parado.





- ¡Ah, no me seas pelotudo! ¡Eso no nos dará plata, Beni!





- ¿Y a quién le importa la plata, Dori?





- ¡A mí! - le besó nuevamente el cuello. - ¿Y qué hacés para sobrevivir?





- Quererte.











La porteña soltó una risotada alegre.







- Me tendrás que pagar más si querés que te quiera. ¿Cuánto tenés en la cartera?



- ¿Qué me das por un peso?




- Un beso.



- ¡Dori!



- El resto viene solo, bobo. Recordá que estoy de dos por uno.



- No está mal. Pero eso serían doscientos pesos- replicó el hombre.












- ¿A quién le importá la plata, Beni?
















Benicio creyó entrever una sonrisa dibujándose en tan solicitados labios, justo antes de perseguirlos con los suyos hasta el colchón y no soltarlos .








Otra vez, las contraventanas del tercer piso se volvía a cerrar. El día había volado. La noche se cernía de nuevo sobre los tejados del barrio de La Boca. Solo la voz de Carlos Gardel rompía el silencio de la madrugada: Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver...


http://www.youtube.com/watch?v=q5NH4lE11CI&feature=related (uno de los tangos más famosos de la historia)

sábado, 19 de junio de 2010

Hay algo importante que quiero decirte.

Me cuesta decir las cosas. Lo admito. Soy imposible e incomprensible hasta el infinito. Callado. Desconfiado. Un misterio que me gustaría descubrir, me dijeron una vez. Un misterio, ese soy yo. La vida me ha hecho así, los tortazos me moldearon el cerebro. No me entiendo ni yo. Y solo un número reducido de personas me ha llegado a conocer. El resto son suposiciones y habladurías.


Pero, sinceramente, ¿importa? ¿Importa algo? ¿Importa lo que diga la gente, lo que diga Fulano, lo que diga Mengano? Nadie puede leerme la mente. Nadie. Nadie puede tener una mínima idea de cómo pienso. De qué pienso. Nadie. Solo tú, en parte. Por eso sólo tú puedes.



Forzaré las cuerdas vocales. Lo haré. Obligaré a los dedos a teclearlo. Lo haré. Y no sabes lo que me cuesta, porque yo no soy un libro abierto, ni puedo serlo. Solo tú puedes conseguir que lo sea.



Te quiero y punto. Nada más. Nadie más.

jueves, 17 de junio de 2010

Censurado.

Me han cortado los dedos, me han cerrado la boca con el pestillo por dentro y, por si fuera poco, me han desencajado las teclas para que no pudiese escribir ni una sola palabra más.


La dictadura de lo políticamente correcto ha llegado a los blogs:


- El cotilleo no existe si el hombre no lo desea - dijo Prometeo.


Y una mierda.


Cierren su mente, olviden todo lo que he dicho y lo que pudiera decir. La censura debe adueñarse de Aquí, Allí y En Todo El Mundo. A partir de ahora, hagan sólo caso a los charlatanes o póngase contra el paredón. Secularizen la Biblia, la Torá y cualquier libro religioso, porque se abre una nueva época, en la que la única verdad verdadera es el Tuenti o, en su detrimento, el Hola. Y deberán ser objeto de culto obligatorio, así como sus mandamientos:


La amargura debe extenderse por el mundo, así que joderás vivo a quien te plazca hasta conseguir la amargura absoluta...




La inteligencia ha muerto: larga vida al charlatán y a la mentira. Viva la mala hostia. Viva la censura.



(No suelo hablar en vano. Ni siquiera cuando me censuran y me ponen verde).






miércoles, 16 de junio de 2010

Nos han timao.

Tanto tiempo esperando a que se acabe la PAU, el Bachillerato, el Instituto, los exámenes, a que se acabe el otoño para que sea invierno, a que se acabe el invierno para que después sea primavera, a que se acabe la primavera para que sea... ¿verano? si hoy, 16 de junio, tuve que salir con jersey y cazadora y había unos diez grados por la mañana. Y ya lleva una semana lloviendo.
Manda huevos. No hay derecho.

domingo, 13 de junio de 2010

18. Mis 18.

Hoy no puedo cumplir dieciocho años. Imposible. El calendario se equivocó o algo así. Hoy no puede ser 13 de Junio de 2010, porque es científicamente imposible. Si ayer me levanté de la cuna y hoy aprendí a gatear... ¿Cómo voy a ser mayor de edad? ¡Ni siquiera sé andar! Pero así es señores. Dieciocho tacos. Quién lo diría.


