sábado, 28 de noviembre de 2009

Miradas al pasado (y futuro) desde Pennsylvania.





Nuestro Chrysler alquilado avanzaba por la interestatal, en una mañana calurosa de junio. En aquella curiosa ruta de bosques gigantescos de una carretera que atravesaba todo el estado, me encontré con algo que realmente me impactó.

Llegamos a Lancaster, una ciudad del estado de Pennsylvania. Tiene un tamaño parecido al de Avilés, quizás un poco más pequeño. Barrio de oficinas, barrio histórico y una zona de casas bajas de madera con la banderita de EEUU en todos los jardines. Hasta aquí, todo normal. Como en cualquier otra urbe americana. Sin embargo, lo extraño fue encontrarse con coches de caballos en medio del tráfico de automóviles. Gente vestida de negro, con grandes sombreros y chaquetas, como sacados de otra época. En cierto modo, son de otra época.

En Lancaster existe una de las mayores comunidades amish de los Estados Unidos. Los amish viven en granjas, cultivando la tierra y criando a sus animales, tal y como lo hacía la humanidad hace 300 años. Rechazan las nuevas tecnologías, no gozan de las comodidades modernas y viven aislados del resto del mundo. Esta gente proviene de Suiza en su mayor parte, por lo que hablan una lengua diferente al inglés. Es un dialecto del alemán antiguo, que suelen hablarlo el medio millón de amish que hay en EEUU.

Los amish rechazan ser fotografiados, por lo que hay pocas fotos suyas. De hecho yo no pude hacer ninguna, ya que se enfadan en cuanto les apuntas con el objetivo y te increpan. Para ellos, está prohibido hacer "una copia" del ser humano. Por la misma razón, las muñecas de las niñas de este grupo no tienen rostro, lo que les da una apariencia macabra. Tienen también otras tradiciones no menos curiosas, como que no pueden usar botones en sus ropajes. Los botones los usaban los soldados del ejército y su uso lo interpretan como una evocación a éstos. Son una comunidad muy pacífica y muy religiosa. No molestan a nadie, solo se dedican a lo que sus ancestros han hecho durante toda su vida.

En los últimos años, han visto amenazado su modo de vida. La modernidad les acorrala, les trata como si fuesen monos de feria expuestos al resto de la humanidad. Por eso son muchos los que ven a los "ingleses" (los actuales americanos, que en su mayoría son descendientes de británicos) recelosamente, ya que son ellos los que les condenan a la desaparición. Son muy pocos los que abandonan esta forma de vivir, lo que da mucho que pensar.

Nuestros usos de vida están condicionados por los que se encuentran a nuestro alrededor. Conocemos bien poco de las culturas mundiales, creyendo que la nuestra es la mejor, imponiéndola y rechazando otras. Lo que se sabe de ellas es lo que aparece en Wikipedia y poco más. Cuando se va de viaje a países exóticos, uno se aloja en grandes cadenas hoteleras, en las que no pierdes el contacto con tu país. Es, de hecho, un hotel que podría estar a dos pasos de tu casa. Cada uso de vida está en un compartimento estanco, en la que nada ni nadie puede entrar a cambiar. Lo extranjero es malo según muchos: se peca de chovinismo, xenofobia y racismo. Y sin embargo, hay tanto que se puede aprender de otras culturas... Aunque quizás eso esté empezando a transformarse, con la inmigración. Nuestro mundo a comenzado a cambiar y eso se hace muy patente en un lugar como Lancaster, en el que los carromatos de caballos y camiones conviven diariamente. La fotografía del niño es una mirada caduca, que nos observa desde el pasado viendo un presente desconcertante. Quizás es irremediable que desaparezcan las costumbres mundiales, para dar paso al "progreso". Viva la uniculturalidad, el McDonalds y la madre que lo parió.

(Esta es la primera de las crónicas "periodísticas", si así se le puede llamar, que escribo en tiempo. Hola presente, adiós pasado).

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Hasta siempre o el chico que no sabrá decir adiós.

