jueves, 29 de octubre de 2009

Los diecisiete.



Los diecisiete años son los de la (casi) mayoría de edad. Son los sábados de quemar la madrugada. Son los domingos de acordarte del padre de señora Resaca. Son los lunes de dormir en Lengua y Filosofía. Son los martes de academia, los miércoles de natación, los jueves de ojalá sea viernes y los viernes... son San Viernes.


Los diecisiete años son los de "nunca habrá otra como ella". Son los días en los que piensas "no quiero levantarme" y las noches de "qué ganas tengo de que sea mañana". Son los tiempos de los cambios. Son los tiempos de estar y no estar de acuerdo. Son los planes de verano, de "quiero viajar por el mundo". A la aventura .De ideologías, asignaturas específicas y capacidad para decidir. Son la época en la que señora Adrenalina y señor Testosterona deciden darse un paseo por el cerebro. Son esos momentos de "dónde voy a encontrar un piso de estudiantes en Madrid" y de pensar en qué diferencia hay entre la Universidad de Oviedo y la Sorbonne. Son esas semanas de indecisión ante un futuro que llama al telefonillo en mitad de la noche, sorprendiéndote dormido. Son las personas que se van y las que pueden irse después de este año. Son las miles de juergas, tristezas, sorpresas, decepciones y alegrías. Son tiempos de dar pañuelos, alquilar el hombro y dejar que lloren sobre él. Son una auténtica montaña rusa de emociones indescriptibles que, poco a poco, van construyendo nuestro mundo particular. Un mundo caótico que solía consistir en burlarnos de señor Tiempo jugando al pilla pilla y que de repente, ya enfadado de tanta burla, nos ha atrapado para no soltarnos nunca.


"Todo lo mudará la edad ligera, por no hacer mudanza en su costumbre"
(Opinen)

lunes, 26 de octubre de 2009

Cettes fleurs qui ont poussé entre bombes ( Las flores que crecieron entre las bombas).



Nadie diría que Saint-Lo fue el escenario de una de las mayores barbaries que jamás se hayan producido. La villa ya recobró su normalidad hace tiempo y parece ser un pintoresco paraje al borde del Mar del Norte. Las bombas que impactaron contra el suelo han sido tapizadas por una capa de hierba, como si la misma naturaleza quisiese hacer borrón y cuenta nueva. Pero las guías turísticas no olvidan , a Hollywood le sigue resultando rentable hacer películas sobre ello y el cementerio de la playa de Omaha se encuentra no muy lejos de allí.
Tampoco habría sido lo más sabio eliminar por completo cualquier recuerdo doloroso de ese día, ni tampoco lo más justo. Miles de vidas se quedaron aquí y una sensación extraña se encarga de recordártelo. En parte se debería de estar orgulloso de que aún exista gente con ideales, con ganas de defender la libertad. Pero no debería demostrarse de la forma que se demostró. Aunque quizás, por desgracia, es la única solución rápida que tenemos hoy día.
No es tristeza, es algo así como incomprensión. Incompresión porque existiesen y aún existan las guerras. Incompresión porque no alcanzo a comprender como puede haber tanto odio como para matar no a uno, si no a millones de personas. Incomprensión por lo que ocurrió aquel 6 de Junio de 1944, el famoso día D, cuando el mundo decidió levantarse y tembló como nunca lo había hecho.




"Soy hombre y nada de lo humano lo considero ajeno a mí." (Terencio, Heautontimorumenos 77)












domingo, 25 de octubre de 2009

C'est moi qui s'a cassé.

Gracias por destrozar, por quemar lo poco que me quedaba. Cuando pisotees las cenizas, igual me siento aún mejor, así que gracias por adelantado. Gracias por demostrarme que realmente no tengo un dedo de frente. Te mandaré en breves una lista con las pocas cosas que me quedan, quizás te interesaría saber como robármelas. Gracias por todo... pero te voy a tener que pedir perdón.

