jueves, 31 de diciembre de 2009

La última campanada.


Dong. Suena la campanada en la Puerta del Sol, con ese sonido hueco tan característico, que llega hasta lo más profundo de uno mismo. Miles de ojos se vuelven hacia las pantallas de sus televisores. Él se avalanza sobre el cuenco."Primera uva, la tomaré a toda prisa". Dong. "Segunda uva, iré cogiendo la tercera uva". Dong. "Dios mío, el año ya se ha acabado". Dong. "¿Y qué pasará en el siguiente?" Dong. "Bueno y qué importa ahora". Dong. "Universidad, piso de alquiler, nueva ciudad..." Dong. " Joder, no me lo puedo creer". Dong." ¿Y qué quedará?". Dong. " Unos vienen, muchos se van". Dong. " Sin duda será difícil... se nos acaba la infancia ". Dong. " Pero será divertido; será nuevo". Dong. "Habrá que vivirla. Habrá que disfrutarla. Desde hoy. Hasta el final."



Vivan la Nochevieja señores. Procuren no beber demasiado, bailar mucho, reír hasta las lágrimas, pasárselo genial y... ¿por qué no? Cumplan un sueño. Sólo hay una al año.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

El 31 tiene la última palabra.

Enero llegó cargado de buenos propósitos, que al final se quedaron en eso, buenos propósitos. Nos abonamos al bar de Marta y no hubo nadie que nos sacase de ahí. En Febrero, llegan los Carnavales, disfraz improvisado de árbitro y morir de frío. De repente, apareces. Nadie te llama, pero ahí estás, sin entrar ni quedándote fuera, en el umbral de la puerta. Con la llegada de Marzo las cosas se calman, para volver a agitarse con el viaje a Hungría y Austria. La operación Koszonom, la infiltración en habitaciones ajenas, la guía húngara y... tú, de nuevo. Confusión, mucha confusión. Abril fue el mes de establecer prioridades, de decidir por el bien de unos o por el propio... un mes más que reflexivo y ajetreado. Mayo sin embargo fue el mes de balnearios portugueses, exámenes finales y de carreras por la calle de la Ruta. Riñas para evitar males mayores.


Junio en cambio fue el mes de mis diecisiete. Más edad, más juerga y también más responsabilidad. Es el mes del fin de clases, de la alegría desbordante, de los primeros días de playa. Desembarco en EEUU y todo parece increíble: Boston, Philadelphia, los rascacielos de Nueva York, la Casa Blanca en Washington, la tarde en Coney Island... un sueño cumplido.


Julio y Agosto son los meses de verano, de playa, del paint ball que nunca llegamos a organizar, de los ingleses, del Carmín, de la locura del día de los Fuegos, de los días de piscina en la casa de Madrid y.... de nuevo aparece, por sorpresa. No era la misma persona de antes; era alguien a quien ya creía haber olvidado. Remueve todo lo que tenía en la cabeza, como solía hacer.
En Septiembre, nada volverá a ser lo mismo. El mes empezó con los últimos baños en el mar, volver a empezar el curso, con los reencuentros y los desencuentros. Alegría en definitiva. Entonces, sucede. Dan la noticia y todo parece desmoronarse. ¿Cómo puede ser posible que haya sucedido? Nadie se los explica, nadie explica nada. Es increíble.


En Octubre, es el paso definitivo hacia la madurez. Compro traje. Me visto bien. Me veo bien. Hay ceremonia. Todo el mundo orgulloso, sonriente. Da gusto. Aquella fue la noche de sábado que fue la más larga que jamás haya existido, por fortuna. De despedidas, de noticias y de algo que jamás volverá a ser lo mismo. Tan rápido como había aparecido, desaparece, dejando un vacío que hasta día de hoy apenas he podido rellenar.

En Noviembre, las cosas se ponen peor. Aún con resaca de lo acontecido en Octubre, llegan noticias y ninguna buena. Se cumplen varios aniversarios en estas fechas, hubo celebraciones para dar y tomar. Fue el mes de las entradas pesimistas en el blog, de éxamenes finales, de mudanzas, de conversaciones de messenger hasta altas horas de la madrugada y muchos, muchos tropiezos. Empezé a darme cuenta de que ciertas cosas habían cambiado irremediablemente y no había vuelta atrás. Demasiadas cosas se han ido y aún sigo sin créermelo.
¿Diciembre? Llegó con un sabor agridulce . Se presentó en mi habitación tan rápido que me pilló por sorpresa. Sin embargo, aún no puedo resumirlo. Faltan dos días escasos para acabarlo, pero todavía hay mucho que contar. Todavía falta la última campanada.
Feliz 2o10 y Feliz Navidad, señores.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Vaya un descubrimiento.