Y cuando ella hablaba, lo embarullaba todo. No conseguía aclararse, provocaba la risa y ella se acaba riendo a carcajadas. Cuando ella le escuchaba, sentía seguridad. Escuchaba su voz dulce, serena, mientras charlaban animadamente. Setenta y tres años que no pasaban por ella. Era dura. La vida le había exigido mucha entereza para aguantar sus embistes. Se sentaba a su lado y se sentía automáticamente mejor. Podía contarle una vida entera, pero no lo hacía; prefería escucharle. Él abría los ojos cuanto podía, intentando mantener la compostura, porque se dormía. A pesar de todo, le hablaba hasta que reventaban sus cuerdas vocálicas. Le escuchaba porque necesitaba de su sabio consejo. La voz de la experiencia. Esa que le hacía sentir bien. Porque sabía que ella estaba allí, escuchándole y comprendiéndole, con la mirada clavada en él. Ella le hacía sentir bien. Porque no quería verle sufrir por nimiedades. Porque cuando le vio aquella tarde, se alegró muchísimo. Porque le quería... y él la quiere.
Y cuando ella volvía a hablar, lo embarullaba todo. No conseguía aclararse, él no conseguía entenderla y ella acababa lloriqueando. Cuando él la escuchaba, sentía miedo. Oía su voz anciana, temblorosa, mientras agarraba con fuerza al auricular del teléfono. Setenta y tres años que no pasaban en balde. Era como una niña. La vida le había privado de todo cuanto tenía y ahora no era más que un ser inanimado. Podía sentir cómo temblaba al otro lado de la línea, como si estuviese realmente asustada. Podría haberle contado una vida entera, una vida increíble... el miedo del que ya no se acordaba, pero que temía ahora más que nunca. Pero no se acordaba. Él acababa cerrando los ojos, intentando mantener la compostura, porque no podía más. A pesar de todo, la escuchaba. Escuchaba sus delirios e incongruencias, porque a su edad necesitaba alguien que la escuchase. Alguien que la apoyase. El hombro del nieto, ése al que ya nadie le llamaría así. Ése que le tranquilizaba en sus días de temores, en los que veía a la muerte como un futuro demasiado próximo. Una intrusa que ahora le pedía rendir cuentas.
Ahora él no sabe qué hacer, ni por qué alguien ahí arriba le ha arrebatado a dos de las personas que más quiere. Porque aunque sigue ahí, ya no es lo que era. Porque sabía que ella no estaba allí, ni le escuchaba ni le entendía, tenía la mirada perdida en algún punto indefinido del techo. Porque no quería verla sufrir en la recta final. Porque cuando la vio aquella tarde y en aquel estado, palideció. Porque ella le quería...y él también la quiere. Porque él estará allí, apoyando siempre que se vaya...Y la querrá siempre.
Ya ha pasado más de un mes y cuando lo pienso, no entiendo porqué , porqué se van ellas dos a la vez. No sé quién ha maldecido noviembre. No es justo asistir al ocaso humano y sentir angustia, sentir una impotencia terrible por no poder hacer nada. No es justo que las enfermedades torturen así a las personas y a los que les rodean. No, no lo es. No son ellas... ya no. Y no debería escribir todo esto, debería hablar de viajes, pero ahora mismo no puedo. No, tenía que decirlo de alguna manera, ya no podía fingir que no pasaba nada. Con tantas cosas que suceden, ya no sé ... no sé si ahora estoy bien. Ya no sé ni como estar.

lunes, 23 de noviembre de 2009

La gran ecuacción de la vida.


No soy hombre de números. Por algo estudio para ser periodista, guía turístico o sencillamente para perderme por el mundo. Vete tú a saber, soy un poco ignorante si hablo de matemáticas, ya que hace dos años que no las estudio. Pero creo que no hay persona en este mundo que sepa resolver este gran problema.


Partamos de un punto: tú mismo. Fernando, Bartola, Segismunda,Vladimir o como te llames. Vas a cambiar por completo en todo lo que has conocido y probablemente nada vuelva a ser igual. Si se acaba el instituto y no tienes ni idea de qué te depara la vida.. ¿Cuántas posibilidades tienes de triunfar en la vida?

Igual ya lo has hecho. O no, como el resto de las personas. El caso es que el triunfo es un objetivo sumamente difícil de alcanzar.


Empiezas la Universidad. Te metes en una carrera que te gusta. Comienzas estudiando fuerte. Y eso que no apetece nada. Las posibilidades aumentan mucho, así como decrecen con cada noche de borrachera que tengas. Pero los porcentajes de éxito también se reducen con horas de estudio encerradas en una biblioteca. Toda persona necesita socializarse. En el equilibrio está la clave. O no.


Una carrera terminada o no. Si lo está, tienes un 50% más de posibilidades de conseguir trabajo. O puede que no. La constante de chiripa multiplica tus opciones por 2, 10 o 10.000 . Si la suerte te quiere, consigues un trabajo medio bueno y vas mejorando en el día a día. Si juega en tu contra, divide por 2, 10 o 10.000... o incluso más, de lo que sería imposible salir. O no. ¿Qué poco matemático no?


Si te topas con la Gran Suerte (como que te toque el Euromillón) tus opciones aumentan exponencialmente. Tienes el problema medio hecho. O no. Quizás te despistas y la fastidias en el último momento. Lo pierdes todo. Vuelta a empezar.


Si te topas con la Gran Desgracia (una enfermedad) tus opciones caen en picado. Son inversamente proporcionales al aumento del problema. O no.