No sé si conoces la historia de Prometeo. Ahora mismo estás pensando que me faltan unas cuantas primaveras. Lo sé, yo también lo pensaría. No viene a cuento, pensarás. Pero sigue leyendo.

Lo que te decía... ¿Sabes la leyenda griega de Prometeo? Pues bien, si no es así, te la contaré. Y si no, también.
Prometeo era un héroe griego, al que los dioses le encargaron crear a los seres vivos y especialmente, a los seres humanos. Después, ya creados, robó el fuego para ellos. Cuando Zeus se entera, ordena a Hefesto que lo ate en el monte Caúcaso. Allí permanece durante años. Muchos años. Todos los días de esos años, llegaba un águila y le mordía. Le arrancaba el hígado de cuajo. Pero el hígado volvía a crecer cada noche. A la mañana siguiente el águila regresaba y volvía a hacer lo mismo.
A pesar de los dolores y del sufrimiento, lo resistió. El dolor visceral (y nunca mejor dicho) era insoportable. Y continuo. Continuo durante años, durante todos los días del año.

Cuando ya parecía que todo estaba más que acabado, cuando ya estaba más muerto que vivo, Heracles le liberó. Qué alivio debió pensar.
A mí no me han arrancado el hígado ni mucho menos. Últimamente, me pretenden arrancar el optimismo todos los días. Algunos más, otros menos. Y mi optimismo no se rompe con facilidad, lo digo en serio. Pero siempre vuelve a regenerarse, como el hígado de Prometeo, aún más resistente que antes. A la mañana siguiente, salgo a la calle a vivir, no a morir. Tengo ganas de vivir, vivir intensamente porque vida solo hay una y quiero aprovecharla. Reír, andar, correr, gritar, hablar, sonreír, respirar, beber, oír... tengo ganas de todo eso y más. No tiene sentido amargarse la existencia, aunque a veces sí lo hagamos. Vive, vive por encima de todo y haz que los demás también vivan.
Perdona, porque no has conseguido hundirme. Sé que tampoco es tu intención y por eso sí que te doy las gracias. Gracias por estar ahí, gracias de todo corazón y perdóname (ahora en serio) por ser un gilipollas. Gracias también a cada una de las personas que lee esto, gracias por perder cinco minutos de tu vida leyéndolo. Gracias por hacerme reír, andar, correr, gritar, hablar, sonreír...Gracias por hacerme sentir vivo.

sábado, 24 de octubre de 2009

Fantasmas del pasado.

Cerró la puerta lentamente tras de sí. Hacía frío. Llovía. Llovía con fuerza y por eso estaba calado hasta los huesos. Pero por fin llegaba a casa. Le esperaba la comida. Ojalá que haya sopa, pensó. Se quitó los playeros, que estaban llenos de agua y se cambió de ropa.


No había nadie en casa. Qué raro. Se dirigió a la cocina y vio una nota en frigorífico. "Si llegas pronto, haz revuelto de verduras" decía. Normalmente siempre le aclaraban si no venían por una reunión o por un viaje de última hora. Pero no dieron más explicaciones.


Encendió el televisor. Aquel día, estaban retransmitiendo los Premios Príncipe de 2007. Decían que aunque llovía mucho, no se había estropeado la gala. Y es que el cielo bramaba.


Vino su hermana, como siempre enfadada. El viento había roto el paraguas y lo maldecía por ello. Se sentó a la mesa, esperando a que acabase de cocinar. Mientras le contó mil cosas sobre lo difícil que había sido el primer examen y farfulló algo sobre el profesor y la madre de éste.


Eran las tres y media. Era muy extraño que no llamasen. Cogió el móvil y marcó el número, mientras iba friendo los filetes.


- Siento no haberte llamado, pero es que estábamos un poco ocupados.


- ¿Dónde estaís?


No respondió. Volvió a preguntar.


- Llegaremos a la hora de cenar - dijo, atropelladamente. Estaba nervioso.


" Señores, pueden pasar a consulta. El oncólogo viene en cinco minutos" oyó decir a una voz femenina.


- ¿Pero dónde estaís? - preguntó él, sin entender nada.