Tengo miedo de que un plato llamado tiempo se me haya escurrido de entre las manos por mi ceguera mental. Aún no sé si se me ha caído o si lo mantengo asido con firmeza. Es raro. Parece como si hubiera permanecido hipnotizado durante las últimas cuatro semanas y repentinamiente alguien chascase los dedos y dijera: ¡eh, despierta capullo, mañana cumples dieciocho años! Y yo, aún desconcertado por la increíble velocidad rotatoria de las agujas del reloj vital, grité: ¡no mientas, aún es 13 de junio de 1992!


Pero enseguida me daba cuenta de que solo había sido un vano intento de autoengañarme y que la barba había crecido. Las cosas han pasado tan rápido que, ¡mierda!, no me ha dado tiempo a asimilarlo. Ya nadie viene a medianoche y me arropa con sumo cuidado, diciéndome "tranquilo Borja, es sólo la tormenta": en parte porque he crecido y en parte porque en esta parte del globo, ya van cinco noches sin parar de llover. Ahora quien se dedica a arropar a los demás en algunas ocasiones soy yo. Ya no somos víctimas inseguras de las que todo el mundo debe preocuparse, sino médicos inexpertos de hospital de campaña con licencia para curar.




Hoy, me he levantado algo tarde: ayer dije " qué cojones", dejé los libros para otra ocasión, y me puse a ver una película hasta la madrugada. Me acordé de quien he querido. Pa' chulo yo. He tenido mis velas, mi tarta, y mis regalos. Toda la parafernalia cumpleañera, entendámonos. Y, ¿saben? me acordé de una persona que no está ya aquí y seguro que le habría encantado estar. Suelo acordarme de él por estas fechas.




Era también su día. También el día 13 de Junio. No habría tenido problemas en dividir la alegría un poco más y darle un trozo. Pero no pudo ser. Aunque estoy seguro de que está orgulloso de lo que ve. Y alguien me dirá, ¿ pero por qué te preocupa tanto lo que piense alguien de tí? Quizás porque siempre fue como la voz de la conciencia. Esa que te dice si haces las cosas bien o si las haces mal.




Y, ¿saben? He hecho cosas mal y otras bien, pero haciendo balance, creo que me puedo dar por más que satisfecho. He cumplido mis expectativas, tanto las que salieron a mi encuentro como las planeadas. Estoy contento, realmente contento, aunque por estos textos seguro que a más de uno le parezco un maniático-depresivo que se pasa la vida llorando sus penas. ¡Que no! Que qué poco me conoces. Pero bueno, tienes disculpa. Nosce te ipsum. Conócete a tí mismo, dijo un filósofo. Si a los dieciocho apenas me conozco, no le puedo exigir a nadie que me conozca. Sería increíble. Imposible, más bien.


Dieciocho. Suena raro. Casi tanto como yo. Qué raro.
Lo que no sabéis es que yo acabo de nacer. ¡Já! Ingenuos...

miércoles, 9 de junio de 2010

Requiem por un viejo.



- Ustedes verán como se nos viene cayendo en unos meses, como todo en esta ciudad- dijo Gerardo Lunavieja muy molesto, contemplando el barrio desde el balcón.- ¡Chale, qué vergüenza de país!


Emilio José llevaba años oyendo quejarse a su abuelo sobre cómo estaba desapareciendo la que fuera el pueblo más bello del Nuevo Mundo. En toda Chapaletas, no quedaba sino un solo edificio que había permanecido en su sitio por más de trescientos años, desde que Segismundo Buendía había puesto la primera piedra en la ciudad. Testigo del pasado más glorioso de un imperio, ahora la sede de la gobernación era el único vestigio de una época olvidada en que el pan no llovía del cielo y solo se palpaban revoluciones en sus muros. Y se caía a pedazos. Don Gerardo Lunavieja no podía evitar compararse con él, pues sabía que a pesar de todo, él duraría aún menos. Y así fue.