El resto de las personas, buscan a La Persona. Piensan que es la solución de la gran ecuacción de su vida. O no. Quizás es tan complicada conseguirla que fracasan. O no era esa la persona de su vida. Quizás la consiguen, se casan y a vivir felices y comer perdices. O no. Puede que sea la persona de su vida, se casen, pero les falte algo. Hijos, un amante, algo que les saque del aburrimiento...Siempre falta algo. O no.


La rutina, el stress y la tristeza dividen. El factor destino, en cambio, multiplica todo irremediablemente por menos o más de 1, para conseguir el gran resultado. Quizás lo solucione, quizás lo estropee. Tiene siempre la última palabra. El caso es que nadie sabe qué solución tendrá la gran ecuacción, porque hay miles de soluciones. Es la única que admite soluciones no exactas. Así es la gran ecuacción de la vida. ¿Jodida? Seguro. Pero también apasionante.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Carta egoísta.

Ah! Se me olvidaba decirte que soy el ser más egoísta del mundo. Ego en estado puro, eso es lo que tengo metido en la sangre. Es tan sumamente puro y sin adulterar, que daña. Drogadicto de mí mismo. Un narcisista inaguantable que se mira en todos los espejos. Si mi imagen fuese una persona, me habría enamorado perdidamente. Segurísimo, vamos.
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Nunca pienso en nadie más que en mí mismo. Es un hecho, ¿a que sí? Ah, claro. Debe ser que siempre he creído que los demás son objetos. Siempre trato a la gente como si fuesen paredes de hormigón. ¡Ah, no me importan!¿ A que no? Por eso, jamás pregunto. Jamás escucho. Jamás he sido paciente. Jamás intento ayudar. Jamás pongo el hombro. ¿ Jamás, eh? Jamás. Por algo soy egoísta. Por algo jamás te escucho de madrugada, de mañana y cuando quieras. Por algo, al hablar, siempre hablo de mí y jamás de ti. Por algo jamás te cuento tonterías cuando estás mal. Por eso jamás te intento hacer reír y jamás te ríes. Por eso las veces que lo hago, siempre me lo agradeces. Pero siempre me preguntas cómo estoy y cómo van las cosas. Pero jamás hablábamos antes y ahora siempre. Siempre, jamás... ¡Qué rarezas!
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Jamás me apoyé en tí para salir adelante, jamás te dije que eras importante en mi día a día. Siempre me dio igual que me mirases como si fuésemos unos extraños. Jamás me importó que, 6 años de recuerdos, risas, conversaciones, discusiones, chistes... se desvaneciesen de repente. Jamás me importaste. Vaya.
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No sé por qué, pero me he dado cuenta del error. Empezaré a ser un poco solidario, a ver qué se siente. Espero que con todo esto, haya aclarado muchas cosas. Hasta la próxima.
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Posdata nº1: cambia solidario por egoísta, jamás por siempre y siempre por jamás. El sí por el no, el no por el sí. ¿Ahora, qué lees?
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Posdata nº2, aviso a navegantes: los anónimos son de cobardes. Lo dejo caer.

martes, 17 de noviembre de 2009

Las (¿falsas?) verdades.



Nos manipulan. Eso está claro como el agua. Intencionadamente o no, pero se hace. Es inevitable.

Los primeros en hacerlo son los medios. Existen miles de maneras de contar lo mismo, y pueden cambiar la forma de pensar de los oyentes, televidentes o lectores de un periódico. ¿La razón? Principalmente, la falta de objetividad. Las noticias se malogran con ideologías e intereses, hasta tal punto que se pueden leer diarios ofreciendo la misma noticia y ser completamente diferentes. De hecho, la gente compra los periódicos en función de la ideología que representan.

Se retoca la actualidad, como si de un cuadro se tratase. Se trata de dar una idea completa de los hechos, ofreciendo la mayor información posible. Por el camino, sin embargo, se dejan pequeños detalles que son muy trascendentes. Pero es que esos detalles no le interesan a nadie. Sólo se cuentan las novedades. Se habla de atentados, escándalos, ataques... pero al cabo de unas semanas, la noticia deja de ser noticia. Se esfuma, desaparece como si no existiese. Por desgracia, la realidad es bastante diferente. ¿Quién se acuerda de ellas después? Poca gente.

Muchos se solucionan afortunadamente. Pero otros tantos no. El problema sigue ahí y nadie hace nada por remediarlo. Se firman acuerdos y se hacen fotografías en una sala de reuniones, en la que se sueltan promesas como quien cuenta chistes. Los medios hacen eco de esto pero después se queda en eso… en palabras que se las lleva el viento. Los contrarios atacan con todo lo que se ha prometido y más. En su contra hay que decir que esperan demasiados cambios en muy poco tiempo. También hay lugar para la mentira, como en todos lados. Pero sobre todo, hay fiascos y desilusiones. No me extraña, la verdad. El cabreo de haber votado a alguien que te ha defraudado por no haberte solucionado la vida aumenta más y más. Se convierte en una bomba de relojería. Esto es lo que pasó, por ejemplo, con el fenómeno Obama, que se le vio como una especie de Mesías.
Pero los defensores esquivan las críticas atacando a sus propios atacantes, algunas veces negando lo que han dicho. Se contradicen. Mienten. Vuelven a mentir. Se guían por intereses, hacen lo que les conviene. Aunque no siempre, claro.