- Ahora no puedo hablar. Tengo que colgar. Un beso.


La línea se cortó súbitamente y él se quedó con cara extrañada. Dejó el móvil en la encimera, pensativo. Oncólogo... ¿qué sería eso?


Y es que aquel día, con quince años, no imaginaba que la vida (me) iba a dar un giro de 180 grados.

jueves, 22 de octubre de 2009

Se me había olvidado (quién era yo).


Llegó a casa con una maleta pequeña. No iba a pasar mucho tiempo. Solo venía a la presentación de su nueva exposición en la ciudad y de paso a saludar a la familia, que la veía de boda en boda y de funeral en funeral.




Comieron todos juntos. Otra vez. Después de diez años sin verse, las cosas se veían desde otro punto de vista. Muchas más arrugas y muchas más canas. Prácticamente como si empezasen de cero. Sobretodo para los dos más jóvenes de la mesa. Hacía siglos que se no se acordaban de su existencia, sólo sabían que el anciano había triunfado como pintor y como periodista.


El chico iba a salir de casa. Su madre le pidió que comprase una garrafa de agua en el supermercado a la vuelta y a regañadientes, aceptó. Cuando se fue, caía un auténtico aguacero afuera, pero tenía clase de inglés. No le quedó otro remedio que abrigarse y caminar diez manzanas hasta la academia.


A las cinco y media, ya había regresado. Caminó descalzo por el parqué del pasillo, como solía hacer siempre que volvía a casa. Entró en su habitación, encendió la música y dejó que sonase. El volumen muy bajo. Casi un susurro melódico, como a él le gustaba. Era un pequeño placer que se guardaba para los días de lluvia.


Entonces se percató de que allí estaba el anciano. Se giró y vio que contemplaba los libros de la estantería.


- Novela policíaca - comentó.- Te gusta leer; tienes una barbaridad de libros.


- Bastante. Aunque casi todos los libros que tengo están en la biblioteca del salón.


Sonrió y siguió dando vueltas por la habitación. Su mirada se clavó en una lámina que estaba sujeta al tablón de corcho. Abrió la boca para decir algo; después se quedó callado de nuevo.


- ¿Lo dibujaste tú?


- Sí, hace tiempo, en clase nos mandaron pintar un sitio que nos gustase.


- ¿Dónde es?


- Es la playa de Málaga, creo. Juraría que pinté el balcón del apartamento de la abuela - dijo, observándolo.


- Tienes que darle color. Sigues teniendo la manía de no darle color a lo que pintas.


- Hace tiempo que lo dejé.


El anciano se sorprendió, arqueando las cejas.


- ¿Dejaste la pintura? Imposible. Las pocas veces que te he visto, siempre estabas dibujando, pensando en tus cosas.


- Las cosas han cambiado, supongo. Se me olvida pintar, tengo un montón de cosas que hacer - respondió, pretendiendo excusarse.


- No permitas que eso pase. Sería una auténtica pena - sentenció, torciendo la boca. Se volvió a hacer un silencio. El anciano recapacitaba, pensando en algún argumento. Finalmente volvió a hablar:


- Verás, de pequeño siempre me dijiste que querías ser pintor. Que querías ir a París. Ya estaban asustados por casa de oírte decir que querías pintar en Montmatre - relataba, riéndose mientras lo recordaba.- Y tu madre siempre me hablaba de lo bien que pintabas, de lo contenta que estaba al verte dibujar en tu caballete... ¡y sólo tenías siete años!


- Es verdad. Siempre estaba obsesionado con que me comprasen un caballete - recordó él, con una sonrisa triste.


El anciano no mentía. Había dejado de pintar. Y eso que le encantaba pasarse tardes enteras plasmando su propia realidad en un papel... Pasarse tardes enteras haciendo lo que le gustaba.


Siempre había retratado una parte de su imaginación con sus lápices. Todo de cabeza, no copiaba. Aquello había impresionado a mucha gente que le conocía y siempre que hablaban de él decían que tenía una imaginación desbordante. Probablemente siempre había tenido demasiados pájaros en la cabeza. Pero eso no importaba, porque él había sido siempre así... hasta entonces.