Llegados a este punto, al borde del año 2010 y de la mayoría de edad, solamente sé que:
1. En el caso de que Hidroeléctrica me deje sin gas natural, el libro de filosofía de segundo se plantea como un buen combustible.
2. Las tardes heladas de Diciembre son un buen momento para recuperar horas de sueño perdidas en noches de sábado o para ver los últimos films añadidos a Películas Yonkis.
3. Cuanto más lejos esté de retrovisores de coches, de la política y de libros de texto ajenos, mejor.
4. Me muevo como pez en el agua entre fogones.
5. No sé nada y después de leer esto, te darás cuenta de que ahora no sabes nada nuevo.


5. No conozco nada y menos si hablamos de mí mismo.

Imaginense cómo tengo ahora mismo la cabeza.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Madrid, 1995.


"Recuerdo aún con una claridad asombrosa el primer día que te encontré, que te ví. Tenía la cabeza llena de ilusiones infantiles que cabrían en una tacita de café; apenas rozaba el metro de estatura. Desde mi insignificante posición, las cosas eran prodigiosas. Sobrehumanas. Los edificios parecían gigantes de hormigón, adornados de lucecillas que brillaban bajo la nieve. Llevaba tres años viajando sin parar, pero nunca había visto nevar. Mi parka verde se llenaba de aquella cosa blanca que caía del cielo, fría y granulosa, que se deshacía entre los dedos. Un sueño demasiado extraño, demasiado perfecto. La impresión cuando vi por primera vez tus calles jamás se me olvidará: engalanadas, rebosantes de coches, de gente por todos lados... para un niño de provincias, la noche de Madrid era más onírica que real. Gran Vía resultó ser una calle enorme, que se parecía tanto a las de las películas americanas que se veían en mi casa... parecía estar dentro de una película. Había un pequeño parque de atracciones, lleno de críos que no pasaban de los seis, riendo, corriendo... soñando. Qué suerte tenían los niños de Madrid, yo en mi ciudad no tenía más que toboganes y columpios.


- Mira niño - dijo mi abuela, señalando por el balcón.- ¿Ves esa torre?


- Sí. ¿Qué es eso?

- Es la Puerta del Sol. Ahí se celebra el Año Nuevo. Mañana, muy tarde muy

tarde muy tarde, aparecerá Papá Noel con su trineo por encima de ella.

- ¿Y me traerá un regalo?

- Claro. Entrará por mi ventana al salón, lleno de nieve. Estará muy cansado, pero te traerá lo que hayas pedido. Y luego se va volando, a repartir más por el mundo.


Y yo me lo creí. ¿Quién no a esas edades? Madrid era y es una auténtica destilería de ilusiones."

martes, 22 de diciembre de 2009

Save you.



El atrofiamiento de uno de los sentidos más propios del ser humano que por desgracia está cayendo en desuso, es un hecho. Se llama humanidad. Cada día que pasa, hay menos "empujoncitos" y más empujones. Más amistades caducas y no perennes. Y es que estar en los mejores momentos es fácil pero... ¿quién permanece en los peores?


Cada día que pasa se trata de negar lo malo, como si sólo existiese lo bueno. Pues ojalá, que quieres que te diga. Es un vano intento de demostrar nuestra independencia persornal, como si la independencia del ser humano fuese el fin último. También se estableció ese concepto de ayuda, del "hoy por tí mañana por mí" pero llevado hacia unos extremos preocupantes, como si las cosas no se hiciesen inocentemente, si no por un interés absoluto. La idea la impuso la sociedad de consumo, que quizás, no sea tan buena como parece.