¿Pero quien está en posesión de la verdad? Nadie parece tener ese bien tan incómodo, que saca a la luz hechos que escandalizan y impresionan. En los medios, se puede intuir. Pero muchas veces se manipula. Y no es que nos mientan siempre. De vez en cuando, cada uno expone su propia verdad, influido por su manera de pensar, porque no hay casi ninguna absoluta. Los puntos de vista nos condicionan demasiado. La verdad es la que quieras creer. Depende más que nada de uno mismo.











(Fotografías tomadas en Washington, frente a la Casa Blanca. Opinen).

domingo, 15 de noviembre de 2009

Recuerdos de Bombay.


- Jugar al tira y a floja no entraba dentro de mis planes.



Estaban sentados en una cafetería pintoresca del centro de Bombai, cerca del imponente hotel Taj Mahal. Aquel día el sol abrasaba a millones de hindúes y turistas que atravesaban la ciudad.



- ¿Ni blanco ni negro?



- Gris - respondió, apesadumbrado.- Siempre pensé que existía un principio y un fin en casi todas las cosas.



- Ciertas cosas sólo tienen dos opciones - comentó.- Sí o no. Nunca se me ocurrió que hubiese algo intermedio.


Se secó el sudor de la frente con un pañuelo de algodón fino, ya empapado. Aquella tórrida mañana de más de cuarenta grados iba a acabar con él.



-Pero al parecer estabas equivocado.



- Todavía hay que aprender mucho, supongo.


- Los finales son necesarios. Lo sé. Nada dura para siempre. Ni las vacaciones, ni las personas, ni los amores, ni nada - comentó, mientras revolvía el café.-Pero siempre que se puede evitar, se retrasa la llegada del adiós, se intenta disfrutar hasta el último momento. Nadie piensa en los finales; yo no soy una excepción.



-Pero aunque muchas veces duelan, son necesarios - replicó el anciano.- Son una fase más.



- Tenemos agendas, en las que programamos hasta el último minuto del día a día. Dos días en un hotel de ensueño, una hora para comer, media para hablar con alguien...


- Estamos más habituados de lo que pensamos a que se nos acabe todo. Es que lo que nos confunde, lo que nos extraña... lo que nos rompe los esquemas, son las cosas que no se acaban cuando deberían.



- Es probable que sea por cabezonería- reflexionó, apurando los últimos sorbos de café.- Puede que todo siga igual por inercia o por vaguería. No, no es por eso.


-Estamos (mal) acostumbrados a poder optar casi siempre por lo que queremos. Cuando no se nos da esa opción, hay quien se cabrea. Otros se frustran. Parece una injusticia, pero sencillamente hay cosas que se escapan al control de uno.



- Quizás por eso ahora surgen opciones que antes nadie se planteaba, porque parecían imposibles. Es todo por afán de control, de ser dueño de la situación... ¡Conformarse, siempre conformarse!

- ¿ Mejor medio que nada, no?
- Puede. Quizás siga todo igual por miedo a perder lo que queremos.
- Eso no está mal, chico.
- Sí. No está mal para un cobarde.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Un mal sueño.


Un despertador que sonó una vez más y alguien que dio un brinco. Aún jadeaba, angustiado. Una noche espantosa, llena de pesadillas que no le dejaban dormir tranquilo. Unas gotas de sudor frío, deslizándose entre una frente que ardía como si le acabasen de prender fuego. Finalmente, tuvo que levantarse.




Aún no se habían apagado las farolas cuando salió de casa. Una luz mortecina envolvía la ciudad. Una ciudad remolona. Una ciudad con una resaca terrible que parecía no tener ganas de despertar.




Cuando llegó a clase, sencillamente tenía ganas de echarse sobre el pupitre y dormir un rato. Se abstraía continuamente, pensando en todo lo que acababa de pasar el día anterior. ¿Qué iba a hacer? No tenía ni idea. Quería pensar en soluciones, pero tampoco podía. Tuvo que fingir atender a cosas que en aquel momento no le interesaban en absoluto.




Después, alguien preguntó donde se había metido aquellos últimos días. Dijo lo que le había pasado, le contó el atolladero en el que estaba metido y la gran angustia que tenía por todo aquello. En aquel momento, lo único que le contestó como consuelo fue un "vaya putada" y poco más. Soltó una carcajada, una risa completamente improcedente dada la situación. Le quitó hierro al asunto, como si no tuviese la más mínima importancia. Y es que, sencillamente, no era su problema.