Se sentía mal. Se sentía como el que pierde algo y no lo encuentra. Como si con el paso de los años, hubiese perdido una parte de su identidad. Una parte de sí mismo.


- Y todo eso... ¿para que esté cogiendo polvo sin que nadie lo use?- le preguntó.


- No creo que sea conveniente que lo dejes. Pinta hijo, pinta - le reprochaba, pero con una sonrisa cansada en el rostro.- Y el día de mañana, lo agradecerás.





Aquel chico, se llamaba Borja. Sí, yo mismo. Ese anciano, como le llamo yo aquí, es y será familia mía. Fue además, subdirector del diario "El País" y ante todo, es un gran pintor. Y no es porque yo lo diga. Varias galerías de arte están de acuerdo con esto. Yo mientras tanto, he vuelto a revolver cajones en busca de mi viejo cuaderno. Porque se me había olvidado quién era yo.

miércoles, 21 de octubre de 2009

La noche en La Ciudad que Nunca Duerme.



Aquella noche, no quería dormir. Había vuelto a pincharse en vena el maldito turismo de reflexión y eso no era bueno. La inquietud que siempre le producía y que parecía estar dormida en aquel viaje, había despertado a las once de la noche. Tenía mono, mono de vida nocturna. En cualquier otro sitio, a aquellas horas, la vida terminaba a las siete o a las ocho como muy tarde. Pero la Ciudad que Nunca Duerme siempre es una excepción; era el lugar perfecto para un drogadicto de flash fácil como él.


Solo sabía de oídas que "La Plaza" era el paraíso, así que no se lo pensó dos veces y arrastró a su pobre familia allí. Si de día era increíble, de noche debía ser un auténtico espectáculo. Para verlo, caminaron durante un buen rato. Su hotel, el Chealsea Hilton Hotel, estaba en la calle 28 y tenían que caminar otras catorce manzanas hasta la 42.


Vieron las primeras señales de que se acercaban a la plaza. Había gente como para llenar cincuenta estadios como el Bernabéu. También peregrinaban al famoso lugar.


Entonces la encontraron. Ni en sueños se había imaginado que sería así. Las luces de las grandes catedrales del consumismo (Santa Coca- Cola, San Virgin y San Levi's) brillaban como estrellas. Teatros por docenas. Cientos de metros de rascacielo puro. Luces, luces y más luces. Neones. Fluorescentes. Millones de carteles, billones de bombillas. Una mezcla de músicas frenéticas, que le resultaba imposible de comprender pero que le animaban a seguir caminando entre la muchedumbre.


Llegó al altar que se encontraba en medio de la Plaza ( unas enormes escaleras luminosas que no llevaban a ninguna parte, eran algo así como un monumento).


Llovía torrencialmente, pero como peregrino que era le dio exactamente igual. Estaba extasiado mirando aquel espectáculo. Había llegado a su destino. Comenzó a disparar su cámara y ya no pudo parar.


Subió por las famosas escaleras, con el corazón palpitante. Llegó a la cima y vio como la vida discurría bajo sus pies. Como cientos de taxis amarillos se pitaban unos a otros, como la gente se amontonaba. Allí no se sentía el rey del mundo. En realidad, comprendió que no era más que una hormiga. Sí, una hormiga. Una hormiga que aún tenía demasiado que aprender y que aún no entendía como otras, creyéndose diosas, habían conseguido levantar aquel monumento. Una jodida hormiga entre siete mil millones que en realidad no pintaba nada en aquel hormiguero llamado mundo y que, si había llegado a Times Square, era por pura casualidad... y por drogadicta.






(Las fotos nocturnas a saber donde están. Bueno, sí lo sé pero me da pereza descargarlas. De todas formas el atardecer no tiene desperdicio).

lunes, 19 de octubre de 2009

C'est ça. C'est la vie. C'est Paris.


- Merci - dijo Élise, desde el vestíbulo del apartamento.