El sentir humano no es innato, sino que se aprende. Hay gente que lo desarrolla más y hay otros que lo tienen abandonado. ¿Quién sabe mirar más allá de una mirada, de las palabras? Suena difícil, pero no lo es. Quizás incluso aprendamos algo. Es un sentido útil, tanto para nosotros como para los demás, aunque en un principio parezca práctico solo para los que están a nuestro alrededor. ¿Pero acaso no queremos saber quién nos rodea, qué se les pasa por la cabeza? Yo creo que calma mucho saber que a pesar de todo, hay alguien detrás, alguien que permanece ahí haciendo lo que puede. Siendo, de vez en cuando, un poco humanos.



P.D: Esto es lo que consigues, que diga ñoñerías. Se siente, es lo que hay cuando llegan estas fechas. La canción es más tuya que nunca, aunque ya no lo sepas. En realidad, la de abajo también, sé que siempre te gustó la música. Porque como decía la canción, "sometimes I wish I could save you". Aquí sigo, a pesar de todo. Desde el principio. Hasta el final.


http://www.youtube.com/watch?v=sPMt8jnCmXo

domingo, 20 de diciembre de 2009

Yo, mono.


Desde que el mundo es mundo y desde que las personas somos idiotas, las cosas siempre han funcionado de la misma manera. Digamos que desde el principio de los tiempos. Vaya. Los comportamientos de una u otra forma siempre siempre han sido y son los mismos. Las reacciones tampoco han cambiado. Seguimos siendo unos monos que no han evolucionado un ápice desde la época de las cavernas, que siguen manteniendo comportamientos primitivos de imbéciles. Si ahora nos quitasen todo, nos borrasen la memoria y nos abandonasen en medio del campo sin ninguna posibilidad de encontrar a nadie que nos rescatase, acabaríamos igual que nuestros más remotos antepasados: viviendo como animales, que al fin y al cabo somos eso.




En épocas pasadas, la gente vivía en cuevas, comiéndose a las alimañas que se encontraban por ahí. Nada estaba asegurado en una sociedad tan súmamente difícil, en la que vivir más allá de los veinte años era todo un logro. La destreza para cazar, el ingenio para elaborar una fogata... no todos tenían la capacidad para ello. La complejidad de la supervivencia se ve infravalorada de un tiempo hacia acá, sobre todo con tanto Bear Grylls y tanto triunfito televisivo, dando el espectáculo en medio del Amazonas .




A pesar de ello, hasta algunos débiles fueron capaces de sobrevivir. En realidad no se les debería llamar débiles, si no inteligentes. Mediante un mutuo acuerdo, uno ofrece protección y el otro la recibe, basándose en la relación madre- hijo por ejemplo. Así se crearon las primeras sociedades, en las que cada uno contribuía como podía para asegurarse alguna posibilidad de seguir vivo al día siguiente.



Hoy día, el concepto de acuerdo ha cambiado y mucho. Los inteligentes de antes son unos auténticos parásitos sociales. No me refiero ya a sus aptitudes racionales, pues actualmente pueden ser muy avispados o más tontos que Abundio. Me refiero al parasitismo social, que enfoca su ética hacia el egoísmo puro y duro. Se trata de agarrarse a las personas que consideran poderosas: reírles sus gracias, hacerles la pelota continuamente, copiarles y a fin de cuentas, sentirse seguro. Se mantiene en el plagio continuo del otro, la muerte de la personalidad y de la independencia propia. Así, podría afirmar que el parasitismo social nace en la búsqueda del reconocimiento personal, de sentirse seguro, de hallar la protección en un mundo demasiado deshumanizado. Porque es lo que tiene ser un animal social. Seguimos queriendo ser iguales a los demás, aunque esto implique "matar" una parte de nosotros mismos y hacer cosas que jamás haríamos solos. Porque solo somos una panda de monos que siguen teniendo miedo a la soledad en una ciudad en la que impera la Ley de la Selva. El miedo a la soledad es la madre de todas las relaciones (y reacciones) humanas. Porque nadie quiere estar solo... ¿o sí?
(Libre opinión)

viernes, 18 de diciembre de 2009

Veinte inviernos en Moscú (II)