Fue una de las mayores decepciones que se llevó en toda su vida. Había dado su confianza, para que luego la echasen a perder. Con amargura, se dio cuenta del mundo en el que vivía. Estaba lleno que había llevado al extremo el egoísmo, que parecían haberse anclado en los once años. Pero no se había parado a pensar que también conocía gente así y que, por desgracia, tuviesen un papel importante en su vida. Aunque ya no. No le volvió a mirar con los mismos ojos. Ya no podía.





Un despertador que sonó una vez más y alguien que dio un brinco. Aún jadeaba, angustiado. Una noche espantosa, llena de pesadillas que no le dejaban dormir tranquilo. Unas gotas de sudor frío, deslizándose entre una frente que ardía como si le acabasen de prender fuego. Un mal sueño que se repetía otra vez, dos años después, cuando creía que el tiempo había cicatrizado viejas heridas. La historia se repetía.

martes, 10 de noviembre de 2009

¿Quién habló de miedo?

Señor Miedo está en todas partes. En cada casa, en cada portal, en cada calle, en cada esquina oscura, en cada canción triste, en cada discusión... está en el lugar más recóndito del planeta. A veces, alguien se cree que Señor Miedo ha dejado de perseguirle. Pero da igual, no se ha esfumado. Está dormido, dormitando en alguna parte, para aparecer en el momento más inesperado.
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Señor Miedo es un auténtico acosador. Suspendió la asignatura de Lógica en la Universidad, quizás por eso es tan obstinado. Acumula denuncias por millones, pero nadie puede hacer nada por pararle los pies. Es más, es él el que te los para. Además todo el mundo pretende ignorarlo, cuando es imposible. Es, quizás, lo peor. Le pegas un puñetazo si hace falta, pero no le ignores, porque no hay cosa que le cabree más que la indiferencia. Nadie puede vencerle totalmente, pero sí muchas veces.
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Señor Miedo no conoce de edades. Es un desalmado. Infunde dudas tanto en niños como en ancianos, en jóvenes y adultos. Señor Miedo es una vocecilla que te reta, que te dice " no hay huevos". Que te llama cobarde a la cara. Señor Miedo es tan capullo que te despierta en medio de la noche, sin aliento. Qué pena que aún no haya órdenes de alejamiento para este tipo.
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Señor Miedo a veces, muy pocas, tiene buen corazón. De hecho, cree ser la persona que más se preocupa por tí. Te aconseja, te mueve las piernas cuando ya no piensas... sabe exactamente qué es peligroso. Pero muchas veces se queda en un segundo plano y no aparece hasta que sucede algo. Entonces llama a su amiga Angustia, va a donde tú estés y se dedican a martirizarte con un "¿ y ahora qué?".
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Pues eso, ahora qué. Dímelo tú, para que pueda responderle, porque a mí no me deja en paz y lo que es peor, no sé si alguna vez dejará de hacerlo. Aunque le he dado tortazos durante toda la vida y las palmas me duelen, sigo en ello. Nunca ha consegido vencerme por completo, como yo nunca le conseguí derrotar totalmente. Pero tengo la mayor parte de los combates ganados, a base de experiencia y de la mayor paliza que jamás me pudieron propinar. Menos mal que señor Optimismo echa una mano de vez en cuando.
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"La suerte puede quitarte las riquezas, pero no el ánimo" (Séneca)
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P.D: pégale una hostia al Miedo. Sólo al miedo, ¿eh? Haz de tripas corazón y pa'lante. Te lo recomiendo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Muros.


A pesar de que nos quejamos continuamente, tendemos a ser conformistas. Mucho ruido y pocas nueces. Para qué negarlo. Con una casa y un trabajo asegurado, probablemente se calman los ánimos más caldeados y cualquier aire de revolución. Y los políticos lo saben, de hecho muchos se dedican a prometer ambas cosas, haciendo uso de técnicas demagógicas. Muchos, no todos, son auténticos expertos en amansar fieras. Aunque, quizás, las personas no seamos tan sencillas.


La noche del 9 de Noviembre, la situación se fue de las manos y el muro comenzó a caer, ante la mirada atónita de millones de telespectadores del mundo que lo veían desde sus casas. La guardia fronteriza, aún no tenía información de la apertura, dejó pasar a los ciudadanos espontáneamente, ante la presión de los berlineses. Los orientales fueron recibidos en Berlín Oeste con cerveza gratis en los bares de la zona y con abrazos de la gente, aunque muchos no se conocían de nada.