- Merci aussi - respondió Pierre.



Él abrió la puerta del ascensor y miró por última vez a su hermana. Una mirada no tan triste como cabría pensar. Había una sonrisa, un ligero dibujo de esperanza en su rostro. Después cerró la puerta y bajó hasta el portal.

El taxi ya esperaba frente al edificio. Subió a él, con cansancio.



- Al hospital Marmottan, por favor.



- Ahora mismo.



El coche se movía lentamente por las calles. Había demasiada gente.



- El tráfico está imposible. ¿Le importa si voy por otro lado?- preguntó el conductor.- Hay una manifestación atravesando todo París.



- A la gente le encanta quejarse - murmuró Pierre, riéndose.



- Esto es París. Es así. La gente siempre atareada, corriendo de un lado para otro... siempre igual.



- Ellos no saben la suerte que tienen - comentó él, con un hilo de voz.



Vio al profesor melancólico, a la panadera gruñona, el camerunés desconcertado y a la joven soñadora. A las cientos de personas que veía desde el balcón de su casa y que no sabían de su existencia. Los había observado desde el anonimato de su enfermedad, desde el anonimato que le proporcionaba el balcón de su ático en Montmatre. Desde el maldito anonimato de su enfermedad cardíaca, que cada día le mataba (pero que sin embargo le había revivido) un poco más. Aquello eran los cientos de personas que tenían cientos de vidas intrascendentes en la historia, pero que para ellos mismos eran un auténtico mundo aparte.



- Andan. Respiran. Corren - susurraba su voz enfermiza, mientras los neumáticos del vehículo rodaban por la Cité parisina.- No saben la suerte que tienen de poder pasear así, despreocupados por París. Envidio que estén vivos.







El taxista no le respondió. Tampoco le importó. Seguía maravillado viendo la ciudad, tumbado en los asientos traseros de un taxi parisino. No se podía levantar de la emoción que le causaba. Estaba alegre como un niño; contento por alguna extraña razón. Aquella mueca, aquella sonrisa casi póstuma, incomprensible para el resto de los vivos, le iluminó la cara posiblemente por última vez al ver el cielo de París.












P.D: París. Una gran ciudad y una gran película. Probablemente una de las mejores de este año. Merece la pena.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Belle Époque (o alegría de lata).


En 1909, nos iba la Belle Epoque. Nos iba la industrialización, nos iban las ideas de principio de siglo. Nos iban las revoluciones, el Ford T y los primeros aeroplanos. Nos iba la colonización y el imperialismo. Nos iban los sombreros de hongo y el metro. Nos preocupaba la hambruna de medio mundo. Nos iban las primeras manifestaciones, los ideales, luchar por los derechos que aún no se reconocían. Nos iba ir de modernos con la electricidad, el socialismo en pañales y el sufragio universal. Nos iba leer periódicos con la esperanza de un mundo mejor.


En 2009, nos va la Época de la Deshumanización. Con sus más y con sus menos. Desde Enero hasta hoy. Nos va el rechazo a la guerra de Gaza en Navidades, al golpe de estado de Honduras en Junio. Nos impresiona el asesinato de una iraní frente a las cámaras de televisión por decir lo que piensa; ya no tanto la hambruna en África. Nos asusta el peligro a una pandemia de la gripe A, aunque seguimos dándonos la mano. Nos concienciamos del cambio climático, pero no perdonamos usar el coche como antes. Nos llevamos las manos a la cabeza con las encuestas sobre la pobreza en el mundo, pero no damos ni un duro al indigente de la esquina. También nos va ir de modernos, aunque esta vez con la globalización y los Ipods venidos de India . Nos va cambiar de canal, aunque aún conservamos la esperanza de que todo mejore.