Corría como un loco por los pasillos blancos del hospital, apenas rozando con sus pies desnudos la baldosa helada. Tenía que verlo. Tenía que sentirlo. Tenía que saber que aún seguía estando vivo.
- ¡Eh, no se puede correr por el hospital! - gritó una enfermera. Pero no la oyó. O no quiso. Qué más daba.
Estuvo a punto de chocar con varias camillas, pero a pesar de su atontamiento mental, supo esquivar todos los obstáculos. Se había despertado del sueño más profundo y largo que una persona jamás hubiese tenido. Los sentidos le golpearon con violencia, trayéndole extraños recuerdos que casi parecían muertos. El olor a lejía, el frío intenso en los pies, los teléfonos sonando a todas horas. Qué sensación, qué extraña y maravillosa sensación.
Salió del hospital, tan solo provisto de un pijama de algodón. El aire se había congelado en la mañana moscovita. Rápidamente empezó a sentir, a sentir como nunca lo había hecho, tanto que le resultaba mareante.... y magnífico. Nadie en el mundo era ahora más feliz que él. Inspiró profundamente aquel aire congelado, sucio, lleno de humos de coches... pero también lleno de vida. Lleno de cientos de personas como él, que caminaban, corrían, lloraban, gritaban y reían. Que sencillamente existían bajo la nieve de Moscú.
El hielo pretendía acabar con sus pies indefensos, que recibían aquel frío glacial con punzadas dolorosas. Extendió las palmas de las manos, anonado.
Una mujer le vio y puso el grito en el cielo:
- ¡Por Dios! ¿Qué pretende usted?
- ¿No es maravilloso el invierno en Moscú?- respondió él, que miraba extasiado la caída de un copo de nieve sobre sus manos.
- Es frío, terriblemente frío. ¿Qué quiere, coger la muerte?
Sonrió, misteriosamente.
- Pretendo coger la vida
- Yo le veo muy vivo...
- Es verdad, siempre he estado vivo. Pero veinte años de sueño son casi sinónimo de veinte años de muerte. Siempre he estado demasiado somnoliento para ver lo fantástico que es vivir.
Y allí le dejó, loco completamente, viendo la caída de la nieve. No se movía, sólo sonreía. Y volvía a sonreír. Sasha Popov había vuelto a nacer.

martes, 15 de diciembre de 2009

Imagine.



A la atención del señor John Winston Ono Lennon:
"Las personas somos seres extraordinarios. Somos diferentes, sumamente diferentes, pero a la vez muy parecidos. Los hay chistosos, los hay tristes, los hay buenos, los hay malos. Hay personas muy interesantes, pero no por ello son las que más, y que nacen para cambiar el mundo.


Se convierten en políticos y gobiernan mejor, o quizás peor, que nadie. Mire a George Washington o a Kennedy. Y pasan a la historia. Comienzan dando toques al balón y terminan maravillando al público en un estadio con sus milagros futbolísticos. Mire a Maradonna o a Pelé. Y pasan a la historia.


Los hay que, a pesar de que no hacen cosas increíbles, ellos mismos son algo realmente pasmoso. Sin meterse en cuestiones existencialistas, diría que hay personas a las que se les dio un don increíble. Pienso que lo más extraordinario y maravilloso que ha conseguido el hombre, es expresarse. Escribir, actuar... Y una de esas formas se llama cantar. La música transmite como nadie: a todas las personas, a todas las naciones... sin distinguir de razas, sexos ni edades. Ni siquiera de idioma. Odas a la vida que pueden quebrar conciencias, animarlas e incluso rearmarlas .
.
He aquí donde reside mi asombro hacia este asombroso talento. Por eso, cuando oigo esta canción, sonrío. Podría calificar de mágico lo que consiguió usted y su grupo, The Beatles. Pero esta melodía...
.
Cuando vi su placa en Central Park, estaba lleno de flores, de velas... de esperanza. Este hombre, John Lennon, alzó un día la voz contra la guerra, contra la injusticia, contra todo. Oyendo esta canción y oyendo a este hombre, comprendo que algún día habrá paz. Quizás pronto, quizás tarde. Pero algún día, el hambre desaparecerá, la guerra será solo un vago recuerdo y podremos tumbarnos al sol en cualquier parte, con la tranquilidad de que el mundo seguirá unido. Quizás piensen que soy un soñador... Pero hoy sé que no soy el único. Gracias por demostrarme que no soy el único, señor Lennon. "

sábado, 12 de diciembre de 2009

1996.