Pocos restos quedan de lo que, hace 20 años, fue uno de los mayores actos de valentía y, por qué no decirlo, una locura. Años y años en los que muchos intentaron cruzarlo clandestinamente, muriendo en el intento. Familias separadas por más de 120 kilómetros de hormigón. Un monumento ridículo que separaba no a dos mundos, sino a un país, aparentemente irreconciliable. Un monumento que destrozaba vidas con su existencia y que poco parecían hacer los gobiernos por remediarlo si no fuese por la presión ciudadana. Pero la historia, no siempre se escribe en los despachos. A veces, se escribe en las calles.








P.D, películas geniales: La vida de los otros (Das Leben der Anderen) y Good Bye Lenin!

sábado, 7 de noviembre de 2009

Quelque rêves parisiennes.


Este mundo me ha vuelto a enseñar lo que jamás debió mostrar. Quizás hay lugares que no debería ver jamás el ser humano, porque queda extasiado contemplándolos, deseando que el momento nunca acabe. No es justo que haya maravillas así, desperdigadas por Europa. Ciudades en las que viviría una y mil veces, pero que se queda en un recuerdo cuando cojo el vuelo de vuelta.

La perfección no existe, pero París la roza. Sus edificios, sus calles, el Arco del Triunfo, Les Invalides, Los Campos Elíseos... hasta la musicalidad al hablar. París es aquella noche gélida de invierno, en la que el Bateau Mouche surcaba las aguas al compás de una melodía con sabor a Edith Piaf. Lentamente, atravesaba las zonas más filmadas del río más famoso del mundo, en un paseo por el auténtico Paraíso Terrenal. No es ninguna exageración, la ville no se merece otro calificativo.

Aquella noche invernal, elevé mi mirada hacia el cielo, en busca de una vieja amiga. Comenzó a nevar y el frío era insoportable. Una brisa soplaba, entrando por los huesos y helándolos uno a uno. Pero hubo premio: allí estaba ella, como siempre. La Gran Dama de Oro se alzaba ante mí, como siempre imponente. Era la torre Eiffel, protagonista de mil y un sueños, películas, y esperanzas. Tan sólo sus cuatro patas la atrapan en este mundo. Más divina que mundana, ha enamorado a generaciones enteras. Fueron un par de minutos los que decidió mostrarse, para luego desaparecer lentamente tras los edificios de Saint Germain.

No hay, ni habrá, ningún lugar con tanto encanto. París es un cuadro gigantesco. Ni las seis veces que ido son suficientes para verla. Es un monumento vivo de diez millones de almas. Una obra maestra de arte que millones de franceses afortunados atraviesan cada día, sin pararse a contemplarla. París es París, hay que verla para sentirla, porque no se puede comparar con nada a este lado del Atlántico.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La noche decidió vivir una vez más.

Aquella noche, estaba todo adornado con grandes carteles. Pancartas. Luces, millones luces. Aquella noche todo el mundo estaba de fiesta, más de lo normal. Parecía una revolución. Pero merecía la pena por aquella noche, una noche como aquella. Aquella noche, era la última y la primera. Aquella noche se parecía a Nochevieja. Pero no lo era. ¿Entonces, que ocurría aquel día? Pues en esa madrugada etílica, hubo tiempo para cambiar pequeñas historias intrascendentes, pero importantes.
Se podía decir que tenía los ojos enrojecidos por el humo, cansados, pero no callados. Hablaban, hablaban mucho, como de costumbre. Hablaban de canciones y de quizás demasiado vozcka. Tenía dibujada una sonrisa extraña, casi perfecta, que denotaba una mezcla agridulce de no sabía exactamente qué. No lo podía describir, pero sabía con total seguridad lo que significaba.
- Cambiar pequeñas cosas. Ésa es la clave.
- Hoy se puede - rió, conteniendo la carcajada. Estaba más que borracho y le costaba mantener el equilibrio. Pero a la hora de hablar, lo disimulaba muy bien.
- ¿Cómo? Yo no tengo una máquina del tiempo - preguntó, con intriga en la voz.
- Yo sí. ¿Qué te parece una vuelta al origen?- propuso.
- Me parece genial - respondió, muy sonriente.
- Entonces coge la copa y a agotar hasta el último minuto.
Entonces, por alguna extraña casualidad, el reloj marcó las dos y cincuenta y nueve. Eran los últimos segundos. Empezaron a oírse voces por todos lados. Algo extraño, realmente extraño sucedió. En aquel momento, la noche decidió volver atrás. El reloj marcó las 2:59 y los últimos segundos... docenas de caras centraron su mirada en la pantalla. Cinco, cuatro, tres, dos, uno y... Sí. Las dos de nuevo. La gente estalló en gritos de alegría al ver aquel milagro que sólo podía ocurrir en un día como aquél. Casi todos los que estaban allí, vivieron de nuevo una hora más. Ellos, no. La noche y ellos no vivieron una hora más, si no una vida entera que volvía a empezar.
P.D: No espero que se entienda, si no que guste. Sencillamente, me apetecía escribir.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

(Feliz) año dos.