Nos va, nos fue y nos irá en el 2010 el consumismo puro. Desbordarnos con tonterías. Nos va la depresión fácil de psicólogo interesado. Nos va la tristeza caprichosa o incluso inducida. Nos va el "yo también quiero". Nos va callarnos las injusticias del otro, nos va quejarnos si se atreven a fastidiarnos. Nos va comer (y fumar) chocolate contra el subnormal de turno. Nos va gritar, nos va la deshumanización. Nos van las listas del INEM. Nos va un "genial" cuando es un "hoy bien". Nos va la depresión post-vacacional, la felicidad de San Viernes. Nos va la obsesión con el futuro, nos va olvidarnos del presente. O viceversa. Nos va la sonrisa de quita y pon.
Nos va la vida programada al milímetro, o quizás sólo nos va la vida. Nos va correr al trabajo. Las hipotecas a 50 años. Las denuncias baratas. La belleza. La felicidad. Las aparentes, eso sí. Porque a apariencia se reduce el mundo. Todo es aparente. Ni la sonrisa es de felicidad desbordante, ni la lágrima de completa desesperación, ni los ojos de enamoramiento absoluto. Nos va que la autenticidad desaparezca, como se esfuma el hielo de Groenlandia. Nos va comprarnos un sucedáneo que sustituye a la pureza: el sucedáneo de la vida. Y es que ya no nos va la Belle Epoque. Nos va la alegría de lata.

lunes, 12 de octubre de 2009

Espíritu celta.



Los Kedney no son la típica familia irlandesa que se reune todos los domingos para comer en la casa de la abuela. En absoluto. Suelen reunirse durante dos semanas seguidas en Navidad, cuando Lorna pretende cocinar un pavo que al final siempre acaba quemando. Entonces, cuando todos se sientan, se encuentran con una auténtica macedonia de lenguas y razas. Una hija es ya medio italiana, otra se ha casado con un africano, el mayor con una francesa, el mediano con una alemana , otra con un inglés y la última... sí, está con un español.


La boda, de celebrarse, se realizará en un pueblo de las afueras de Dublín. Esto es lo que me llevará a esta isla. Allí todas las casas son de colores diferentes, una costumbre celta. Los irlandeses pintaban sus hogares en tonos distintos a los de sus vecinos como distinción. Así, no hay una casa igual.
Todos se mueren por encontrarse de nuevo. Hay buen rollo. Cuñados, hermanos, suegros, novios de las hijas... todos se van al pub de la esquina, a tomarse una pinta. A éstos últimos, los novios de las hijas, siempre les gastan una novatada para romper el hielo. Al final de la noche, acaban borrachos como cubas. El padre siempre saca el tema de la emigración, de cómo la mayoría se va a Reino Unido. Después maldice a los ingleses, pero se retracta porque allí tiene a un británico como yerno. No le dan más importancia y la noche continúa.


Se despiden tras horas de juerga entre cánticos. Nada más llegar a casa, señor y señora Kedney tienen una soberana bronca por culpa de la tajada del primero. Pero se quieren y siempre se perdonan.


A la mañana siguiente, con la resaca del día anterior, partido de rugby. Muy típico de estas latitudes. Mujeres y hombres, sin distinción. Toda la familia se implica: la madre, el padre, los hermanos, los cuñados.... aquí nadie se queda fuera. Y es que en una familia tan atípica, no hay lugar para la discriminación.


En parte no son tan distintos a nosotros. Irlanda se parece peligrosamente a Asturias. Campos teñidos de un verde intenso, siempre empapados por la incesante lluvia. Las gaitas suenan también en estas tierras, donde una Guiness sustituye a la sidra. Las tradiciones, los mitos, las leyendas.... son puramente celtas, como las nuestras. Historias increíbles que susurran los cientos de castillos de Eire. Hablan de marineros perdidos, guerreros intrépidos, brujas diabólicas y hasta de duendes. Misterioso de principio a fin. Un país increíble, desde luego.


jueves, 8 de octubre de 2009

No habría sido igual sin la lluvia.

La noche anterior, los telediarios anunciaron la tormenta del siglo. No hizo el menor caso o no se había enterado. Cuando más llovía, el pobre loco decidió salir de aquella cárcel imaginaria que se había construido él mismo. Cuatro inconscientes fueron los que, sin saberlo, acababan de liberarlo.