- No quiero apuntarme - dijo, con su vocecilla infantil.
- ¡Ah, claro que sí! - inquirió su madre, muy seria.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué no?
- Porque yo quiero pintar y no venir aquí.
Un hombre, sentado tras la mesa del despacho, rió divertido. Estaban en una oficina cualquiera, de un edificio cualquiera. El niño vestía una parka verde, con un jersey de lana. Los pantalones, de pana, los llevaba manchados. Siempre acababa sucio jugando en el parque. No era bruto, a pesar de todo . Su madre le agarraba sus frágiles manos, siempre frías.
- Tiene cuatro años y mírelo. Es tan cabezón como su padre.
- Son cosas que pasan.
Era pequeño, moreno y últimamente muy rebelde. Se negaba y se negaba: no, no y no. Le traía de cabeza a todos los que le rodeaban.
- ¿Va a apuntar al niño? Tengo que atender a más gente - indicó el hombrecillo, con cierta impertinencia. Pudieron ver a través de las persianas de la ventana que afuera esperaba sentada una niña rubia, pequeña y de ojos azules.

- No señor Hernández, no hay manera - dijo la madre.

El niño se había quedado pasmado, mirándola a través del cristal. Debía estar soñando.

- Nos vamos - dijo la mujer, suspirando.- Niño tira para casa, que me tienes contento.

- ¡Espera!- exclamó él.- Puedo probar. ¿Dónde tengo que firmar?

jueves, 10 de diciembre de 2009

Las palabras, los cuchillos y las mentiras (Des paroles.Des couteaux. Des mensoges)


Una palabra es un arma en toda regla: el que sabe utilizarla, sabrá defenderse en el día a día. Por otra parte, el tiro puede salirte por la culata: sus consecuencias son impredecibles si las pronuncias en el peor momento. De hecho, poca gente sabe usar las palabras precisas en el momento adecuado. Y yo me incluyo. Así nos va. Diría que la culpa la tiene el messenger, la televisión, los SMS... pero es una visión un tanto anticuada, me recuerda a lo que suelen decir los abuelos cascarrabias. Y tampoco creo que sea esa la causa.


Hoy día la palabra, más que una cualidad como otra cualquiera, es un don. La palabra es algo más que un sonido que aprendemos a articular de bebés. Es capaz de ilusionar, emocionar, hacer reír, hacer sonreír... e incluso de engañar. La palabra es una de las capacidades más extraordinarias del ser humano, pero nadie parece darle importancia. Hasta que se la damos. Porque las palabras a parte de vocablos son también cuchillos. Una jodida arma comunicativa de doble filo: su herida es más profunda de la que jamás pueda dejar una bala. Existen ya algunas que, con solo pronunciarlas, sabemos a lo que nos referimos sin decirlo específicamente. Con un " estás fuera" se puede poner fin de un plumazo a treinta años de trabajo mal pagado. El " no hemos podido hacer nada por ella" provoca toda clase de lágrimas y llantos. El famoso "tenemos que hablar" infunde el miedo en el novio; un molesto " no eres tú, soy yo " es el fin.


Las palabras duelen, espantan y dan un giro de 180 grados a las situaciones. Pero ante todo, duelen. Y lo que más me duele de todo, la puñalada oral más trapera que existe, es la palabra mentirosa. La palabra exenta de verdad, la que pretende engañar. Sin embargo, como dice el dicho " se coge antes al mentiroso que al cojo"... y así es. Aunque para esto tenga que pasar el tiempo.


El domingo, me desperté y me di cuenta de que me habías apuñalado. Sangraba mentira, mucha mucha mentira. Y por si fuera poco, me la habías dado en la espalda. Conseguí quitarme ese molesto cuchillo de encima; el engaño nunca fue conmigo. Aunque tranquila, que las heridas me las sé curar yo solo. Ya estoy acostumbrado.



(Opinen, que son libres para decir lo que quieran).





P.D: es bastante aburrido leer mis paranoias. O eso creo. Para historias, cosas de viajes ( tema central del blog) y demás, el archivo del blog está disponible.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Yo y mis consecuencias (parte I)


De nuevo, asomado al balcón de la casa. El calor era inaguantable en aquella ciudad, incluso a aquellas horas de la noche. Se colocó el flequillo, ensortijado por el sudor. En el fondo, sabía que iba a echar de menos aquel calor desértico. Iba a añorar el olor de la lavanda, el ambiente teñido de azafrán entre las casas blancas. Iba a acordarse de su tierra todos los días de su vida.