Los niños seguían jugando a su alrededor, esquivando coches y destrozando sus paredes. Los desconchones afloraban en abril y las termitas roían sus vigas, ya podridas, en pleno mes de diciembre.


Ya nadie se apoyaba contra su fachada. Por asco, más que nada. Hacía tiempo que los perros no respetaban sus esquinas y el olor a orines se hacía insoportable con los primeros calores. El que había sido el hogar del gobernador de la provincia, ahora no era más que un montón de escombros sin derrumbar. El último superviviente de los años del oro y las espadas, sería también el único que asistiría a su propio funeral. Sin nadie que le llorase y sin plañideras que contratar, el antiguo coloso solo podía resignarse, y romper a crujir de vez en cuando. Las almas, y los recuerdos, pesaban demasiado para un anciano encorvado por la historia. Solo y ya muy enfermo, el tiro de gracia no tardó en llegar. Provino del norte. Alguien lo llamó huracán.


- ¡Emilio José, mándese entrar! - le ordenó su madre, desde el umbral de la casa.

La voz de Dolores Lunavieja se oía perfectamente a través de la cortina de agua que caía sobre el empedrado de la calle. Pero Emilio José siguió allí, contemplando las ruinas con estupefacción, sin moverse un solo centímetro, mientras el frío congelaba uno a uno sus huesos. El tiempo será nuestro asesino, Emilio.


Entre tanto, las señoras salían de la iglesia del Cristo Benefactor a las carreras, procurando no estropear sus vestidos de domingo con el fango. Los campesinos corrieron a guarecerse. La milpa invadió las aceras.


En Chapaletas, la lluvia no cesó en trescientos días.

martes, 1 de junio de 2010

La noche decidió vivir dos veces.

Eran las dos de la mañana. Un tibio haz de luz plateado se coló entre las rendijas de las viejas maderas del embarcadero, iluminando a los enamorados de lleno. Qué poca verguenza tenía la Luna. Otra vez, la reina de la noche volvía a sorprenderles en una esquina olvidada del puerto.


Ella se quitó la cinta y el cabello volvió a quedar libre. Libre, libre de nuevo y sin ataduras, solo a merced de la voluntad del viento, mientras resbalaba por un vaporoso vestido azul.


Habían corrido por sus calles estrechas, siempre sin mirar atrás, pero parándose a cada poco. Y, casi por casualidad, llegaron al puerto. El sitio. El lugar. El mundo. Su mundo.





Las olas reventaban contra el malecón, con una fuerza inusitada, una y otra vez, mientras desmenuzaban los minutos poco a poco. Las horas volaron sobre el mar abierto, traspasando las nubes, a muchos metros sobre ellos. Las tres. Las cuatro. Las cinco. Pero el tiempo parecía haberse parado allí, allí mismo, siempre frente a ellos. Estaban empapados.


El astro rey empezó a despertarse y la Luna ya empezaba a tener sueño. Las seis. Ella, cansada ya de mirar a la pareja, bostezó ruidosamente y quiso retirarse hasta la noche siguiente. Pero ellos no le dejaron.


- ¡Eh, tú! ¡Eh, Luna! ¡No te vayas! - le suplicaron.


Y ella, más curiosa y paciente que ninguna, decidió hacerles caso. Pero nadie pareció reconocerle su esfuerzo por posponer el alba. Los ladrones aprovecharon para robar más y a la mañana siguiente ya serían ricos. los borrachos bebieron y bebieron, bebieron hasta desplomarse sobre las mesas. Hasta que supuraron alcohol por los labios. Mientras tanto los amantes, inconscientes y desagradecidos como siempre, siguieron en sus bancos. En sus bancos, sí. En sus bancos, en sus parques, en sus esquinas y rincones, perdiendo el tiempo y la ropa.


Nadie se acordó de la Luna. Solo los gatos, fieles devotos de la madrugada, maullaron en señal de agradecimiento desde algún tejado. El amanecer tendría que esperar un poco más en aquel nuevo día.