Corría con el corazón en una mano para no perderlo por el camino . Con pies de hielo que intentaban chafar su carrera . Con manos de nieve, que soñaban con unos guantes de lana. Con la cabeza perdida... en cualquier otro sitio.

Avanzaba entre su propia oscuridad, mientras su cara se desfigurada por el esfuerzo. Si había obstáculos, desde luego que no los vio. Veía luces, luces deformadas por el humo y el aguacero que caía en aquel momento. Aquella droga llamada Ciudad empezaba a hacerle efecto. Las calles de su adicción crecían con cada paso que daba. No llegaba a su destino.

Pero no se daba por vencido. ¿Loco? Eso seguro. Pero también un maldito idealista. Por eso seguía corriendo sin cesar. Por eso sus pies no rozaban el hormigón, por eso volaba sobre baldosas mojadas, en la noche en que los informativos presagiaban la última gran tormenta de su vida.

Contra todo pronóstico, llegó. Si hubiese estado cuerdo, como el resto de los mortales, habría mandado una carta con un "Ya te lo decía yo" en un tono reprochador a todo el que dudó que lo consiguiese. Pero como estaba loco, solo pensaba en hacer lo que tenía que hacer.

- ¿A dónde vas sin un paraguas? - gritó una voz en la oscuridad.

- No vine para que me dijeses eso - inquirió, sin ver a la persona que le había gritado. Pero no le hacía falta. Sabía dónde estaba y sabía quién era.

- Estás loco - dijo aquella voz. Se hizo un silencio ruidoso, de esos en los que el agua decide caer.

- Estarás loco - repitió otra vez.- Pero me da igual.

- ¿Algo más que decir?- dijo, divertido.

- O eres un pez o te gusta pillar una neumonía...
- El océano entero está precipitándose sobre nosotros... ¿ Crees que me gusta?
- No sé. No estoy segura. Pero lo que sí sé, es que tanto surrealismo no puede esfumarse de la memoria repentinamente.
No dijo nada. Solo sonrió imperceptiblemente en la oscuridad, pero lo suficiente como para que ella lo supiese. No podía ver más allá de su propia nariz, pero sabía que la estaba mirando fijamente. No sabía por qué, pero lo sabía. Mientras, el cielo bramaba.
- Por eso mismo - respondió tras un largo silencio.- Porque si no, no hubiese sido lo mismo. Porque no habría sido igual sin la lluvia.


martes, 6 de octubre de 2009

Los tiempos que (nos) están cambiando.

Decían que nunca pasaría. Que la rutina nos mataría, o que acabaríamos matando a la rutina. Nunca creímos que siempre fuese quizás, que un no rotundo fuese un sí absoluto, que un imposible fuese lo más probable. Confiábamos en que quien nos cuidó, nos cuidaría. Ni nos imaginamos que quién nos consoló también necesitaría ser consolado. Jamás se nos ocurrió que se invertirían los papeles. ¿Tú bebé, yo de adulto...? El de ahí arriba acaba de desordenarlo todo o se ha vuelto loco.
Estaba seguro de seguir en la línea por muchos años, que los cambios vendrían en cuando empezase la universidad y que hasta entonces, vida simple y de novela barata. Fui escéptico cuando oí que la verdad era mentira, que la mentira era verdad y que nada de lo que habíamos vivido hasta entonces se parecería a la que se nos venía encima. Siempre pensaba que mañana nos levantaríamos, desayunaríamos y a clase. Que los viernes al bar, los sábados a salir hasta la madrugada y los domingos comida familiar.
No nos gustan los cambios normalmente. ¿A mí tampoco eh? Sobretodo si no los elegimos nosotros. Y, más aún, si se producen varios seguidos. No estamos preparados para asumirlos al momento, necesitamos nuestro tiempo para asumirlos. Pero supongo que son necesarios y no tenemos otra opción que aceptarlos. Son retos, al fin y al cabo.
Afortunadamente, también nos equivocábamos cuando creímos no estar preparados para asumir responsabilidades. Y que sí estamos listos para callar, cuando en realidad tienes unas ganas increíbles de hablar. Andarnos con menos exigencias. Que también podemos arrancar una sonrisa al que más lo necesita. Que lo que hacemos repercute demasiado en nuestro entorno. Que somos hasta cierto punto, libres. Que aún siéndolo, somos capaces de optar por lo correcto y no por lo que nos conviene. Que a ayudar se ha dicho. Que a madurar, que ésa es la palabra. Tampoco creí(mos) madurar tanto en tan solo un mes.
P.D: Sí. Tenías razón. Tenías razón al creer que times are a-changin' no era la primera canción en el reproductor de música por casualidad.