Oyó un bombardeo intenso en la lejanía, que iluminó el cielo por unos instantes. Una lluvia, incesante y monótona. No era agua, sino metralla. La lluvia hacía tiempo que dejó de caer, probablemente se había evaporado con las últimas esperanzas de una guerra que duraba ya demasiados años. Una guerra de telón de fondo, que había marcado todo lo vivido hasta el momento. Pero sería el último día que la tendría que vivir en sus carnes. Probablemente, la próxima vez que supiese algo de la guerra, sería a través de la prensa, en algún lugar a centenares de kilómetros de allí.



- ¿ Qué haces aquí? Está todo listo para que te marches - dijo un señor mayor, con tono impaciente. Debía ser su padre.



- No sé qué estoy haciendo. Sinceramente, no lo sé.



- ¿A qué viene eso?



- Viene a que no tengo un objetivo claro. Viene a que no tengo nada pensado. A que no sé que va a ser de mí en unos meses.



- Bueno, al menos algo claro tienes. Tienes un coche listo para pasar la frontera.



-No, no lo tengo. Y cuando te digo que no lo tengo, es un no rotundo. Si he tomado decisiones, han sido por necesidad y no por convencimiento.



- No sabes qué camino tomar. Me suena esa historia.



- Veo esta habitación y veo lo que dejo atrás... - murmuró, con cierta tristeza en la voz. La sala estaba completamente vacía.- Y no sé si quiero dejarlo...



- No es fácil para nadie. Pero hay que tomar decisiones.



- Se exigen respuestas y hay demasiadas preguntas- comentó , abstraído.- Hay demasiadas soluciones, pero ninguna me convence. Lo que decida a partir de ahora, me marcará por siempre. No sé, no sé nada. No sé si coger y hacer las maletas e irme a Europa. No sé si esperar a que vengan las brigadas para llevarme al campo de batalla. No sé, no sé nada.



- ¿Qué quieres, entonces?- preguntó el anciano, contrariado.



- Quiero que llueva. Quiero que llueva esperanza en este desierto.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Gijón.


La vida se había parado y comenzaba a dar vueltas sobre sí misma, repitiéndose continuamente. Los recuerdos rompían contra los acantilados, se revolvían en el mar y volvían a embestir. Las risas se teñían de gris en las interminables tormentas otoñales, los sueños se colgaban en los tendales y las canciones quebraban conciencias doloridas. Los marineros surcaban mares de tierra, mientras el gentío se desvanecía entre hormigón y cemento. Las palomas, con su vuelo a ras de tierra, desgajaban el cielo. Desgajaban la monotonía, la rutina de días de café cargado, libros enormes y vida de prisionero mantenido.
No era un sueño. Era una ciudad invadida por el agua, embravecida y turbia. Quizás espumosa, quizás calmada. Era la ciudad del mar eterno, de las ilusiones que llegaban y se iban de la orilla todos los días del año. La ciudad se llamaba Gijón.

martes, 1 de diciembre de 2009

Veinte inviernos en Moscú.


El día que la vida de Sasha Popov cambió, había comenzado como cualquier otro día de invierno. Se levantó de la cama, se vistió con parsimonia y puso la tetera en el fuego. La radio apenas se oía, había interferencias. Comentaban algo de la guerra de Irak, pero casi no se entendía. Después empezaron a retransmitir el discurso de un político, alabando a la patria y al socialismo. Apagó el aparato, con mala cara. Estaba harto de mentiras. Su mujer llegó a la cocina y empezó a gritarle como tenía por costumbre. La respondió aún peor y ella no dejaba de gritar. Harto de la situación apuró la taza y la dejó sobre el fregadero, aún humeante.


Salió de casa, se subió a su bicicleta oxidada y pedaleó desganado por las callejuelas de la barriada. No nevaba, pero una brisa invernal helaba hasta la última vértebra de la espalda. El invierno se hacía especialmente duro en una zona de Moscú como aquella, donde la gente mendigaba para conseguir gasolina para su calefacción. Él no, pero casi. Apenas le llegaba el dinero para mantener a la familia.