- Fin de la historia - dijo, tajantemente. Le había costado hacerlo, pero definitivamente lo hizo. Se giró sobre sus talones y caminó en dirección contraria, dejándola completamente descolocada. Acababa de tirar la casa por la ventana.
Suspiró y metió la llave en la cerradura, como cada tarde. Estaba cabreado y bastante cansado. A parte de lo que acababa de suceder, no había conseguido aprobar el examen: un dos y medio. Si en algún momento podía deshacerse de las matemáticas, lo haría. De hecho, estaba planteándose elegir las Humanidades para el siguiente curso. Pero hasta junio, aún quedaban ecuacciones, números y triángulos que tendría que superar.
Dio solo una vuelta a la llave; debían haber llegado. Propinó su habitual hola a voces, pero nadie respondió. Estarían en la cocina, pensó.
Desde el vestíbulo olía a café. No le gustaba, quizás porque aún no sabía apreciar su sabor, pero le encantaba ese olor. Cerró la puerta lentamente y la casa se sumió en la completa oscuridad. Después, avanzó a tientas por la casa; no quería encender las luces. Ella estaría durmiendo, llevaba varios días enferma en cama.
Oyó un sollozo. Algo no iba bien. Por una extraña razón, creyó más adecuado pegar la oreja a la puerta de la habitación, de donde salían los lloros. " Han llegado los resultados", eso fue lo que entendió. Después palabras sueltas: médicos, hospital, sin esperanza... y finalmente "quimioterapia".
Algo, algo muy dentro de él, acababa de trastocarse. Entonces saltó algo en el cerebro, comprendió lo que significaba oncólogo y comprendió miles de cosas más que le habrían sido muy útiles en el examen de biología. Pero no sintió precisamente alegría. Se sintió como el reportero que llega tarde para dar una noticia, como el conductor de ambulancias que llega cuando ya no hay heridos. Se sintió como si le acabasen de amputar medio cuerpo.
Sintió una punzada, una terrible punzada, porque sabía que algo llamado corazón se le desgarraba en mil pedazos. Algo acababa de congelarse. Quizás el tiempo; quizás su cabeza. Quizás los oídos, pues no oyó nada nuevo. Quizás la vista, pues se le acababa de helar la pupila contemplando aquella puerta tras la cual se le iba todo lo que había conocido: sus recuerdos, sus cosas, sus días y sus noches. Todo, absolutamente todo, acababa de volar con aquella frase.
Ni siquiera dijo algo. Ni se movió un solo centímetro. Ni lloró escandalosamente. Sabía lo que pasaría, pero por algo extraño, no reaccionó. Un médico diría que estaba en estado de shock. Solo pensaba en el tic-tac del reloj de la pared, que con un humor macabro le decía que el tiempo jugaba en su contra. Solo oía como silbaba la olla express, mientras se le escurría de entre las manos todo lo que había querido.
Tenía ganas de meterse en el agua. Entró en la cabina del baño, y sin fuerzas, sintió desfallecer. Se sentó en el plato de la ducha y aunque no había abierto el grifo, un par de gotas rodaron por su cara.
Aún recuerda aquel olor a café que impregnaba el aire, inoportunamente, en aquella tarde de un 7 de Noviembre, la que posiblemente sería la tarde más inoportuna de su vida. Nunca, nunca más, volvió a llorar.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Ciudad sin patria.


Karlsruhe no se puede considerar una ciudad, sino el barrio alemán de Strassbourg que está separado de ella por un puente colgante sobre el Rhin. Ha sido tantas veces alemana como francesa. Cuando llegaba una guerra, uno se la quitaba al otro, como un niño envidioso. En la siguiente, pasaba lo contrario.

El pasado germánico de Strasbourg es evidente. Aquí venden también los famosos pretzels, unos lazos de hojaldre salados, que a mí no me gustan nada. También se hacen los helados en esta zona, aunque son mejores en Karlsruhe que a parte de ser muy buenos tienen el tamaño de un balón de fútbol.

No es una ciudad "robada". Sencillamente es tan francesa como alemana. Pero no por separado, son una mezcla. Aquí nació el himno francés, la Marsellesa (no, no nació en Marsella como dice su nombre). Lo único que ocurrió es el típico " es mío y no tuyo" que tanto les gustaba a los gobiernos. Así nació la Guerra Mundial, entre otras cosas. Otra vez la gilipollez humana sobre el escenario.

Hoy día es sede del Parlamento de Europa. Por algo será. Es un ejemplo de que las fronteras físicas y las culturales no siempre coinciden. Pocas veces el ser humano puede poner límites.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Personicidio ( o la muerte de la personalidad).