sábado, 3 de octubre de 2009

Lujoburgo o el mundo del revés.



Dicen que los viajes te cambian. Visitas otra ciudad, probablemente en otro país. Te empapas, más o menos, de otra cultura. Otros modos de vida, otras costumbres, otras gentes... Son las cosas que te hacen ver que el mundo está lejos de ser el mismo. Supones que Marruecos será un contraste de culturas bestial o que el Congo resultará otro planeta. Lo que no esperas es ver ciertas cosas en Europa.


A este lado del globo, parece que el dinero brota del suelo. Debe haber más millonarios que Marbella y Mónaco juntas. Y no me extraña, la verdad. Resulta extraño no tener una mansión o un buen coche en este ducado. En Luxemburgo, la gente parece llevar otro ritmo de vida: sus palacetes en cada esquina, fortunas repartidas en los bancos de la ciudad y sus tres días de descanso ( sábado, domingo y parte del miércoles). Tomar un café, como es de suponer, es prohibitivo.

Está emplazada en una zona montañosa, por lo que hay partes de la ciudad a las cuales se debe acceder por puentes. Las murallas se alzan majestuosamente, y el río discurre por el valle. Pequeñas casas de madera muy bien cuidadas se encuentran en su orilla; le da cierto toque francés.

La sorpresa estaba por llegar al caer la noche. Paseando por un bulevar del centro, vi una mansión al otro lado de la acera. Se comenzaba a llenar de gente. Un palacete de dos pequeñas torres, rodeado por un jardín. Se celebraba una fiesta, probablemente. Invitados ataviados con sus mejores galas, que no dudaban en parar delante del portón con su Mercedes o su Mazzerati, en un lugar desde el que pudiese ser bien visto ( y envidiado). La vida de aquellas personas consistía en eso: presumir, comer y aparentar. El resto, lo hacían los que no tenían aquel nivel de vida.

A pocos metros de allí, una mujer de apariencia árabe mendigaba. Se quería acercar a los invitados a pedir, pero no pudo. Un guardia de seguridad , debidamente informado por walkie- talkie , se apresuró a echarla del sitio agarrándola del brazo, ante las miradas curiosas de los invitados y sin que nadie hiciese nada. Le dijo algo de malas maneras y tuvo que irse, finalmente. Sólo era una vagabunda, nada más.
Te deja impresionado, la verdad. ¿Cómo pueden ocurrir estas cosas a día de hoy? Parece como si tener un millón de euros te convirtiese en otra raza "superior": resulta que siempre debe haber ciudadanos de primera, de segunda y de tercera. La diferencia entre ser o no ser mejor, reside en un fajo de billetes. Quién sería el desgraciado que inventó las diferencias sociales... y el jodido egocentrismo.
Pues creo que tiene más mérito esa gente: personas que lo arriesgan todo por agarrarse a la vida, lléndose de su patria, dejando una familia atrás, sin nada. Sin formación, sin estudios, sin permiso de trabajo, sin saber la lengua... condenados a vivir así. ¿Quién es capaz de soportar años y años sin poder hacer nada? Nadie. Y con todo, consiguen sobrevivir en la ciudad de los ricos, en el estado en el que no existen los céntimos. El mundo de hoy nos ha hecho olvidar todo esto y mucho más. Nos ha hecho apagar el televisor, girar la cabeza cuando hay problemas. El mundo está patas arriba...