Llegó a la puerta de la casa de Dima, un viejo amigo. Era un edificio destartalado, enegrecido por los humos de la fábrica, con un pequeño jardín cubierto por la escarcha en la parte delantera. Llamó y no tardó en abrir.


- Toma, aquí tienes lo que me pediste - dijo Sasha, entregándole una bolsa.- ¿Qué tal te trata la vida?


- Sobreviviendo - respondió Dima, encogiéndose de hombros.- Este mes no puedo pagar el gas... y encima no deja de nevar.


- Ya llega la primavera en nada.


- Pero las cosas siguen sin cambiar - replicó. Hizo ademán de darle unos cuantos rublos por la bolsa.


- Ya me lo darás cuando te vaya mejor- le dijo, rechazándolos.


- ¡Entonces no te lo devolveré nunca!- rió, con amargura.



Momentos después, Sasha pedaleaba de nuevo calle abajo. Se había quedado pensando en lo que le había dicho y cuándo iban a cambiar las cosas. Supuso que muy pronto. Sus hijos crecerían, su mujer cambiaría, les ascenderían en el trabajo... La mala suerte no podía durar más: tenía que cambiar su vida. Y de hecho lo hizo. Súbitamente, un coche destartalado apareció de entre la nada. No pudo evitar la colisión. Él salió despedido, dándose bruscamente contra el asfalto congelado.



Despertó repentinamente, como quien se despierta de un largo sueño. No recordaba en qué día vivía, ni dónde estaba. Era una sala blanca y pequeña, con un par de camas metálicas idénticas. En la suya reposaba un cuerpo extraño, blanquecino, débil, que parecía aún de porcelana tras tantos años postrado en cama. Se llamaba Sasha Popov, tenía casi veinte años más desde su último recuerdo nítido y años perdidos por decenas.


Una mujer, de unos cincuenta años y muy gruesa, discutía fuera de la habitación. Larisa Popova había nacido con mal carácter y moriría con él. En cuanto su marido quedó en coma, tuvo que hacerse cargo de Misha y Anya por sí sola. Eran sus dos hijos, que la traían de cabeza. Ahora, que eran casi adultos, no dejaban de darle problemas.


- ¡Te dije que no dejases a tu padre solo! - gritó ella, muy enfadada.- ¡El médico ha dicho que puede despertarse en cualquier momento y tenemos que estar ahí, imbécil!


Misha, tan descuidado y desentendido como su padre, casi no lo conocía. Cuando cayó en coma, él tenía apenas cuatro años. La verdad, le importaba poco si se despertaba o no. Para él, era un ser inanimado al que tenía que ver continuamente, lo cual empezaba a molestarle. Tenía que venirse desde San Petesburgo todos los fines de semana y últimamente más a menudo ante un inminente despertar. Pero era bastante escéptico. Las cosas, no cambiaban mucho.


- No te preocupes, Larisa. La culpa es mía, yo tenía que vigilarle - dijo Dima. Tenía ya cerca de sesenta años, el pelo canoso y ahora llevaba gafas. Las arrugas tampoco le perdonaban. Pero seguía conservando la misma expresión escéptica de siempre.


Entró en la sala de nuevo y se encontró con el periódico encima de la cama de Sasha, abierto de par en par. Las viejas gafas de media luna estaban tiradas en el suelo. Larisa le echó la bronca de nuevo a Misha en cuanto vio el panorama.


- ¡Yo lo dejé todo sobre la mesa!- exclamó, desconcertado. No entendía como habían llegado allí las gafas y el periódico.


- ¡Mientes, siempre mientes! ¡Siempre desordenándolo todo! - gritaba ella, indignada. Dima callaba, observando aquella escena mientras recapacitaba.


Larisa le dio una colleja a su hijo que sonó como si le hubiese partido la cabeza y se marcharon de la habitación, entre gritos y quejidos. Menos mal que estaba Dima, porque aquella familia siempre estaba igual. Siempre, siempre igual. Pobre Sasha, lo que iba a tener que aguantar cuando se despertase, pensó.


Dima se acercó a la cama y sonrió ligeramente, con malicia. El periódico hablaba de nuevo de la guerra, la crisis y todos los problemas del mundo. Como siempre.


- ¿No han cambiado tanto las cosas, a que no viejo amigo?