No sé por qué siempre he querido ayudar. Siempre tuve un poco de ese espíritu altruista. Incluso con la gente que no me cae especialmente bien, alguna que otra vez me compadecía y intentaba dar lo mejor de mí mismo. Pero no todo el mundo necesita, no todo el mundo la quiere y lo que es más, son pocos los que quieren ayudar hoy día.

Debe ser el virus del Ego, que cuando se te mete en la cabeza no hay manera de sacarlo. Hay demasiado infectado por ahí. Es una sociedad puramente consumista, superficial, carente de emociones y egoísta al cien por cien: la compasión está en vías de extinción. Quieres dar algo de tí: das la mano y te cogen el brazo. Qué asco.


Pero bueno... ¿qué esperabas? Un mundo que mide el valor de las personas por el precio de sus pantalones no podía ser de otra manera. Que les jodan a los niños del Congo, a los muertos del Tíbet y a los somalíes que pasan hambre. Si total, yo tengo mi portátil y mi iPhone. Para qué voy a molestarme. "No es mi problema", ésa es la frase. Papá nos trae el sueldo a casa y tengo suficiente con derrocharlo, dirán. Problema resuelto, vida (falsamente) resuelta. A veces pienso en qué momento dieron sepultura a señora Autenticidad y por qué no me invitarían a su funeral. A veces pienso cómo se puede tener tan poca personalidad como para hacer las cosas por moda y no por convinción. A veces pienso por qué no seré comunista, anárquico o algo por el estilo.

Con tanta superficialidad, tanta falsedad y tanta mierda, alguno acaba empachado. Luego se extraña alguno de que haya tantas visitas al psicólogo y tanta depresión. Luego se extraña alguno de que el día a día le sepa a poco y que tengan que hacer más locuras con tal de seguir con su ritmo de vida. Un ritmo de vida autodestructivo, así de claro.
Luego se extraña alguno de que yo quiera ser periodista. ¿Cómo no voy a querer serlo si es que no me puedo callar viendo estas cosas? Será que soy un bocazas o que mi manera de pensar está en vías de extinción. Pero sinceramente me da igual.



"Lo que des es lo único que tendrás siempre" ( Marcial)







P.D: aunque te tenga un asco visceral, te doy las gracias. Cada día te superas en subnormalidad y cada día me doy cuenta de que estoy más lejos de convertirme en alguien como tú. Gracias.

Bodas de porcelana.

Ella trabajaba en un instituto de Madrid. Él era recepcionista del Hotel Reconquista. Ella se dedicaba a viajar siempre que podía. Él, a ayudar en la cafetería siempre que podía. Ella odiaba el campo. Él, la ciudad.Una cosmopolita. Un chico de pueblo.


Cuando ellos se encontraron, no se imaginaron lo que trascendería de aquel encuentro. De hecho, no se llevaban bien. "La niña pija de la capital", así le describía él. Pero ella era y es cabezona como ninguna. Y lo consiguió.


Y con el recuerdo de aquellas noches de verano en la cabeza, se tuvo que ir. Se volvía a Madrid después de dos meses con él. Pero ella no lo olvidó. Llegó a la capital y decidió perder la cabeza.


Volvió a cruzar toda la meseta, pensando que estaba loca. Pedía que por favor el Volkswagen no se volviese a estropear en mitad de ninguna parte. Y no lo hizo. A la mañana siguiente llegó a ese pueblo que siempre había odiado y se plantó frente a esa casa que no podía olvidar.

Las cosas de la vida: ella se adaptó. Él conducía horas entre carreteras torturosas llenas de nieve para verla tan sólo unas horas y después irse. Pero mereció la pena. Cosas de la vida: ella se enamoró de las tierras asturianas y él de la ciudad, a donde se trasladaron a vivir. Cuatro años más tarde, aquel día de Octubre de 1989, se daban "el sí quiero".


Las cosas se pusieron difíciles. Llegó una oferta de empleo en el extranjero y un montón de dudas con ella. Estuvieron a punto de irse allí, a Santo Domingo, un país completamente nuevo, con un par de niños que no llegaban a los diez años. Iban a abandonarlo todo y a pesar de ello, siempre estuvieron de acuerdo.


Estos últimos meses, más que nunca, las cosas se ponen más y más difíciles. Estas semanas están poniendo a prueba de qué madera están hechos y no lo están haciendo nada mal. Lo superarán. Son cabezones y sus hijos, tres cuartos de lo mismo. Debe ser cosa de familia.


Pero por algo cumplen 2o años juntos. Por algo cuentan todos los años esta historia y acabo harto de escucharla. Por algo son iseparables. Por algo les escribo esto, aunque estemos riñendo continuamente. Porque aunque muchas veces discutamos siempre están ahí, para escuchar, para hablar... para todo. Felicidades a ellos, que se lo merecen más que nadie.